Memoria anárquica

por Jorge Domínguez Luna *

El retiro de la estatua del líder azeri Heydar Aliyev significa, apenas, la conclusión de un capítulo en la novela que se ha construido alrededor del asunto. Quedan por escribirse nuevos episodios en los que puede abrirse una nueva discusión sobre dónde reubicar la obra (distinta a la bodega de Azcapotzalco) y, posiblemente, también respecto de los recursos que invirtió la embajada de Azerbaiyán en el “parque de la amistad”.

Heydar Aliyev en Polanco. (Foto: Nicolás Corte.)

Heydar Aliyev en Polanco. (Foto: Nicolás Corte.)

El conflicto que aún persiste no radica tanto en el porvenir como en lo que fue. El manejo del caso por la anterior administración local exhibió una anarquía institucional para decidir a quién podemos, queremos o debemos recordar en la escenografía de la ciudad. Hasta ahora no queda claro qué autoridad, dependencia u organismo es el responsable de juzgar el asunto y, mucho menos, si existe un protocolo o reglamentación para este tipo de eventualidades. La peor parte es el sometimiento a la voluntad de grupos ajenos al gobierno ante la falta de regulación alguna: pone la estatua cuando se lo piden y la quita cuando le dicen.

El problema no se limita al caso mencionado: existen una infinidad de casos similares en uno u otro sentido. Empero, esto no ha sido suficiente para que las autoridades reparen en la pertinencia de reglamentar la manera en que se decide lo que debemos conmemorar en los espacio públicos.

Uno de los casos a los que me refiero es la escultura ecuestre de Zapata que se ubica en la Alameda del Sur. Originalmente la escultura se ubicaba en la glorieta de Huipulco y fueron los habitantes de la zona quienes, mediante la donación de llaves y monedas, ayudaron a la elaboración de la obra. Sin embargo, la construcción del tren ligero obligó a la desaparición de la glorieta y al retiro de la escultura de su lugar original. Al igual que Heydar Aliyev fue enviada a una bodega del entonces Departamento del Distrito Federal y posteriormente llegó a su ubicación actual.

Desde hace ya muchos años, un grupo de vecinos que contribuyeron y vieron cómo se erigió la obra, acompañados de generaciones más jóvenes, han solicitado al gobierno de la ciudad que la escultura regrese a la zona de Huipulco. El caso no ha avanzado desde entonces gracias a que, además del desinterés gubernamental por atender la nostalgia, las autoridades no terminan por definir quién debe autorizar el traslado. La Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda del DF señala que debe ser el Instituto Nacional de Antropología e Historia, y éste que debe ser la autoridad local en la materia, la cual no existe.

Otro caso es la colocación de un busto de Pedro Haces Cué y Robledo —tan ilustre y conocido como se escucha— en el cruce de la avenida San Fernando y la calle Madero, en el centro de Tlalpan. La cosa fue colocada durante la pasada administración delegaciónal y se logró toda vez que el hijo del recordado es un empresario con gran cercanía con e influencia sobre el ex jefe delegacional. El financiamiento corrió a cargo de la familia. Pero valdría la pena saber si basta con tener suficiencia presupuestal para decidir a quién recordamos o inmortalizamos dentro de nuestro árbol genealógico. A diferencia del líder azerí, nadie se sintió ofendido por la colocación del busto y éste permanece en su lugar.

Finalmente, un caso que llamó mi atención a propósito del episodio de Aliyev es el de la placa conmemorativa ubicada en la estación del metro Etiopía-Plaza de la Transparencia que conmemora la visita del emperador etíope Haile Selassie en 1954. La placa se encontraba originalmente en la Plaza Etiopía, un espacio donado por la representación diplomática de ese país, pero a consecuencia de las modificaciones urbanísticas en la zona ésta se perdió, y no fue sino hasta julio de 2009 que se repuso y se develó en el interior de la estación del metro. El hecho fue impulsado por sectores de la comunidad etíope y grupos afines al movimiento rastafari para conmemorar la visita del emperador. En el caso etíope existe un antecedente histórico: la postura asumida por la administración de Lázaro Cárdenas ante la invasión italiana a Etiopía.

Probablemente los ejemplos señalados no puedan ser cuestionados como la ha sido el caso Aliyev, pero comparten su anarquía en la toma de decisiones respecto de los mecanismos para definir la construcción y preservación de la memoria colectiva. Sería bueno exigir a las autoridades la definición de un procedimiento reglamentado para autorizar la erección o construcción de cualquier tipo de obra con la intención de recordar algo o a alguien, y sería prudente que esto se hiciera antes de definir la nueva ubicación de la escultura colocada por la embajada de Azerbaiyán.

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