por Sylvia G. Spicer *

Un domingo de mayo me fui de museos. El Rufino Tamayo, el de Arte Moderno. Actuaba de guía para dos amigas que habían venido a visitarme. Dos museos y ya estábamos bien cansadas; pero, glotonas que somos, seguimos para un tercero. En la puerta principal del Museo Nacional de Antropología no vi escrito “entrada gratuita el domingo”, como en los otros, pero sí vi gente entrando al museo sin boleto. Como soy un poco tímida y mi español no es la cosa más refinada del mundo, miré un momento más para estar segura que la entrada era gratis antes de decir a mis amigas: “Entremos.” Nos detuvieron en la segunda puerta.

—Sus boletos por favor.

Estaba sorprendida. ¿Por qué pasaban los otros y nosotras no? Miré alrededor. Algunas personas llevaban pulseras de plástico. ¿Será que ya han pagado y el boleto es la pulsera? Fuimos a la taquilla, pero algo me molestaba. En el momento de dar el dinero, me detuve. Me di la vuelta y pregunté al guardia:

—¿No es gratis el domingo?

—Sí —me dijo—. Es gratis el domingo para los mexicanos.

—Pero, ¿cómo sabe quién es mexicano?

—Eso se ve.

—¿Se ve? ¿Cómo se ve?

—Por los rasgos.

No lo podía creer. Tampoco estaba segura de entender bien la palabra rasgos. Entonces quise averiguar más.

—¿Cómo que por los rasgos? ¿Me está diciendo que por el color de la piel se puede saber quién es mexicano y quién no?

—Sí, señorita. Por el color de la piel y la estatura. Los mexicanos son morenos y chaparritos.

¿Morenos y chaparritos?

—Pero, señor, eso es racismo.

—No, señorita, de ninguna manera. Es sólo que así se puede reconocer a un mexicano.

—Pero, señor, los mexicanos tienen muchos colores de piel y no todos son chaparritos. ¿No piden credencial en la entrada?

—No es necesario. Eso se puede ver.

Visitantes al Museo Nacional de Antropología.
Visitantes al Museo Nacional de Antropología.

Me enojé. No entendía cómo una institución como el Museo Nacional de Antropología puede discriminar de este modo. Pedí hablar con el superior del guardia. El jefe de seguridad me repitió la misma cosa: que a un mexicano puede reconocerse de vista y que eso de ninguna manera es racismo. Lo dijeron los dos con un poquito de orgullo, como si fuera una cosa buena, como “nosotros podemos reconocernos”. Nosotros.

Pensé en mi experiencia de ser extranjera en México. En el centro, donde vivo, a veces me hablan en inglés —“Hey, how ya’ doing?”, “¿Algo de lentes? Glasses?”—, me imagino que por mis rasgos, por mi color de piel. En cambio, en la Condesa o en Polanco, con frecuencia me piden indicaciones en español, me imagino porque allá el color de mi piel no destaca tanto. Dije al superior que decidir por sus rasgos quién puede entrar gratuitamente y quién no era racismo y discriminación. Dije también que habría que pedir la credencial para saber quién es mexicano y quién no.

No sé si las palabras racismo y discriminación eran las que quería usar. Pero sí que lo que hacen en el Museo Nacional de Antropología en inglés se llama racial profiling. Es la misma lógica que utiliza la policía de Chicago para detener y (a veces) matar a gente con piel negra simplemente porque tiene la piel negra. En Chicago, quienes tienen piel negra van a la cárcel. En la ciudad de México, los morenos chaparritos van al museo Nacional de Antropología gratis los domingos. ¿Será que sus compatriotas de la Condesa y Polanco también entran gratis?

Por enojo casi me fui del museo, pero como quería hacer bien mi trabajo de guía, entramos. Al salir, pregunté a las dos mujeres en la entrada cómo deciden a quiénes dejar entrar gratis y a quiénes pedir boleto. Me dijeron que efectivamente distinguen a los mexicanos de los extranjeros por el color de la piel, los ojos y el pelo. Dijeron que también miran la estatura y la manera de caminar, de hablar y de vestirse. Al parecer, los mexicanos nunca se ponen sandalias y se visten “más humildemente”.

Pensé en mi profesora de español, tan “blanca” como yo y mexicana. Pensé en mi amiga nigeriana, de piel negra y legalmente mexicana. Pensé en todos los mexicanos cuyo idioma materno no es el español. En los ojos de las mujeres en la entrada y las guardias, estos mexicanos no lo son, no forman parte del “nosotros”.

Me quedé pensando en la idea de la identidad, de este “nosotros”. Unas identidades pueden cambiarse, unas las define el individuo, otras están definidas por el estado. Me parece que la identidad que buscan en la entrada del Museo Nacional de Antropología debería ser una identidad política, la de la nacionalidad. Esta identidad no tiene que ver con ningún rasgo, ningún idioma y ninguna manera de vestirse. Al contrario, tiene que ver con un documento expedido por el estado. Para saber quién es mexicano los domingos en el Museo Nacional de Antropología deberían pedir el papel, no mirar la piel.

2 Comments

  1. Sufran weros cuando iba a la facultad los extranjeros blancos son los que ni te miran tienen esa aura de que son superiores, ahora los semi discriminan y se ofenden

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  2. ¿Y que hacemos los mexicanos (según está estableciso en mi acta de nacimiento) que no somos ni morenos, ni chaparritos, como sucede en muchos estados del páis? Más que racial profiling, me parece que los guardias de seguridad demuestran gran ignorancia, y un profundo desconocimiento de lo que es México.

    Ahora, con respecto al cobro a los extranjeros en los museos, es una práctica que a mí me ha tocado en varios países, tanto europeos, como sudamericanos, y aunque se m hace mala onda, no me siento ofendida.

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