Comer como Da Vinci

por Aracely Cortés Galán *

En el mundo hay pocos personajes que despierten tanto interés y sobre los que se publiquen tantos artículos, documentales, libros y noticias en los diarios como Leonardo da Vinci. A 561 años de su nacimiento (en Vinci, el 15 de abril de 1452), investigadores de arte y ciencia, así como aficionados y público en general escriben y leen sobre “el genio del renacimiento”, ya sea sobre su biografía o sus obras. Anualmente se publican decenas de libros que se traducen a muchos idiomas y que se venden bastante bien. Como muestra está la edición anual que hace la editorial Taschen, que indistintamente publica libros sobre pintura, anatomía, arquitectura o máquinas del artista italiano.

En su obra Vida de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, publicada en 1550, Giorgio Vasari presenta a Da Vinci de esta manera: “Los cielos suelen derramar sus más ricos dones sobre los seres humanos —muchas veces naturalmente, y acaso sobrenaturalmente—, pero, con pródiga abundancia, suelen otorgar a un solo individuo belleza, gracia e ingenio, de suerte que, haga lo que haga, toda acción suya es tan divina que deja atrás a las de los demás hombres, lo cual demuestra claramente que obra por un don de Dios y no por adquisición de arte humano. Los hombres vieron esto en Leonardo da Vinci.” Desde entonces se han hecho muchos trabajos serios.

En el siglo XX, autores como Michael White, Paul Valery o Martin Clayton han trabajado archivos de Italia y Francia para investigar acerca de la obra de Leonardo, sobre las técnicas que empleó en sus pinturas o sobre cuáles de las decenas de máquinas que se dice que inventó realmente fueron diseñadas por él. Muchas de esas investigaciones han visto la luz en artículos especializados sobre ciencia y arte y en libros que van más allá de lo biográfico, anecdótico, o los enigmas que rodean a los personajes que pintó.

Hay un libro que me interesa en particular, porque aborda dos temas de mi absoluto interés, la cocina y Leonardo: Notas de cocina de Leonardo da Vinci, trad. Marta Heras (Madrid: Temas de Hoy, 1996) ha sido motivo de polémica porque parte de la información que incluye es falsa, o por lo menos no hay certeza sobre ella. Tal es el caso del llamado códice Romannof, que Shelag y Jonathan Routh —los compiladores del libro— le atribuyen a Leonardo y de cuya existencia, así como su posible autoría, hay muchas dudas; tanto, que resulta aventurado afirmar que se trata de una obra del genio italiano.

"La última cena."

“La última cena.”

Algunas de las recetas que se incluyen también crean incertidumbre, en primer término porque la materia prima es carne de jabalí o de rana, y algo que sabemos del propio Leonardo es que era vegetariano, y es poco probable que cocinara con cadáveres. Jean Paul Ritcher, en The Literary Works of Leonardo da Vinci (Londres: S. Low, Marston, Searle & Rivington, 1886), dice: “Nos inclinamos a pensar que el propio Leonardo era vegetariano según el siguiente interesante pasaje de la primera de las cartas de Andrea Corsali a Giuliano de Medici: Ciertos infieles llamados guzzarati [hindúes] no se alimentan de nada que contenga sangre ni permiten entre ellos infligir daño a ninguna criatura viviente, como nuestro Leonardo da Vinci.”

En Leonardo da Vinci: Artist, Thinker, and Man of Science (Londres: W. Heinemann, 1899), Eugene Muntz afirmó por su parte: “Por la carta de Corsali parece que Leonardo no comía carne, sino que vivía enteramente de vegetales, anticipándose por tanto a los modernos vegetarianos en varios siglos.” También Alessandro Vezzosi, fundador y actual director del Museo Ideale de Leonardo da Vinci, en su obra Leonardo da Vinci: The Mind of The Renaissance, trad. Alexandra Bonfante-Warren (Nueva York: H.N. Abrams, 1997), hace referencia a que el pintor no comía carne.

En el mencionado libro también hay algunas cosas que permiten cuestionar su veracidad: hay recetas con maíz y una máquina pelapapas, y a mediados del siglo XVI ambos productos no eran de consumo corriente en las mesas europeas. Leonardo da Vinci como figura de mercadotecnia editorial es un éxito asegurado, pero no todo lo que se publica responde a estudios o investigaciones serias.

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