por Jorge Domínguez Luna *

Las elecciones presidenciales en Venezuela arrojaron un resultado previsible para casi todos, pero en condiciones no previstas por la mayoría. El candidato oficial y presidente interino, Nicolás Maduro, obtuvo el 50.66 por ciento de la votación, mientras que el candidato opositor, Henrique Capriles, obtuvo el 49.07 por ciento. La diferencia entre ambos fue, apenas, poco menos, de 1.6 por ciento de la votación emitida, o 234 935 votos —diferencia cerrada que permite a la oposición venezolana desconocer los resultados y pedir un recuento voto por voto.

Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón.
Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón.

Sí, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. En estos momentos, en Venezuela poco más de la mitad de la población que acudió a votar está satisfecha porque “haiga sido como haiga sido” ganó su candidato preferido. Muy probablemente, ese sector de la población votó por Maduro con la esperanza de que continúe el proyecto bolivariano que encabezó Hugo Chávez durante casi trece años desde la presidencia.

Paralelamente, las huestes del candidato opositor, que convenció a poco más de 7 270 000 personas de que era la mejor opción, expresan su inconformidad con los resultados. Su argumento principal es que la diferencia entre uno y otro candidato puede ser revertida en un recuento del total de los votos. A partir de esa premisa, durante la noche del domingo Capriles demandó ante los medios de comunicación que se llevara a cabo dicho recuento y señaló tajantemente que desconocía los resultados anunciados por el Consejo Nacional Electoral. Inexplicablemente, el CNE anunció una tendencia “irreversible” en los resultados que daban a Maduro como ganador de la contienda electoral.

Lo anterior es sólo un resumen de lo acontecido en las elecciones presidenciales para elegir al sustituto definitivo de Chávez. No obstante, para todos aquellos que tuvimos conciencia de cómo se desarrolló y finiquitó el proceso electoral del año 2006 en México, resulta evidente e inevitable la comparación… con la obvia diferencia de que en Venezuela es la derecha quien acusa de fraude y convoca a desconocer a Maduro como presidente mientras  la izquierda —en el poder— es la que llama a respetar los resultados.

En ambos casos, el debate se centra en “la verdad de lo que pasó”. Los ganadores oficiales llamaron y llaman a respetar los resultados porque para ellos su victoria es la verdad. Los opositores demandaron y demandan saber la verdad que, para ellos, no coincidió ni coincide con lo que se anunció. En el caso venezolano, como en el mexicano, las boletas electorales se convirtieron en la “fuente”. No parece haber una historia detrás de un trozo de papel depositado  en la urna. Se asume que un rectángulo de papel permitirá conocer exactamente lo que pasó.

Para los grandes sectores de la población, la veracidad de una u otra versión radica en su origen. Es posible que quienes se simpaticen con ideas políticas de izquierda asuman que la victoria de Maduro es tan verídica como el fraude denunciado por Andrés Manuel López Obrador, mientras que quienes defendieron la “victoria” de Calderón harán lo mismo con el  derecho de Capriles para demandar el recuento.

El problema en uno y otro caso no está en coincidir o no en lo que pasó, sino en la manera en que los grandes sectores de la sociedad procesan la información y construyen su versión de la historia. Sin importar que en ambos países se escriba una historia oficial sobre lo ocurrido en las elecciones de 2006 y 2013, siempre habrá una versión de lo que “realmente” pasó.

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