por Luis Fernando Granados *

La semana pasada, el posgrado en antropología de la Universidad Iberoamericana realizó unas jornadas de reflexión sobre los vínculos —posibles, deseables y de hecho— entre “Decolonización, antropología social e interculturalidad.” Durante tres días se presentaron casi 50 trabajos acerca de asuntos tan diversos como el movimiento de rondas campesinas en Perú, el modo en que practican la justicia los alcaldes indígenas de los altos de Guatemala y la manera en que se representó en cómic el traslado del monolito de Coatlinchan al Museo Nacional de Antropología en 1964, así como de un sinnúmero de aspectos teóricos, o presuntamente teóricos, relativos a la función y la responsabilidad social de la antropología.

De todas (las que alcancé a escuchar), acaso la más cercana a las preocupaciones que animan a esta publicación y dieron origen al Observatorio de Historia fue la presentación de Johannes Neurath, el jueves 18 por la mañana, organizada a partir de una pregunta (retórica): “¿Descolonizar el Museo Nacional de Antropología?” Por si alguien no lo sabe, Neurath es —además de uno de los más notables estudiosos contemporáneos de los huicholes— el curador del área del Gran Nayar en el museo construido por Pedro Ramírez Vázquez que celebrará su quincuagésimo aniversario el próximo año.

Con gran sentido de la oportunidad, Neurath comenzó su ponencia evocando el epitafio que Cuauhtémoc Medina dedicó —en Facebook— al arquitecto muerto el martes 16: “Si hubiera que designar al artista oficial de la segunda mitad del siglo XX y, por consiguiente, del régimen y sociedad que produjo el PRI, habría que enfocarse no en un pintor o escultor sino en este arquitecto”, toda vez que la obra de Ramírez Vázquez es ejemplo paradigmático de “la vocación estrictamente monumental del atardecer posrevolucionario”.

Dicho de otro modo, Neurath se preguntaba si es posible transformar el discurso museográfico —y por ello historiográfico— de un espacio imaginado arquitectónicamente para ensalzar al poder priista que no obstante, o por ello mismo, sigue siendo el principal recinto de exposiciones del país. ¿Cómo contar una historia diferente de los pueblos prehispánicos —una historia no colonialista— si todo en el diseño de Ramírez Vázquez apunta a una noción paternalista y centralizadora del poder de los tlatoque mexicas?

La solución de Neurath es a la vez erudita y audaz. En lugar de renunciar al énfasis en el poder que caracteriza al museo, propuso aceptarlo como el judoka acepta la fuerza de su enemigo; es decir, tomándolo mucho más en serio de lo que hasta ahora se ha hecho, con el propósito de mostrar el abismo existente entre la noción y la práctica del poder en la época prehispánica de la caricatura que multitudes de estudiosos y políticos han hecho de ambas —o sea el mal hábito de llamar “imperios” a los estados prehispánicos, maravillarse de que el tal Moctezuma pudiera comer pescado fresco proveniente del Golfo, o regodearse en la tontería de que los gobernantes mexicanos del siglo XX se comportaron como si fueran el gran tlatoani de Mexico-Tenochtitlan.

Los dioses del Museo Nacional de Antropología
Dioses que trabajan en el Museo Nacional de Antropología

¿Cómo? Mostrando por ejemplo que los dioses prehispánicos trabajaban; que los poderosos eran buscadores de visiones (o, digo yo: voceros) antes que dictadores de leyes —y que debían imponerse sacrificios tan contundentes como punzarse el cuerpo con espinas de maguey—; que la muy neoclásica distinción entre humanidad y naturaleza era en la Mesoamérica prehispánica un continuo fluido y dinámico; que la muy aristotélica idea de identidad era cuestionada de manera sistemática por medio de imágenes donde es difícil distinguir el rostro del atributo del gobernante, o, en fin, subrayando el hecho de que el arte prehispánico —al contrario que el arte público moderno— buscaba monumentalizar los momentos de transformación de los dioses y los gobernantes. En una palabra, lo que Neurath propuso fue servirse del espacio arquitectónico existente para construir una historia del mundo prehispánico que sea a la vez más seria desde el punto de vista científico y que deje de una vez por todas de servir —de manera vulgarmente presentista— a los poderosos de hoy.

¿Y si imagináramos un Teotihuacan resemantizado de este modo? ¿Un Chichen-Itza que dejara de astronomizar a los mayas? ¿Un museo del castillo de Chapultepec transformado en espacio para desmontar el nacionalismo mexicano?

2 Comments

  1. La propuesta inicial la tuvieron Alfredo López Austin de la FFyL y Tomás Pérez Suárez sobre lo que aquí se llama “Descolonización del Museo Nacional de Antropología”. Ignoro la forma en que fue presentada por Johannes Neurath pero los profesores en primer lugar indicados ya hacían mención en sus respectivos cursos desde hace ya varios años.

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  2. Estoy deacuerdo con eso de dejar de ver a los indígenas como meras curiosidades turísticas y emancipar a la cultura del autoritarismo gubernamental. Como bien dice el texto, el problema no es el edificio en sí (el propio Museo Nacional de Antropología), sino cuando pretende este mismo (que en si es una obra maestra de arquitectura y acervo) representar el centralismo gubernamental mexicano (que se siente dueño y amo de dichas culturas). Más allá de muchas locuras que hacen muchos mexicanistas arrebatados, se tiene que tomar esto desde un punto de vista crítico y humanista, donde de una vez por todas (como se dijo antes), los grupos indígenas (de ayer y hoy) dejen de verse como curiosidades exóticas y una atracción turística más.

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