por Jaime Ortega *

No, no me refiero a Hugo Chávez. Me refiero a una parte de la historia olvidada por parte de la izquierda mexicana: la de César Chávez. Es crucial que recojamos las experiencias políticas del pasado, y más en estos momentos de crisis. La imaginación política que se expresa en marchas, carteles, consignas, en las redes sociales, no debe detenerse ahí. El pasado de una historia de lucha y el presente de una generación creativa debe encontrarse y articularse productivamente: nos urge cuando todas y todos preguntamos “¿qué sigue?” Es preciso que aprovechemos las herramientas y capacidades de nuestro tiempo histórico con las enseñanzas de doscientos años de lucha social.

Si pensamos con Louis Althusser a la coyuntura como un momento de diferenciación teórica y política podemos avanzar a demarcar algunos senderos por los cuales el movimiento popular que se viene articulando a partir de la desaparición de los 43 normalistas no debería transitar. Ubico en este momento dos:

1. Contra el ritualismo: las manifestaciones multitudinarias que recogen y expresan el descontento, pero que al final del día parecen insuficientes ante la avalancha mediática, la invisibilización de los aparatos ideológicos que fácilmente desprestigian y relegan acontecimientos de masas y un poder político que las ignora en el despliegue de su soberbia. La manifestación pública es un momento fundamental, pero no es la movilización popular toda.

2. Contra el espontaneísmo: la rabia, la “indignación”, la impotencia y la cólera de una generación sometida al imperio del más fuerte, sin oportunidades laborales, sin oportunidades escolares, en riesgo de ser criminalizada y masacrada; en fin, el enojo de una generación que ve destrozada cualquier rémora del “pacto social” parece toparse con que el momento siguiente sea la confrontación directa o al menos la acción mediática que funcione como “chispa que encienda la pradera”. Asistimos a la repetición de acciones no siempre bien organizadas, sin respaldo masivo, sin discusión previa. La pura espontaneidad y pura rabia de pequeños grupos que buscan “iluminar” a los contingentes de las protestas masivas tampoco bastan. Estos actos son señalados y descalificados, llevan al culto de las minorías que se arriesgan, olvidan la potencialidad de la participación de las mayorías, son la mayor parte de las veces utilizadas para justificar la represión. El movimiento que transita únicamente por este camino va al desfiladero.

En la discusión cotidiana de las y los estudiantes se percibe esta tensión: ¿cómo no caer en el ritualismo de la protesta y la marcha sin tampoco ceder a la tentación vanguardista? La coyuntura nos obliga a pensar otras formas de protesta y articulación. Nos obliga también a articular de manera distinta las que ya conocemos (olvidémonos de la falsa dicotomía entre “nuevas” o “viejas” formas). La efectividad de la forma de movilización no se da a priori; depende siempre del momento. Es por eso que no hay forma de movilización despreciable de antemano, sino sólo en el conjunto de relaciones, articulaciones y dimensiones temporales.

Fragmento del cartel anunciando una conferencia de César Chávez en la Universidad de California, Santa Barbara, en 1987. (Foto: scalar.usc.edu)
Fragmento del cartel anunciando una conferencia de César Chávez en la Universidad de California, Santa Barbara, en 1987. (Foto: scalar.usc.edu)

Por ello escribimos estas líneas con el recuerdo de César Chávez, aquel líder de los “espaldas mojadas” que dirigió en Estados Unidos manifestaciones épicas, huelgas históricas y sobre todo un gran boicot internacional. Organizaciones civiles, de derechos humanas, de mujeres, de profesionistas, sindicales, campesinas, indígenas, estudiantiles, todas ellas pueden sustentar hoy una gran campaña de boicot contra los productos mexicanos o en contra del turismo en este país. El eco internacional ya se inició y ahora debe pasar a un momento que sea efectivo para obligar al gobierno mexicano a responder ante el desafío de la protesta popular. El boicot internacional es perceptible no sólo en la imagen del gobierno, sino también en sus arcas. Además, políticamente puede orillar a que se le aísle.

Insisto que esto no evita, sustituye o contradice la movilización callejera y sus avatares, sino que permite organizar y articular la protesta, la consigna y la imaginación de otra manera. Permite darle una dimensión internacional más allá de los actos rituales o simbólicos. Un boicot internacional efectivo obliga al poder político y su soberbia a responder ante su sociedad movilizada.

No fue César Chávez el único que echó mano de esta arma para poner en jaque a los grandes productores agrícolas estadounidenses. Otras experiencias, como la del boicot al régimen del apartheid en Sudáfrica, demuestran la potencia de esta forma de lucha. Más aún en un mundo que —se nos dice— está “globalizado”.

Insisto en que la coyuntura nos obliga a hacer una demarcación: ni ritualismo de la protesta ni loa al espontaneísmo. Busquemos la articulación de sectores, de clases, de grupos, de perspectivas. El boicot es uno de los mecanismos posibles dadas las condiciones en la que nos encontramos. Es una medida que se puede impulsar en vísperas del fin del año, que puede partir de sectores muy distintos y que puede sentar las condiciones para que la protesta popular sea más efectiva.

Internamente, además de la protesta, podemos articular otra intervención simbólica: un boicot al pago de impuestos el próximo año, un boicot a las empresas y productos de los políticos. E incluso podemos pensar que la juventud mexicana, como la egipcia, tiene que construir su plaza Tahrir; esto es, su espacio de coordinación, organización, discusión y sobre todo de convocatoria a su pueblo. La imaginación y el brío de una juventud que ha respondido a la barbarie que se cierne sobre ella puede vencer si recupera su memoria de lucha y la proyecta.

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