por David F. Uriegas *

La reconstrucción y reinvención de los países anteriormente socialistas es una realidad que sigue en marcha. La gran “cortina de hierro” que “ocultó” a los países de la Europa oriental, con grandes pérdidas humanas y crisis económicas deprimentes como resultado, dejó una cicatriz en sus rostros y una imagen pobre ante las miradas occidentales.

Hace trece años (1991), poco antes de la caída de la Unión Soviética, Georgia se independizó formalmente y se embarcó en una era “democrática”, con un gobierno inestable y autoritario, seguido por separatismos, disensiones y masacres, hasta noviembre de 2003 cuando la revolución de las rosas marcó el fin del poderío de  Eduard Shevardnadze y el liderazgo de la era soviética. Tal cambio implicó refortalecer la economía y las precarias condiciones de vida mediante el flujo de inversión extranjera, la disminución de la corrupción e, incluso, la reconstrucción física de las ciudades principales en Georgia que, actualmente, siguen en crecimiento.

Georgia ha experimentado un desarrollo visible durante los últimos diez años, debido a la fuerte política democrática de carácter occidental implementada por Mikheil Saakashvili —líder durante la revolución de las rosas, presidente de Georgia en dos ocasiones (2004-2007 y 2008-2013), y quien en los últimos días de su mandato aseguró que el país aún no es una “sociedad en pleno derecho, bien formada y cristalizada”—. El desarrollo se ve reflejado incluso en la arquitectura del país, con diseños extravagantes, haciendo de la imagen pública georgiana una de vanguardia y cada vez más alejada de su pasado socialista. Además, por supuesto, de la apertura de casinos en las ciudades principales —los cuales generan un ingreso muy significativo a través del ámbito turístico —, y el esfuerzo que ha hecho el estado por aumentar el número de anglohablantes en el país.

Nuevo paisaje
La nueva arquitectura

Pese a ello, un gran sector de la población se ha manifestado en desacuerdo al “sentir” que es desplazado por las políticas súper capitalistas de tipo estadounidense de Saakashvili y su continuación por el actual presidente, Giorgi Margvelashvili. Aun cuando el régimen socialista ha quedado en el pasado, las regiones y pueblos pequeños a lo largo del país, si bien en desarrollo paulatino, continúan careciendo de bienes primordiales.

Por otro lado, aún existen reminiscencias de la era soviética: se dejan ver en la forma en que viven ciertas comunidades, en los restos de aquellos lugares donde hubo batallas, en los souvenirs para los turistas (por ejemplo, en Gori —ciudad natal de Stalin, donde aún se encuentra su última estatua en Georgia—), así como en los espacios menos turísticos de la nación.

Ésta es la reconstrucción y reinvención que ha sufrido Georgia: en mi opinión, positiva, pero también extremadamente enfocada en la atracción de inversionistas extranjeros, lo cual ha generado una desigualdad muy marcada entre las regiones y ciudades de un país rico en bienes, cultura y recursos.

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