Yo miento (1 de 2)

por Israel Vargas Vázquez *

Si yo mismo no sé si miento, ¿cómo han de saberlo otros?
Jorge Volpi,
En busca de Klingsor

No, éste no es otro texto en contra de la ética profesional de Boris Berenzon. Lo digo para quienes el tema los tiene fascinado o para quienes ya se cansaron. No va contra él sino en contra de todos.

Todos recordamos aquella estupenda escena de The Simpsons en la que Homero es conectado al detector de mentiras por agentes del FBI. Dicho aparato explota con una simple respuesta que ni siquiera estaba en el test (para quien no la recuerde, aquí está el link). Imagine usted a Benjamin Netanyahu, Usain Bolt, Barack Obama, Silvio Berlusconi o quien usted quiera enfrentando el polígrafo, tratando de controlar su respiración y presión sanguínea mientras se resisten a sudar con cada cuestión. ¿Quiénes han hecho de la mentira una profesión? En términos estrictos, creo que solo Frank Abagnale Jr. ¿Quiénes han hecho de la mentira una parte vital su vida? Creo que todos, sin ofender.

“Acúsome, padre, de decir mentiras”, decía yo de pequeño en el confesionario para evitar enunciar otros pecados. Pero si el confesor me pedía explicar de qué tipo eran, entonces incurría en otra mentira al enumerarlas evitando mencionar aquéllas que sabía graves. Históricamente, decir mentiras es considerado un pecado porque es la raíz madre del mal comportamiento, del engaño, la traición, la hipocresía, la hostilidad, el mal interés, la falsificación y la simulación. Por quedarme en el terreno infantil, en la clase de español de la primaria se nos enseña a conjugar verbos y los ejemplos más comunes son correr, jugar, bailar, hablar, escribir, caminar y escuchar, entre otros; pero es muy raro ver ejercicios con los verbos mentir o engañar, cuando es lo que más se sabe hacer, empezando por decir que sí sabemos conjugar bien ante la maestra o el maestro cuando no es así.

El prototipo de la mentira.

Prototipo de mentiroso.

La condición de posibilidad de la mentira no es otra que la existencia de la verdad, pero ésta se comporta como la gran ausente (si nos ponemos posmos, como relativa), y sólo cuando llega “la hora de la verdad” se sabe que la mentiras han destrozando tanto que ya no se pueden aguantar más. Después de esa “hora”, las mentiras pueden volver a actuar —comenzando un ciclo casi tan natural como el del agua—. En lo personal, creo que la verdad es una proposición lingüística situada y validada por consenso. ¿La mentira no lo es también? La mentira en vez de validada es encubierta por consenso. Si hacemos caso a Sara Sefchovich, quien nos dice que la mentira es un acuerdo social legitimado, me pregunto: ¿cómo puede ser que en una sociedad tenga tanto la verdad como la mentira como legitimas? Entonces, ¿qué las hace diferentes?, ¿los grados de cada una si es que existen? Sefchovich responde: “Todos, desde el más pequeño niño hasta el más encumbrado ser, mentimos en este país, es parte esencial de nuestra cultura” (“La mentira, acuerdo social legitimado”, en Gaceta UNAM, 22 de julio, 2013: 10).

Mentimos cuando llegamos tarde, hacemos campaña, tramitamos una licencia de conducir, exigimos una herencia, presentamos un examen, hablamos con un oficial de tránsito, publicamos en las redes sociales, y más cuando queremos sexo y también cuando no, ponga usted el ejemplo que quiera. ¿Por qué? ¿Quién nos enseño a mentir? ¿En qué momento se arrojó super yo del tren? ¿Fue suicidio?

Cuando nos piden hacer el análisis historiográfico de una obra, regularmente se nos exige que averigüemos el concepto de verdad del autor. ¿Y su concepto de mentira? ¿Sabiendo su concepto de verdad necesariamente sabemos su concepto contrario?, ¿no es más útil conocer cómo engaña dicho autor o cómo toma por ciertos hechos que sabía eran falsos? Hay infinidad de libros de historia que guardan mentiras, evidentes o rebuscadas, pero mentiras al fin. Ya Pedro Salmerón ha hecho carrera denunciando a los falsificadores de la historia, así que no profundizo en ello. Sólo sostengo que la mentira no sólo se encuentra presente en la historia gubernamental; también en mucha de la que se autonombra “académica”. Afirmo que la falsedad se ha convertido, metro por metro, en el camino de nuestro actuar, tanto así que construir la verdad (o “veracidad” porque no hay verdad en la historia) se convierte en una gran proeza.

¿Y los maestros? ¿Serán ellos los que nos enseñan a mentir? En la materia de historia en la educación básica ya no sabe uno si la mentira viene prefabricada en los textos o si el maestro es el que miente. El problema es que surte tanto efecto la mentira que posteriormente uno no puede concebir otra historia. Haga usted la prueba y pregunte a la gente “¿quién conquistó México?” Y verá que la mayoría le va a responder “España” y una minoría “no lo sé”. La misma pregunta se hizo Federico Navarrete en una conferencia en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y expresó que no es descabellado afirmar que “México fue conquistado por los indígenas”. Por supuesto expuso sus argumentos y concluyó que “decir que a México lo conquistaron los españoles es la justificación última del poder que en nuestro país ejercen las élites occidentales y occidentalizantes” (“Análisis académico acerca de la conquista de México”, en Gaceta UNAM, 29 de abril, 2013: 13). Dígale usted a los niños o la gente no especialista lo que Navarrete afirmó, y lo primero que van a pensar es que es un mentiroso o una mentirosa.

Que la verdad se encuentre tan ausente de nuestra sociedad y nuestra historia ha sido porque la mentira parece confundirse ya con el propio lenguaje, el perfecto camuflaje. Michel Foucault escribió en el primer capítulo de El pensamiento de afuera: “La literatura […] es el lenguaje alejándose lo más posible de sí mismo.” Yo creo que la verdad también profesa esa lejanía.

2 Respuestas a “Yo miento (1 de 2)

  1. Si a uno lo amenazaran con tirar todos los libros que dijeran mentiras, los primeros serían los de historia y los de política. Pero este no es el caso que abordo sino el papel de victimismo que llevamos arrastrando año tras año. Es decir, si la gran mayoría, por no decir todos, de los pueblos fueron conquistados en alguna época de su existencia ¿Por qué pasados 300 años seguimos lamentándonos de lo que nos ocurrió en un momento? Hay que preguntarse mejor cómo los otros pueblos han afrontado este tipo de situaciones y cómo los ha afectado. Hallaríamos algunas sorpresas.
    Finalmente, quedarían a salvo los libros de ingeniería. Nadie se arriesgaría a ir a la cárcel porque se le cayera un puente o un edificio.

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  2. Gracias Ing. Francisco por tu comentario. Te mentiría si te digo que entendí la conexión entre tirar libros, el victimismo en la historia y los libros de ingeniería. Saludos.

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