por Luis Fernando Granados *

1. Entre el miércoles y el jueves de la semana pasada, casi todos los medios se ocuparon de reseñar un “boletín de investigación” del Instituto Nacional de Geografía y Estadística de acuerdo con el cual la clase media mexicana aumentó de tamaño en la última década. Más allá de la pericia editorial de cada nota —o, como hizo notar Gerardo Esquivel en su cuenta de twitter, el vergonzoso anumerismo de La Jornada—, en general todas se limitaron a reproducir los “datos duros” del reporte (que puede verse aquí): a saber, que el 39.16 por ciento de las mexicanas pertenecían en 2010 a la clase media, mientras que en 2000 ésta agrupaba al 35.2 por ciento de la población.

Lo que al parecer casi nadie hizo fue preguntarse lo obvio: ¿qué se entiende en el boletín por clase media?, ¿cómo llegaron las investigadoras del Inegi a esos porcentajes?, ¿por qué el estudio se centra sólo en el crecimiento de la clase media? Preguntas como éstas  —qué dice y qué calla un documento, quién y para qué lo produce, cuál es su contexto de recepción— forman parte del utillaje intelectual básico de toda historiadora; son cuestiones que aprendemos a plantearnos desde los primeros semestres de la licenciatura y con las que debemos lidiar de manera cotidiana, sobre todo en la medida que asumimos que lo nuestro no es saber historia sino construir conocimiento acerca del pasado.

Explorar esos problemas epistemológicos y de método hubiera podido contribuir a que el debate sobre la clasemedierez de México superara el voluntarismo que caracterizó al gobierno de Felipe Calderón, el empecinamiento de escritores como Jorge G. Castañeda y el triunfalismo ideológico del librito de Luis de la Calle y Luis Rubio, Clasemediero: Pobre no más, desarrollado aún no (México: Centro de Investigación para el Desarrollo, 2010); en otras palabras, a que se volviera una discusión seria.

2. El estudio del INEGI se propone generar la categoría clase media a partir de la evidencia demográfica en lugar de imponerle a la realidad una noción prescriptiva. Aunque parece plausible, semejante decisión priva al concepto de todo poder explicativo—y más bien: le impide convertirse en concepto—, que acaba así convertido en un mero descriptor que ni siquiera puede usarse con fines comparativos.

Dicho de otro modo, una definición “internalista” de clase media no aporta casi nada nuevo a lo que se sabe sobre la estructura social mexicana cuando se clasifica a la población por deciles de ingresos (como hacen la Secretaría de Hacienda y el Conapo), o como cuando se emplean de manera independiente algunos indicadores de bienestar social, como el número de cuartos por hogar o el grado de instrucción de la jefa de familia (como hace el propio Inegi), y no puede emplearse para comparar, digamos, México con Estados Unidos, pues la definición de clase media que emplea la Oficina del Censo estadounidense es una suerte de extrapolación de indicadores como ingreso y acceso a ciertos servicios (que por cierto no tiene nada que ver con lo que los políticos estadounidenses entienden por middle class).

Con todo, lo más grave es que, al emplear un término de notable (aunque conflictiva) raigambre sociológica, y evidente carga simbólica, en lugar del tecnicismo que en sentido estricto debieron haber empleado —algo así como la reunión de los tres estratos intermedios producidos por la aglomeración de las 17 variables consideradas—, las autoras del reporte del Inegi indujeron una confusión, una ambigüedad, que parece a propósito: pues “su” clase media no es la del resto del mundo y no obstante la expresión parece referirse al mismo conglomerado social que, entre nosotros, hizo famoso a Gabriel Careaga.

Dado el carácter propagandístico que han tenido el resto de las afirmaciones sobre el crecimiento de la clase media en los últimos años —las de Calderón, Castañeda, De la Calle-Rubio et allis—, resulta evidente que el sentido general del estudio del Inegi, su intencionalidad así como la solidez de su metodología, tendría que ser puesto en duda. Si nadie lo ha hecho es, entre otras cosas, porque el trabajo se presentó como el resultado “objetivo” de un estudio “científico”.

Los ricos, de José Clemente Orozco (1924). Colegio de San Ildefonso.
José Clemente Orozco en el colegio de San Ildefonso (1924).

3. Construido sobre ruinas, huellas y basura, a partir de indicios huidizos y relatos casi fantásticos, y por ello casi siempre atrapado entre conjeturas y ambigüedades, el conocimiento histórico parece a menudo defectuoso y primitivo, rudimentario y basto, sobre todo cuando se le compara con saberes que ostentan su matematización como esas señoras que se agrandan los senos con silicón y proclaman sus verdades como esos predicadores que tocan cada semana a la misma puerta que nunca se abre.

Las certezas y las verdades de la historia son ciertamente frágiles y humildes en comparación con las leyes que las ciencias decimonónicas afirmaban establecer y que, hoy todavía, sirven como estándar de validez más allá de la academia. Precisamente porque son pequeñas y contingentes, sin embargo, las “verdades” de la historia constituyen —pueden constituir— un ejemplo de moderación cognoscitiva; pueden ser un modelo de acción discursiva menos arrogante y despótica y por ende más proclive a la democratización social y política que el país requiere. Quizá ahí radique su verdadera potencia como saber socialmente útil.

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