por Benjamín Díaz Salazar *

La alternancia política se pensó por mucho tiempo como una utopía. Sin embargo, en las postrimerías del siglo XX apareció “un rayito de esperanza” que colocó a un joven partido al frente de un gobierno. A tan sólo ocho años de ver la luz, el Partido de la Revolución Democrática ocupó el cargo de la recién creada Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano fue el encargado de timonear el velero capitalino.

Su gestión permitió el esparcimiento de los ideales perredistas a lo largo y ancho del Distrito Federal. Poco a poco, los gobiernos delegacionales fueron ocupados por partidarios amarillos, que solidificaron el proyecto alternativo de la capital. Con miras a la contienda electoral de 2000, Cuauhtémoc Cárdenas heredó el cargo a Rosario Robles, una mexicana con una carrera política significativa, que en su corta gestión abrió paso a la discusión sobre el aborto, a través de la llamada ley Robles.

En 2000 resultó electo el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Con él inició una etapa nueva para el Distrito Federal. Los programas sociales, las obras públicas y otras acciones emprendidas, popularizó aún más al PRD en el Distrito Federal. Entre videoescándalos e intentos de desafuero, contendió contra Felipe Calderón Hinojosa, Roberto Madrazo, Patricia Mercado y Roberto Campa por la silla presidencial en 2006.

El ejecutivo capitalino quedó en manos de Alejandro Encinas, quien en pocos meses abrió la discusión sobre las “sociedades de convivencia” en la capital. Pronto entró estruendosamente al gobierno citadino Marcelo Ebrard Casaubón, un personaje con una larga carrera política que supo seducir a una significativa porción de la sociedad para sumarse al proyecto perredista.

Los gobiernos capitalinos se habían caracterizado por mantener una clara distancia respecto a las administraciones federales. Especialmente durante las gestiones de López Obrador y de Marcelo Ebrard el trecho entre la jefatura de gobierno y la presidencia de la república se volvió abismal. Fueron escasas las reuniones que mantuvieron ambos ejecutivos, limitando el trato a asuntos de emergencia.

Poco a poco el Distrito Federal se colocó como líder en proyectos alternativos, lo que generó un alto índice de reconocimiento al partido en el poder. La popularidad de Ebrard se volvió avasalladora. Próximas las elecciones del 2012, a muchos nos pareció el idóneo candidato presidencial por el partido amarillo. Su sucesor a la jefatura de gobierno fue Miguel Ángel Mancera, quien parecía un personaje que daría continuidad a los proyectos que hasta ese momento, el PRD había iniciado.

Peña y Mancera, de la mano.
Peña y Mancera, de la mano.

Con una contundente mayoría, Mancera inició su gestión hace un año. Con un sentimiento de vergüenza agregaré que fui de aquellos que permitió su victoria. El desencanto ciudadano que se ha generado desde su llegada a la jefatura de gobierno es impactante. Su evidente cercanía con el titular de la presidencia ha generado una serie de descalificaciones y críticas en su contra.

Sus iniciales acciones de represión marcaron el inicio de un gobierno que se ha caracterizado por “mantener el orden” a su manera. El impresionante apoyo que brinda a las fuerzas policiales es quizá su peor carta de presentación. Paso a paso, la capital de la república se ha vuelto un punto donde la presencia de granaderos y policías es cotidiana. El desfile diario de cientos de elementos armados por zonas “de riesgo”, como zonas universitarias o culturales, es una realidad.

Iniciativas como la alza al precio del metro, son “otra raya más al tigre”. En este particular caso destaca su contradicción respecto a las promesas de campaña, donde estableció que no habría incremento alguno durante su gestión.

Lo cierto es que, con tan solo un año de gobierno, Ernesto P. Uruchurtu ha eclipsado el influjo que el sol azteca tenía en el Distrito Federal. Muestras del desprecio popular se han hecho evidentes, como el caso de su estruendoso abucheo durante el informe de gestión de su partidaria Dolores Padierna a mediados del mes pasado. Es claro que el desencanto que ha generado Alfonso Corona del Rosal tendrá fuertes consecuencias en las elecciones de 2018. El PRD pierde día a día un votante en el Distrito Federal. Ignoro si sea parte de un plan político de mayor alcance, pero lo cierto es que el gobierno de Carlos Hank González está construyendo un incierto futuro amarillo en la capital.

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