por Dalia Argüello *

El papel de México frente a la intervención de Estados Unidos en 1846, 1847 y 1848 fue para intelectuales y políticos de la época la revelación más descarnada de la falta de un espíritu nacional y cohesión social. Toda una calamidad, dado que en el contexto decimonónico la formación de estados nacionales regía la política del mundo occidental y la nación encarnaba los parámetros de modernidad y progreso. Lo nacional definía el modelo de la vida social y política que debía ser alcanzado por todos los pueblos como resultado del proceso evolutivo de la humanidad.

En la búsqueda por integrar al país en el marco de la cultura universal (o lo que entonces se entendía como tal), el estado mexicano utilizó instituciones como la escuela y recursos como el arte, la prensa y la historia para crear y difundir un relato coherente en el que la nación existiera como realidad objetiva. La escultura monumental y en general todas las manifestaciones artísticas fueron aliadas inmejorables de este esfuerzo, ya que se creía que generarían representaciones poderosas del imaginario nacional que se quedarían grabadas en las mentes y los espíritus.

Al construir icónicamente un pasado común en el que todos pudieran reconocerse, la producción artística se vio inmersa en una discusión ideológica, política e historiográfica por definir los límites, los orígenes, la esencia y el carácter de la nación. La “solución” de este debate dependió por fuerza del peso que se le diera a la herencia indígena e hispana, en buena medida porque los criterios raciales en boga y la búsqueda del mestizaje fueron vistos como elementos centrales de identidad nacional.

La ideología del mestizaje implicó que las elites gobernantes (criollas y mestizas) consideraran como condición fundamental para el desarrollo del país el que todos los mexicanos compartieran la misma cultura—en realidad, la cultura de las propias elites—. A propósito de esto, Manuel Gamio escribió en su célebre Forjando patria: Pro nacionalismo (México: Porrúa, 1916) que

[…] la fusión cultural se manifiesta como factor fundamental, cuando los nativos y la clase media puedan compartir y unificar un criterio frente al arte, estaremos redimidos culturalmente y el arte nacional, una de las bases sólidas de la conciencia nacional, se habrá convertido en un hecho…

Este tipo de visión, en la que se buscó la unidad estableciendo un modelo cultural uniforme como el único válido, distinguió con claridad lo que debía contar como arte y lo que debía contar como artesanía, lo culto del folklore y lo estético y de lo que no lo era. La definición de lo que merecía conservarse y heredarse se resolvió con los criterios raciales, de civilización y progreso que habían surgido durante al menos la segunda mitad del siglo XIX.

Hoy, como hace más de un siglo, el mismo afán legitimador y cohesionador se expresa en respecto del patrimonio cultural. La  pugna por la identidad nacional conserva todo su vigor y reaviva heridas no sanadas y rivalidades no resueltas. La fallida intervención reciente a la escultura de Carlos IV de Manuel Tolsá y lo que ha desatado en un sector de la sociedad mexicana resulta, en ese sentido, extremadamente reveladora.

No es la primera vez que el Caballito es el centro de disputas. La escultura tuvo que ser resguardada y cubierta durante décadas (gracias a la labor de Lucas Alamán) para evitar que fuera fundida al calor de las luchas políticas de los primeros años de vida independiente. No sólo los insurgentes habrían querido deshacerse de ella; también los iturbidistas, quienes, a pesar de proponer su conservación, sugirieron cambiarle la cabeza por la de Iturbide.

Una vez colocada en el paseo de Bucareli, aún resguardado por una reja, tampoco estuvo a salvo de detractores. En 1893, por ejemplo, la escultura del rey resultó incómoda para más de uno cuando la élite porfirista intentaba hacer del paseo de la Reforma un libro abierto que mostrara las glorias de la historia nacional. Manuel Gutierrez Nájera publicaría una carta para manifestarse al respecto:

[…] ya es tiempo de que despeje el sitio, cediendo el lugar a otra persona menos mansa y menos obradora de paz en sí y en otra. En la calzada de la Reforma sólo deben alzarse monumentos a los grandes patriotas [citado en Silvio Zavala, En defensa del paseo de la Reforma (México: Universidad Iberoamericana, 1997), 40-41].

