Volar (-se, con) el pasado

por Luis Fernando Granados *

Hay algo a la vez banal, indignante y patético en el modo en que la historia figura en el infomercial con que se anunció ayer la construcción de un nuevo aeropuerto para la ciudad de México. Realizado al parecer por Fernando Romero Enterprise, Foster Plus Partners y Netherlands Airport Consultant —“al parecer” porque en ninguna de las dos versiones disponibles se identifica a sus autores—, el documental propagandístico contiene tantas alusiones históricas que resulta inevitable preguntarse por qué sigue siendo necesario invocar el pasado en los tiempos que corren, y también por qué nadie se tomó el trabajo de revisar y corregir las insensateces que contiene.

Es hasta cierto punto trivial que la vida y la obra de Norman Foster ocupen un lugar tan destacado, sobre todo al principio del video. En casi todos los ámbitos profesionales, la valía de las personas se presume por su pasado, como si haber estudiado tal cosa y en tal institución, o tener experiencia en una cierta actividad, pudiera garantizar su desempeño; de ahí la centralidad social del curriculum vitae, de ahí la frecuencia con que inflamos y deformamos su contenido, y de ahí también esa joya del burocratismo mexicano que es el currículum “con documentos probatorios”. Pero saber que Norman Foster ha sido piloto y que le gustan mucho los aviones, ¿de verdad nos dice algo acerca de su capacidad como arquitecto?

Oírlo hablar de su propia obra, por otra parte, confirma por qué para algunos críticos la arquitectura contemporánea es tan espectacular como narcisista. ¿Qué podemos pensar de la integridad profesional de Foster si afirma que su diseño del aeropuerto de Stansted (en Inglaterra) supuso la “reinvención del aeropuerto”, si está convencido de que lo que hizo en Pekín es de “proporciones épicas” y que la entrada del nuevo aeropuerto de la ciudad de México será “verdaderamente heroica”? Tanto elogio en boca propia no es sólo vituperio; tendría también que ser una advertencia de que Foster trabaja para sí mismo, y así que su creencia de que “la arquitectura puede ser una herramienta de transformación social” —como más tarde dice Fernando Romero— no es más que una declaración demagógica.

Así como el pasado profesional de Foster y de su junior partner, Fernando Romero, se emplea para legitimar su elección como los autores del proyecto arquitectónico (aunque por supuesto de manera más velada en el caso del segundo; apenas hay una toma del Museo Soumaya de Polanco), el pasado de México parece también cumplir una función legitimadora, aunque de una manera más boba, fundamentalmente decorativa, y a partir de una serie de clichés historiográficos y políticos que uno imaginaría, o quisiera ver, enteramente superados. (Y eso que Romero afirmará más tarde que su trabajo es “una celebración a la ingeniería mexicana”, cuando en pantalla, pero sin explicación, aparezca el paraguas monumental del Museo Nacional de Antropología.)

Para empezar, llama la atención lo rudimentario del simbolismo arquitectónico propuesto por Foster y Romero. Según lo explica este último,

La antigua Tenochtitlán se fundó en el lago de Texcoco. Ahí apareció por primera vez la imagen del águila, arriba de un cactus, comiendo a la serpiente. Es por eso que fue para nosotros muy importante que esta imagen estuviera representada en nuestro proyecto. Un jardín de cactáceas recibirá a quienes lleguen a la terminal. La vía de acceso se construirá con elementos que simbolicen a la serpiente. Y el techo de entrada evocará al águila, con sus alas abiertas en vuelo.

Junto con las tomas del mural de Miguel Covarrubias y de la página más famosa del códice Mendoza que la acompañan, la explicación de Romero revela dos cosas por demás significativas y bastante generalizadas: por una parte, la tendencia a considerar “verídicas” dos representaciones retóricas y ex post facto de la ciudad prehispánica y, por la otra, su incapacidad de distinguir entre el mito de la fundación de la ciudad y la historia del altépetl mexica. En una palabra, el fundamento historiográfico de la alegoría arquitectónica no es más que la vieja estampa del pasado que solía estudiarse en la escuela primaria. (En la versión corta del video, por cierto, se corrigió la errata cultural de Romero, y ahí dice “nopal” en lugar de decirle cactus —en inglés o como botánico— a la planta donde se paró el águila.)

De modo semejante, la asociación entre arte mexicano y colorido, entre arquitectura mexicana y monumentalidad y —quizá en el desliz más embarazoso— entre culturas prehispánicas y culto al sol (“El sol fue símbolo fundamental entre las culturas mesoamericanas; basta ver el calendario azteca. Por esto para nosotros el epicentro del proyecto nos recordará la importancia del sol en nuestras culturas”, dice Romero), manifiesta tanto una extraordinaria ignorancia del pasado mexicano como la sobrevivencia de la imagen convencional del país como una entidad sin historia, oriental y chabacana. (Menos mal que la forma de la terminal no fue descrita como un esfuerzo por representar entrelazados los bigotes de Emiliano Zapata y Pancho Villa.)

¿Cómo explicar la multiplicación de este conjunto de lugares comunes y tonterías historiográficas en un informercial que no busca dar cuenta de la esencia de la mexicanidad —o no sólo— sino augurar el futuro luminoso del país de Enrique Peña Nieto? ¿Por qué sigue siendo necesario invocar el pasado de Mesoamérica cuando que las imágenes finales representan aviones que despegan verticalmente o tienen alas como las que hoy son exclusivas de los aviones supersónicos, y así proyectan un futuro armónicamente tecnológico?

Puede ser que la existencia de estos atavismos discursivos esté relacionada con el hecho de que, incluso en una época de tan desbocado —y fariseo— optimismo futurista como la nuestra, el pasado sigue siendo un extraordinario instrumento de legitimación política. Pero también es posible que la insistencia en relacionar el nuevo aeropuerto con la historia pre-mexicana sea resultado de una consideración más simple y más aviesa, que podríamos describir como de expropiación simbólica del lago de Texcoco y las tierras —o más bien: la Tierra— donde debe construirse el mamotreto. Tal como afirma Romero en la parte final del video, el nuevo aeropuerto debe ser

[…] parte de un master plan que tenga una visión socialmente responsable, puesto que este proyecto está en medio de una zona de gran subdesarrollo social. El proyecto tiene que ser un detonador de desarrollo social, de justicia social. Tiene que ser una oportunidad de generación de empleos, tiene que ser una oportunidad para transformar todo el contexto.

En las imágenes que acompañan esta explosión de optimismo se vislumbra la construcción de escuelas, un centro de investigación y otro de negocios al oeste y al sur del predio destinado al aeropuerto. Nada se dice ni se muestra de la tierra situada al oriente; acaso porque —como el gobierno federal— los arquitectos consideran que al oriente sólo crecen los machetes. Porque al oriente, claro, se encuentra San Salvador Atenco. ¿No será entonces que reivindicar para sí el lago de Texcoco y el pasado prehispánico de la ciudad es parte de una operación de despojo e intimidación que busca impedir que esta vez, como hace ocho años, los campesinos del antiguo Acolhuacan frustren los delirios modernizadores del gobierno?

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