por Alicia del Bosque *

Como a las zapatistas no hay modo de tomarlas en serio, teatrales y dicharacheras como han sido desde su irrupción en la vida mediática hace casi veinte años, lo mejor que puede hacerse a propósito del trigésimo aniversario del establecimiento del campamento guerrillero en el que comenzó a desintegrarse una organización que quería hacer la revolución como los otros y que poco a poco, conforme sus integrantes fueron aprendiendo a escuchar a sus (por lo tanto) mal llamadas bases de apoyo, empezó a sonar como La revolución de Emiliano Zapata cuando tocaba “Nasty Sex”; lo mejor, pues, es tomar un par de frases de su comunicado más reciente y tratarlas como si no fueran un apunte marginal en un texto que busca hacer ostentación de la familiaridad selvícola con las nuevas tecnologías, así como confesar la afición de uno de ellas al futbol y a los videos de Youtube —muy malos todos salvo el primero, por lo demás—, sino más bien considerarlas, con toda seriedad, como una afirmación teórica de altos vuelos, tras cuya exégesis sólo cabrá concluir que la ocasión misma del mensaje, o sea la conmemoración de la fundación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 17 de noviembre de 1983, es simple y sencillamente una necedad o, peor, una concesión a la manera en que ellos, los de los “esquemas con opciones terminantes”, conciben el devenir y construyen su civilización.

EZLN. Treinta años de bordar ese "lo que queremos ser y hacer".
EZLN. Treinta años de bordar ese “lo que queremos ser y hacer”.

Porque si es cierto que “[…] para nosotras, nosotros, nuestra historia no es sólo lo que hemos sido, lo que nos ha pasado, lo que hemos hecho. Es también, y sobre todo, lo que queremos ser y hacer”, entonces no sólo es contraproducente el uso de metáforas que presuponen secuencias, como el cine, para articular una idea diferente de la historia, al fin liberada de esa camisa de fuerza formada por pensar que “después” sigue a “antes”; es sobre todo una contradicción lógica que mina, precisamente, la posibilidad de elaborar una teoría y emprender una práctica donde quepan todos los mundos o al menos sus contradicciones, en particular esos mundos que se entienden bien con las antinomias, las paradojas y los oximorones en razón de su experiencia cotidiana con esa modernidad que sus beneficiarios imaginan atildada, nítida y como si fuera calle de un sólo sentido pero que más bien es yuxtaposición, a veces brutal, de voces y deseos y rebeldías y dignidades e imposibilidades y en la que, por lo tanto, el tiempo no avanza ni retrocede de manera lineal sino que se enrosca en sí mismo y se vuelca, a veces para allá, a veces hacia aquí, revelándose a cada paso como terreno para la disputa, la negociación y las frustraciones.

Puesto que afirmar que la historia es tanto pasado como proyecto puede sonar a ventrilocuismo antropológico, por aquello de que también entre las mesoamericanas prehispánicas el pasado narrado era a menudo espejo donde se reflejaba el destino (deseado) de los pueblos, y así proveer de munición a quienes no se han cansado de reprocharle al vocero su estatura y las barbas que se le escapaban del pasamontañas, o sea su condición de mestizo hablando en nombre de los indios, conviene advertir que la aparente circularidad de la historia que se describe en las frases citadas parece estar más cerca del pensamiento o’gormaniano que de lo que se presume caracteriza a la filosofía de la historia indígena, toda vez que, por una parte, conjuga sus verbos en presente perfecto, anulando de este modo la cosificación del pasado contra la que se batió el joven Edmundo allá en los años cuarenta, mientras que, por la otra, y de acuerdo con esa vertiente del existencialismo, no considera a la historia como una construcción retórica destinada a la legitimación del poder o a la educación moral del otro, o de la otra, sino que la tiene como instrumento de la voluntad propia para ir siendo “lo que queremos ser y hacer”, en un proceso que, como todos, sólo puede existir y entenderse verdaderamente en gerundio, siempre inacabado, siempre en construcción.

Como de ello se sigue que una conmemoración como la que se han autoimpuesto las zapatistas (incluso si este año, al contrario que el pasado, la celebración parece haber sido mucho menos estruendosa) no debería formar parte de su modo de andar por el mundo, acaso lo único más o menos congruente que cabe hacer frente a su desliz cosificador es robarle una línea a Lewis Carroll (Through the Looking-Glass [1872], capítulo 6) para desearles un feliz no-cumpleaños con todo y corbata-cinturón —eso, e imaginar cómo sería el mundo si las definiciones y los orígenes fueran tan volátiles y fluidos, tan sujetos al quehacer, que sólo pudieran vislumbrarse sobre la marcha, sin necesidad de efemérides, monumentos, retratos, manifiestos, fiestas cívicas, constituciones, días feriados, contratos, diplomas, credenciales, huellas dactilares y actas de nacimiento.

4 Comments

  1. Este es un ejemplo de una pontífice que cree que los cambios se hacen rauda y velozmente. Debería regresar a la universidad, no a pontificar, sino a tomar al menos la materia de México Multicultural. O si le pide trabajo a Karuze, tal vez la acepte con gusto.

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  2. Bah, un texto mediocre que supone que un escrito confuso es sinónimo de un texto inteligente. Una más suplicando atención en el puesto de francotiradora. Hoy contra el zapatismo, mañana contra quien tenga lector@s. Una pena. Creo que ni Krauze la aceptaría.

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  3. Ininteligible… aunque se advierte la trampa burlona hacia las zapatistas y el mestizo que defiende a los indios. Le haría bien a la autora leer a Wallerstein, a Bolívar Echeverría y a Aguirre Rojas. Justamente por mentalidades como ésta, el nacionalismo mexicano que se enseña en la educación básica y que se reproduce casi naturalmente colinda con lo bizarro, con el asqueo de saber que sólo hay mexicano sin indígena… cabría preguntarle a la autora si la historia que ella ha construido como mestiza, aria, o lo que sea que sea o que se considere, le gusta y le parece justa… y de no ser así, ¿qué hace además de despotricar sobre lo que no conoce, justamente por no ser ell@s, indios e indias? Por cierto, en esta referencia a “los indios” ya se ve el espíritu ignorante que guía sus letras: son indígenas… Alicia, los indios están en la India y, para futuras redacciones quizá le sirva saber que el término hindú se usa para referir a cierta comunidad religiosa.

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