por David F. Uriegas *

El domingo 16 de junio, cientos de personas de la comunidad brasileña en Irlanda se reunieron en la avenida principal de Dublín: O’Connell St., en el camellón donde se encuentra la famosa Spire, monumento que promueve la reivindicación de la zona y los levantamientos en la Oficina de Correos de 1916. Allí, la comunidad brasileña invitaba a la gente a participar y apoyar los movimientos contra la crisis que se inició aún durante de la presidencia de Lula y que el mismo presidente Lula aparentemente logró apacentar hasta el advenimiento de Dilma Roussef, su “hija”, quien, según las opiniones de los jóvenes brasileños, no continuó la misma línea ideológica que su “padre”.

En el camellón O'Connell.
En el camellón O’Connell.

A las 13:00 horas de ese día, la comunidad brasileña se conglomeró —la cual superó las expectativas de la Gárdai irlandesa con más de dos mil individuos—, y a voz en cuello inició la protesta con su himno nacional, seguido de un grito: “Vem pra rua! Vem pra rua!” Como es de esperarse, no faltaban las pancartas levantadas, muchas de ellas atractivas, tales como “Não seremos mais uma piada histórica”, cartel que me dio a pensar no sólo en la fuerte conciencia que la comunidad tiene al respecto de la crisis brasileña, sino también en la increíble relación que existe con los movimientos del año pasado en México: al igual que nosotros, a muchos de los jóvenes brasileños en Dublín les sorprendía la gran diversidad de individuos que “despertaban”; ya no eran “clases medias y medias bajas” nada más, sino también individuos “clasemedieros altos” provenientes de escuelas de iniciativa privada.

A los ojos de estos migrantes, la protesta no era únicamente por el aumento de R$ 0.20 al transporte público, lo que para ellos representa “derechos civiles”, sino más bien los problemas que devienen de una economía que está siendo tomada por la iniciativa privada, así como la gran inversión que se hizo para la copa del mundo de 2014 —la cual es de 15 mil millones de dólares y que sobrepasa por mucho la inversión realizada en Sudáfrica hace cuatro años—. Para ellos tal inversión no sólo es estúpida en relación con la crisis que enfrenta Brasil en estos días; es también “dolorosa” al ser el futbol su deporte por excelencia. Cientos de jóvenes expresan reticencia al campeonato de futbol y han hecho una fuerte exhortación a no asistir a tal evento.

Pese a ello, son lágrimas y gritos de alegría en esta gran comunidad las que expresan el gozo de “por fin haber despertado” o “por fin estar despertando”. Sea lo que sea, no pueden ignorarse —como apuntó Ben Johnson en este espacio— los movimientos que suceden alrededor del mundo, como en Turquía, y mucho menos en América Latina. ¿Qué dirección han de tomar los movimientos? Y, ¿cuál será el camino que han de tomar tales protestas en Brasil? Si bien hay una analogía muy estrecha entre estos movimientos, y si bien hay una fuerte presencia de tales acontecimientos en las redes sociales, negar que existen deficiencias en las economías actuales y negar que no hay infalibilidad en los principales medios de comunicación, es tan estúpido como decir que todo está bien.

Aunque se puede decir mucho al respecto de las protestas brasileñas y de sus paralelismo con las diversas protestas mundiales, también sería interesante abordar, desde una perspectiva sociológica (y por sociológica no menos histórica, económica y política) el por qué del surgimiento de tales movimientos, los cuales están integrados no únicamente por una diversidad de clases sociales, sino por un número significativo de personas en cada país.

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