Una de 76 estatuas sin comunidad sobre Reforma
Una de 76 estatuas sin comunidad sobre Reforma

El traslado de la plaza mayor a un patio, después a Bucareli y finalmente a la plaza Tolsá hace evidente que la carga simbólica de este monumento ha sido tan grande que le costó más de un siglo encontrar aceptación en un espacio y un tiempo aparentemente más serenos. Sin embargo, desde hace unos meses, los atropellos que la corrupción y los vacíos legales permitieron en este intento de restauración desataron las pasiones una vez más.

Como se sabe, ha surgido un grupo ciudadano autonombrado defensor de la escultura de Carlos IV y, por extensión, de todo el patrimonio histórico del país. Muy cohesionado y claro en su postura, este grupo ha reunido evidencias de otras intervenciones que, a su parecer, han dañado esculturas y monumentos en toda la república, aunque principalmente en la ciudad de México. Ha denunciado empresas, procedimientos y materiales para mostrar el poco respeto que se le tiene a la herencia cultural de los mexicanos.

La defensa apasionada que ha hecho el grupo “El Caballito, conservación” me recuerda la defensa decimonónica del arte nacional y de los valores universales. Pareciera que el patrimonio cultural tiene un fin en sí mismo, que es en esencia valioso y que está ahí para contemplarse. Sin embargo, al ser herencia que recibimos y que algún día dejaremos a los que vienen, no creo que sus posibilidades se limiten a esto.

Me sumo a la postura de autores como Nestror García Canclini y Valentina Cantón que conciben al patrimonio en función de las relaciones sociales que le dan vida y le otorgan sentido. Lejos de la visión sustancialista que concibe valores inmanentes en los objetos, o de una postura contemplativa propia de la alta cultura o del folklorismo, creo que patrimonio es aquello que las mismas comunidades sancionan como algo en lo que pueden identificarse. Suscribo la idea de que algo adquiere el rango de patrimonial cuando la sociedad lo reconoce como tal y que, por lo tanto, no tiene valor en sí mismo. Su valor, por el contrario, depende de las relaciones que logra generar, la manera en que es apropiado y transmitido para generar lazos comunitarios.

El patrimonio, al ser expresión de identidad, inevitablemente se inserta en un espacio de lucha de poder, pero también puede llegar a ser un espacio de diálogo y creación. Si los intelectuales del siglo XIX defendieron la univocidad de la cultura, hoy podemos aceptar que cada quien se identifica con diferentes cosas y se apropia de lo que mejor le funcione, sin que sea por sí mismo más valioso que otro. Importan el Caballito y los centros históricos y las casas virreinales, en tanto generan identidad, pero también importan muchas otras expresiones en las que reconocen otros muchos grupos.

Hoy que tenemos tantas evidencias de cómo se destruyen a diario no sólo estatuas sino espacios enteros como los santuarios o los parques nacionales (que  pueden ser definidos como patrimonio natural), y que sabemos cómo esta destrucción impacta las formas de vida de comunidades enteras, podemos  también entender el riesgo de ensalzar de manera exclusiva los valores de una cultura sobre los de otras. Desde una postura que no busque encontrar homogeneidad sino que reconozca la diversidad que nos define, quizá podamos pensar en una visión patrimonial que, en lugar de dividirnos, nos haga entendernos mejor unos a otros.

1 Comment

  1. Me adhiero plenamente a la conclusión, alcanzar: una postura que no busque encontrar homogeneidad sino que reconozca la diversidad que nos define, quizá podamos pensar en una visión patrimonial que en lugar de dividirnos nos haga entendernos mejor unos a otros.

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