por Marisa Hernández Ríos *

[primera de dos partes]

Transcurridos meses de huelgas cada vez más reivindicativas organizadas por numerosos colectivos relacionados con la educación —alumnxs, docentes, padres, sindicatos…— la primavera pasada lxs españolxs nos convertimos en los principales actores de una obra de teatro en la que las esperanzas de un final feliz se fueron desvaneciendo poco a poco, con desenlaces bien lejanos a lo que Montesquieu premiaba como derecho y voz del pueblo. Todxs intuimos o sabemos que habrá que esperar mejores tiempos.

Sí, porque la pretendida reforma educativa del ministro José Ignacio Wert, este empresario de multinacional y actual ministro de Educación, Cultura y Deportes de España (parece que ahora ya por poco), pone de manifiesto lo que todos temíamos: la educación terminará por favorecer a un sistema de desigualdades manifiestas y a un desequilibrio formativo que confirmará muchos temores, dos de ellos que afectan aspectos que nos incumben directamente como historiadorxs y como involucradxs en la educación. En primer lugar, las humanidades quedarán en situación de achaque, como siempre, para terminar sus días atendidas como enfermas que requieren de cuidados paliativos para no perecer. En segundo término, el hecho más debatido en la sociedad española, que ha alcanzado opiniones y llamadas de atención de voces internacionales: la situación de desigualdad en la que quedará el sistema educativo al quedar excluido de las becas una parte significativa del alumnado.

El ministro de Educación, el 17 de mayo de 2013
El ministro de Educación, el 17 de mayo de 2013

La pretendida y temida ley orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, con la que tanta tabarra lleva dando su defensor Wert, ha llevado al ministro a un desgaste que le hará abandonar en breve la política, como ya ha anunciado en los últimos días en ruedas de prensa y medios de comunicación. Su empecinamiento y enfrentamiento con la sociedad española le ha otorgado, desde hace meses, una imagen particular dentro del gobierno de Mariano Rajoy: lo evidencian sus propuestas —poco oportunas políticamente, dada la sensibilidad del tema— sobre “españolizar” a los estudiantes catalanes, derogar una de las materias “caballo de batalla” apoyada por el anterior gobierno socialista —la “Educación para la ciudadanía”—, dejar fuera de juego a la educación artística, o retornar al sistema de reválida.

¿Y qué tal si hablamos de la significativa presencia de la religión católica como materia computable? Lo que ello muestra, en este momento político, es cómo el poder de la iglesia católica y de su jerarca Antonio María Rouco Varela (cabeza de la conferencia episcopal española), volverá a ganar la partida al imponer un protagonismo inusitado de la religión frente a materias esenciales para la formación del alumnado; la alternativa en un país laico sería una asignatura denominada “Valores sociales y culturales”. Al menos, aunque con menos protagonismo del que quisiéramos historiadorxs y docentes de los diferentes ámbitos disciplinarios de las humanidades, se mantendrán como asignaturas troncales la historia, la geografía y otras, no por ello seguras de no ser manipuladas en función de los intereses de las diferentes administraciones autonómicas o por mandato del nuevo centralismo que se quiere imponer.

No obstante, se hace manifiesta la protesta unánime de un sector docente: de todos aquellos que reconocen la necesidad y la importancia de mantener las lenguas y la cultura clásicas, que en el caso del latín se verá relegada a determinados itinerarios formativos y en el del griego prácticamente quedará como optativa sin visos de supervivencia. ¿Y asignaturas como “Cultura clásica”, que aborda la necesidad de conocimiento y comprensión de la cultura occidental desde perspectivas multidisciplinares como la historia, el arte, la lengua, la filosofía, la política, la mitología, la ciencia…?

El polémico anteproyecto, aprobado el 21 de septiembre de 2012 por el consejo de ministros, no convence a un pueblo que ha salido a la calle a protestar en múltiples ocasiones. Ya provocó la unión de miles de personas de diverso signo ideológico y confesional en un paro general de la educación en España, que tuvo lugar el 9 de mayo de 2013 y que puso de manifiesto el pesar de un pueblo que no ha sido consultado, como siempre… Todo ello está dando mucho de qué hablar y de qué preocuparse, por si tuviéramos poco en este país tan castigado en los últimos años, por esta lamentable mutilación formativa para dar paso al proyecto de hacer de sus ciudadanos una masa empleable competitiva exitosamente en el mercado internacional.

¿Cómo resultará finalmente esa necesidad de conseguir la muy dudosa calidad de la educación? ¿En qué quedará la educación pública? Espero que las imágenes desoladoras que el colectivo docente cuelga en la red con una frecuencia no conocida antes en este sentido (véase aquí), no lleguen al fin pretendido por el gobierno del Partido Popular. Pretender hacer frente a una crisis con recortes a la educación puede tener consecuencias terribles y desastrosas.

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