por Bernardo Ibarrola *

El 2 de julio de 2013, el avión presidencial de Bolivia inició el viaje de retorno a su país desde Moscú, pero se vio obligado a aterrizar en Austria, pues los gobiernos de Francia, España y Portugal no concedieron permiso para que sobrevolara sus territorios. Evo Morales y su comitiva fueron retenidos en un aeropuerto vienés de Schwechat durante más de trece horas, el tiempo suficiente para que las autoridades austriacas pudieran cerciorarse que no llevaba de polizón a Edward Snowden y dejar bien claro, de paso, cuánto ha cambiado el mundo desde que concluyó la guerra fría.

Evo Morales, agraviado.
Evo Morales, agraviado.

Antes de que la Unión Soviética desapareciera y Francis Fukuyama decretara que el mercado había resultado vencedor en su pulso con el estado como principal elemento de organización entre las personas, las sociedades y las naciones, los informantes tránsfugas como Snowden (cuyo persecución está en la base de este imbroglio diplomático), eran distintos: burócratas inconformes con la medianía de su destino o auténticos mártires, silenciosos constructores del paraíso socialista o del ideal democrático, según fuera el caso. Ahora, los informantes son sublimes hackers que, como Julian Assange, ponen en evidencia la candorosa confianza de todos —incluido el Pentágono— en la infalibilidad de las computadoras y las telecomunicaciones, o hollywoodescos contratistas de inteligencia (¡las prácticas y el vocabulario del outsoursing se imponen hasta en las agencias de espionaje!) que un día deciden, quién sabe por qué, que la actitud de sus patrones no es éticamente aceptable y deciden exponer sus trapitos al sol y balconearlos en internet.

Antes de la caída del Muro, los informantes se sabían parte de un enfrentamiento a escala planetaria y soñaban con aportar una pieza clave al supuesto bando enemigo, del que se consideraban parte: llevar a Moscú la fórmula de la bomba de neutrones o entregar en Washington la lista de todos los espías soviéticos sembrados en Occidente. Ahora, Assange,  Snowden y compañía aspiran a informar a la opinión pública que el gobierno de Estados Unidos conspira, chantajea, tortura y mata a sus enemigos y que sus espías espían a todo el mundo, incluidos sus supuestos aliados. Como si estuvieran denunciando un vertedero tóxico en una película con Julia Roberts. Como si la simple denuncia pudiera llevar al responsable (¡el gobierno de los Estados Unidos!) delante del juez, y éste fuera capaz de hacer justicia en una enésima y conmovedora secuencia cinematográfica de juicio.

Verdaderos hijos del final de la historia, estos nuevos tránsfugas supusieron de veras que había una mano invisible —ordenadora y buena— por encima de los gobiernos nacionales, y apelaron a ésta. Pero la mano no apareció y tuvieron que huir de sus respectivos países, antes de que las maquinarias judiciales de éstos los condujeran ineluctablemente a la cárcel. Pero los informantes de hogaño no son como los de antaño, y cuando comenzó su persecución no consideraron ni en sueños llevar sus tesoros robados a Teherán o Pionyang y, puesto que la “opinión pública” es una entelequia y las entelequias no tienen ni representaciones ni inmunidad diplomática, sólo encontraron refugio en la embajada de un pequeño país sudamericano, pues la Rusia de Putin, más papista que el papa en materia de neoliberalismo, declaró que sólo concedería asilo a Snowden si prometía no volver a hacer nada contra sus “socios” estadounidenses. En otras palabras, le dijo que no le interesaba la información que le estaba ofreciendo. Desde entonces, mister Edward Snowden vaga por los pasillos de la zona de tránsito del aeropuerto de Sheremétievo, como en una película con Tom Hanks.

1 Comment

  1. Yo creo que sería importante asentar que estos informantes o espías, y sus similares, han existido a lo largo de muchos siglos. Y que e Estado “vigile” a sus habitantes, no es nada nuevo (ahí tenemos a Fouché y a sus libros negros). Es más, todos esos países, como Venezuela, que han salido a ofrecer su apoyo a la vícitima de EEUU, seguro cuentan con centros de inteligencia igual de sofisticados que los del Imperio para vigilar a sus ciudadanos (¿alguien sabe para qué sirve el CISEN?). No se no nos olvide que hasta por Internet se pueden conseguir este tipo de equipo, si se tiene el dinero para pagarlos. Por último,que los gobiernos se espíen unos a otros es tan antiguo como la humanidad misma… Este pobre hombre Snowden se convirtió en figitivo permanente, por nada…

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