por Alicia del Bosque *

Como el estado no es quite esa máquina racional y aceitada que sus abogados imaginan y sus críticos temen, a veces es difícil identificar los actos o las palabras que revelan el carácter de lo que el estado va siendo, sobre todo en su relación con la sociedad. ¿Es suficiente, por ejemplo, constatar la torpeza intelectual del presidente de la república para comprender la restauración priista? ¿Basta identificar la “colorida opacidad” del nuevo régimen —como hace Juan Villoro en un artículo francamente genial— en actos tan patéticos como la declaración patrimonial de los principales funcionarios o tan encabronantes como el voto emitido por Sergio García Ramírez para exonerar al PRI en el caso de las tarjetas Monex? (Ese García Ramírez, por cierto… Y pensar que alguna vez pareció pertenecer a esa rara estirpe de los priistas decentes y pensantes.)

Seguramente no. Aunque parezca cargado de sentido —y más bien: aunque sea fácil significarlo de una manera u otra—, ningún comportamiento individual puede ser representativo de un proceso social. Las anécdotas, como las biografías, no hacen historia. En el mejor de los casos funcionan como metonimias; esto es, como figuras retóricas, como maneras de aludir a lo grande, lo múltiple, lo complejo, por medio de lo pequeño, lo único o lo simple. Lo peor ocurre cuando se olvida el origen literario de esas expresiones y decimos “el viaje de Colón” sin pensar en las 89 personas que arribaron con el almirante a un islote de las Bahamas en octubre de 1492.

Marco Barrera y Antonio Saborit. (Collage tomado de Aristegui Noticias.)
Marco Barrera y Antonio Saborit. (Composición de Aristegui Noticias.)

El número, en cambio, puede ofrecer evidencias menos impresionistas. Juntando anécdotas e historias individuales es posible construir una imagen más completa de lo que está siendo el nuevo régimen. Naturalmente, falta todavía lo que los personajes hagan. Pero en la mera acumulación de sus hechos de vida puede comenzar a perfilarse lo que significa el regreso del PRI al gobierno federal. Recojo ahora nada más cuatro casos, cuatro nombramientos que en conjunto pueden ayudarnos a ver el rostro del nuevo régimen en el ámbito de interés de esta publicación —señales que en conjunto, indican que “nuevo” PRI está resultando todavía peor que el anterior.

1. El menos malo es el de Sergio Raúl Arroyo como director del INAH. Aunque era director cuando Wal-Mart sobornó a quien pudo para construir un supermercado a las afueras de Teotihuacan, su regreso supone una mejoría respecto de la administración de Alfonso de Maria y Campos, pues por lo menos se trata de alguien con conocimiento de las disciplinas antropológicas. Pero cuando se recuerda que ese puesto estuvo alguna vez en manos de Enrique Florescano, hasta dan ganas de llorar.

2. Mucho más grave es que José Carreño Carlón haya sido nombrado director del FCE. Como hizo notar Gabriel Zaid en Letras Libres, Carreño carece de todo mérito profesional para ocuparse de la editorial más grande e importante de América Latina. Simple y sencillamente, es un advenedizo en el mundo de las publicaciones: un periódico —y menos como El Nacional— no es una casa editorial. Además de su cercanía con Carlos Salinas de Gortari, la única razón de su elevación al FCE podría ser que fue el único de los profesores de la Universidad Iberoamericana que habló mal de sus estudiantes luego del episodio del 11 de mayo de 2012.

3. Para dirigir el Museo Nacional de Antropología en “vísperas” de su cincuentenario (en 2014) nada pareció más oportuno que nombrar… a un historiador de la literatura y las artes visuales. Por supuesto, no es cosa de dudar del talento de Antonio Saborit. ¿Pero tiene alguna lógica encargarle al autor de Los doblados de Tomóchic la administración y promoción de una institución que, con todos sus asegunes, sigue siendo el principal escaparate del patrimonio arqueológico y etnográfico del país? ¿Qué puede hacer desde un distanciamiento tan radical?

4. Grotesco, por último, es que el nuevo coordinador de Museos y Exposiciones del INAH sea Marco Barrera Bassols. Como recordó Reforma el 26 de enero, Barrera no tuvo empacho en “prestar” unos animales disecados a la tienda de su padre cuando dirigía el Museo de Historia Natural del DF. Peor es que, en esos mismos años, hubiera también fingido la contratación de dos jóvenes —que trabajaron para él durante más de un año— para servirse ellas sin reconocer su trabajo ni pagarles un solo peso. (Una de ellas lo demandó; la otra es hoy una antropóloga exitosa.) O sea que Barrera Bassols es un defraudador. Su nombramiento, en la misma semana que la UNAM homenajeó a Mario Vázquez Guadarrama, es un insulto a la tradición museográfica mexicana.

* Investigadora independiente

1 Comment

  1. Debo decir que mi opinión y mi experiencia con Marco Barrera es diametralmente opuesta a la aquí señalada y que, según recuerdo, ofreció explicaciones de ambos temas. Debo decir que a mí, por el contrario, me dio mucho, mucho gusto su designación.

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