por Luis Fernando Granados *

Suele decirse que la cultura histórica de un estado —entendida como el conjunto de normas, prácticas y expectativas, discursivas, espaciales y conductuales, que se entrelazan para distinguir y significar el pasado y el presente— se fragua principalmente en el calendario, la toponimia, los museos, los sitios arqueológicos, la numismática y buena parte de las actividades que ocurren en las escuelas, desde las ceremonias de “honores a la bandera” hasta las clases de historia propiamente dichas.

Como las instituciones estatales casi nunca integran una organización plenamente coherente, apenas si sorprende que las voces historiográficas del estado sean tan heterogéneas y, a veces, tan contradictorias: aunque la escuela, por ejemplo, promueva ahora una imagen moderna del inicio de la guerra de independencia —donde las llamadas “causas internas” tienen menos peso que las “externas” y donde los primeros insurgentes no sabían por qué luchaban (véase aquí el libro de texto de cuarto año de primaria)—, el Miguel Hidalgo de la arquitectura, la toponimia y el calendario cívicos sigue siendo el padre de la patria imaginado por los liberales en el siglo XIX.

Puesto que las instituciones del estado, no obstante, terminan por manifestar una especie de ethos común en su actuar historiográfico, quizá haya que preguntarse si no existe un núcleo duro, una fuente, una bóveda de seguridad donde palpita, se produce, se conserva de manera tangible esa imagen del pasado cuyo axioma principal parece ser la existencia de “México” y los “mexicanos” y que ha hecho del poder estatal (en un bonito gesto autorreferencial) el protagonista de ese cuento que conocemos como historia de México. Dicho de otro modo, ¿será que existe un espacio institucional donde la “historia oficial” no sea una abstracción o un discurso inasible sino un hecho social concreto y por ello documentable?

El general Salvador Cienfuegos Zepeda
El general Salvador Cienfuegos Zepeda

Hace unas horas, al leer el discurso que el secretario de la Defensa Nacional pronunció en la ceremonia oficial del centenario de la “marcha de la lealtad”, caí en la cuenta —ni modo: todos tenemos derecho a inventar la rueda de tanto en tanto— de que la respuesta debe ser afirmativa. Como dirían en otras tierras: it’s the military, stupid.

Casi de principio a fin, en efecto, la perorata del general Salvador Cienfuegos Zepeda cultiva y reproduce los temas, la retórica, los sentidos y por ello las perversiones que caracterizan a la “historia oficial”: los ciudadanos se deben a la patria; defender la mexicanidad es imperativo; “las conmemoraciones cívicas son biografía completa y escrutinio sistemático de los aciertos y errores en el pretérito, para comprender su trascendencia”; el ejército de 1913 es el mismo de 1920 y el mismo de hoy; la “lealtad” de los cadetes que acompañaron a Madero en su trayecto al Zócalo constituye una lección para el presente (ergo: hay que apoyar el Pacto por México); los enemigos del presidente eran fuerzas morales anónimas (la traición, la mezquindad); “enaltecer el código deontológico inspirado en la marcha emprendida en 1913 […] [es] el atributo supremo del hombre de armas”. Etcétera, etcétera. (El discurso está aquí.)

Hasta en su abuso de las mayúsculas y su cursilería estilística (“ser soldado de tierra, aire y mar es sinónimo de lealtad inmarcesible”), el discurso parece corresponder punto por punto al relato moralizante, estatólatra, antihistórico y machista que se insinúa, pero casi nunca aparece de manera transparente y específica, en los muchos espacios e instancias de producción estatal de conocimiento histórico. Con todo, quizá lo más importante es que lo hace de manera coherente, sin la menor conciencia de lo mucho que ha cambiado la disciplina de la historia en el último siglo, y especialmente desde una posición de privilegio, pues el carácter corporativo del ejército dota a sus palabras de un valor social —las inviste de verdadera, premoderna “autoridad”— que casi ninguna otra voz conserva en los tiempos presentes. En el ejército, después de todo, la unidad, el mando y la disciplina son meras necesidades profesionales.

* Profesor de tiempo completo, Departamento de Historia, UIA

2 Comments

  1. De hecho, los productos historiográficos -que sí existen- que produce la estructura militar son dignos de una lectura atenta. Elementos que creíamos discutidos, replanteados, revalorados y cuestionados permanecen en esos materiales. Si en sus escenificaciones históricas Juan Escutia aún se arroja desde el Castillo de Chapultepec con todo y bandera…
    Y, por otro lado, como un nuevo descubrimiento de la rueda, el complemento: es evidente que un ritual como el que entraña la conmemoración de la Marcha de la Lealtad no se nutre de lo mucho que ha cambiado la disciplina de la historia en el último medio siglo, ni se nutrirá. Y la pregunta queda: ¿tendría, forzosamente, que hacerlo? No parece que sea una preocupación de la estructura militar del país. Es su “mística”, es una dimensión simbólica, evidentemente. Y les trae sin cuidado lo que haya cambiado la investigación histórica.
    Y pudo haber sido peor: ¿ya se les olvídó Felipe Calderón bajando, a caballo, por la ladera del Castillo, rodeado de cadetes?

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