por Alicia del Bosque *

A punto de cumplirse el bicentenario de la llamada “revolución de los tambores”, el Departamento de Arqueología Digital de la Universidad Federal de Anáhuac acaba de hacer público un par de documentos —reconstruidos a partir de los depósitos informáticos descubiertos hace tres años en las ruinas de la antigua Ciudad Universitaria— que arrojan alguna luz sobre los orígenes de la primera de las grandes insurrecciones civiles del siglo XXI. Aunque ninguno de ellos permite establecer con exactitud los sucesos que llevaron a la caída del gobierno de Enrique Peña Nieto (2012-2014), sí ayudan a comprender de mejor modo el contexto en el que ocurrieron los sucesos que estamos en vísperas de conmemorar.

El primero es un fragmento de video bidimensional que muestra a un grupo de estudiantes interpretando música con instrumentos mecánicos. Hasta donde ha podido establecerse, la escena fue captada en una de las manifestaciones callejeras que precedieron a la insurrección; esto es, que tuvieron lugar poco antes de que la destitución de Enrique Peña Nieto se convirtiera en la exigencia principal del movimiento estudiantil-popular surgido a consecuencia de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el proceso a los 11 detenidos del 20 de noviembre de ese año.

Para apreciar la importancia de este hallazgo hay que recordar que hasta ahora no se contaba con evidencia firme de que la música analógica hubiera desempeñado algún papel en la movilización popular que acabó con la tercera república mexicana. Sobre todo en el último siglo, de hecho, algunos historiadores han dudado de que las multitudes que en diciembre de 2014 “pusieron sitio” a los edificios del Congreso, la Suprema Corte de Justicia y la casa presidencial, así como a la Bolsa Mexicana de Valores y las oficinas de las dos empresas que en ese tiempo monopolizaban las telecomunicaciones, hubieran efectivamente empleado instrumentos musicales mecánicos para obligar al gobierno federal a disolverse.

Para esos historiadores, en consecuencia, era necesario interpretar de manera metafórica la imagen más conocida de la insurrección —el estruendo de miles de tambores convergiendo en la plaza principal de la ciudad de México el día de la destitución de Peña Nieto—, y más bien entenderla como una alusión al gran terremoto de 2095, especialmente porque el tropo no comenzó a emplearse de manera generalizada sino a partir del siglo XXII. Gracias al fragmento recién reconstruido, ahora sabemos que la transición digital no estaba tan avanzada en la ciudad de México como algunos estudios han sugerido, y por lo tanto que no es inverosímil imaginar que, en efecto, los manifestantes se valieran de tambores y otros instrumentos musicales para —simbólica y auditivamente— acabar con el último gobierno del Partido Revolucionario Institucional en las “jornadas rebeldes” de ese año.

Interpretar el otro documento reconstruido por los arqueólogos digitales de la UFA es todavía más difícil porque se trata de un texto (escrito) anónimo y, en especial, porque todo indica que era apenas una propuesta que no llegó a circular demasiado. Es indudable, en todo caso, que no influyó mayormente en el curso de los acontecimientos. Su importancia para el estudio de la “revolución de los tambores” radica en que permite afirmar que la idea de una asamblea constituyente no era patrimonio exclusivo de los intelectuales y políticos profesionales que más tarde la impulsarían, sino que ya circulaba entre la sociedad civil antes de que se iniciara el cerco a los sitios emblemáticos de la alianza partidista-empresarial que entonces gobernaba México.

Fantasia

Un examen de su contenido ha permitido establecer que, en una de sus afirmaciones centrales —cuando declara que a partir del primero de diciembre de 2014 “cesa en el ejercicio de sus funciones el ciudadano Enrique Peña Nieto”—, el documento utiliza el mismo el lenguaje que aparece en un importante manifiesto de mediados del siglo XIX, el llamado plan de Ayutla, que como se sabe ayudó a precipitar la reforma liberal romántica. Ello parecería dar crédito a esa teoría que afirma la sobrevivencia de una tradición de corte liberal-nacionalista a lo largo de los primeros 250 años de la historia mexicana —teoría que, dada la escasez de documentos para estudiar el siglo XX, ha empleado las semejanzas entre la bandera nacional de la época de Benito Juárez y el emblema utilizado por uno de los dirigentes liberales de principios del siglo XXI (entre otros artefactos) para postular que el partido liberal decimonónico se manutuvo en activo hasta el momento mismo de la “revolución de los tambores”.

Como el documento que acaba de ser reconstruido, sin embargo, imagina todo género de obstáculos para la existencia de los partidos políticos (como se llamaban entonces las asociaciones electorales), acaso sea más sensato considerar simplemente que sus autores buscaban ampararse en una antigua tradición retórica para validar sus aspiraciones insurreccionales. Y aunque es evidente que no tuvo ningún impacto en la forma que adoptó la asamblea constituyente de principios del siglo XXI —mucho menos en el diseño de las nuevas instituciones y el carácter del nuevo régimen—, su énfasis en el control ciudadano de las instituciones del estado parece corroborar lo que la mayor parte de la historiografía afirma de la “revolución de los tambores”: que fue la primera insurrección no-corporativa de la historia de México; esto es, que fue entonces cuando por primera vez las organizaciones horizontales de la sociedad civil —asambleas estudiantiles, organizaciones no gubernamentales y redes ciudadanas de primera generación, sobre todo— encontraron el modo de contener el poder de las burocracias político-empresariales.

En conjunto, ambos documentos muestran que, pese a todos los vaivenes sociales y políticos ocurridos desde entonces, y no obstante la mitificación de que han sido objeto las “jornadas rebeldes” de 2014, hay algo genuino en las imágenes y los tropos con que solemos recordar esos acontecimientos. Que en la irreverencia creativa de las organizaciones horizontales de la sociedad civil, y también en la reapropiación constante de sus muchos pasados, radica el significado último de la soberanía popular. Sobre todo cuando se practica al ritmo carnavalesco de las trompetas, los trombones y también —claro— los tambores.

1 Comment

  1. Preciosa idea sobre la forma en que podría ocurrir un cambio profundo de estructuras en el país. Sólo una duda: ¿sería posible impulsar la disolución del congreso, cesar en sus actividades al presidente, cercar a las empresas de los poderes fácticos, etc., sin que sea necesaria la confrontación entre la sociedad civil y el poder? Es una bella idea la del artículo, pero pensar que “todo” podría ocurrir por mera voluntad de cambio, ¿acaso no es demasiado optimismo para un país cuyo gobierno opta por la descalificación y la provocación constante en contra de las movilizaciones?

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