por Dalia Argüello *

La constitución mexicana establece, en su artículo cuarto, el derecho inalienable y universal a una alimentación nutritiva, suficiente y de calidad. Sin embargo, y a pesar de la última modificación a este artículo en octubre pasado, los gobiernos no han asegurado que este mandato sea una realidad para todos los habitantes de este país.

Recientemente, la ahora titular de Sedesol, Rosario Robles, bajo la encomienda de Enrique Peña Nieto, ha impulsado una cruzada nacional de lucha contra el hambre, con la que conmina a toda la sociedad civil e instancias gubernamentales a unirse para erradicar este mal. En un acto propagandístico y con un discurso en el más tradicional, estilo demagógico, el gobierno en turno anunció sólo la creación de nuevas instancias burocráticas pero ningún planteamiento concreto acerca de cómo piensan instrumentar tal cruzada. (Aquí está el comunicado oficial.)

Lo que sí sabemos es que, paralelamente, están en marcha los permisos para cultivos experimentales de maíz transgénico en algunas regiones del norte del país, lo que abre la puerta a la privatización de la semilla, así como la importación de grano a gran escala que ha puesto en aprietos a la producción local. El abandono del campo mexicano va más allá de un asunto de abastecimiento de alimentos, pues envuelve toda una problemática social de múltiples vertientes. Lo que me interesa destacar aquí es que también pone en conflicto la relación de la siembra del maíz con todo un modo de vida, cosmovisiones particulares que se han configurado a partir del vínculo del hombre con la tierra y la vida en comunidad.

Maíces mesoamericanos
Maíces mesoamericanos

La asociación de las diferentes culturas del continente americano con el cultivo del maíz se estableció desde los mitos fundadores de estas civilizaciones, en particular las mesoamericanas, para dar sentido y aliento al desarrollo de los pueblos. Con modificaciones y adaptaciones, encontramos esta relación indisoluble, por ejemplo, en la búsqueda y redescubrimiento del maíz como sustento del pueblo que cuenta la leyenda de los soles o en la creación del ser humano con masa de maíz de los mayas-quichés, y la representación del maíz como eje del mundo entre los mayas y mexicas.

Hoy, algunos estudios establecen que la supervivencia de las aproximadamente 300 razas de maíz en el continente ha sido posible gracias a la cultura indígena-campesina, y que la diversidad lingüística está en estrecha relación con la  diversidad de maíz, pues ésta depende de la capacidad de las comunidades para transmitir de generación en generación la información necesaria para su preservación (véase aquí el trabajo de José Antonio Serratos, El origen y la diversidad del maíz en el continente americano).

Por esto, la conservación de esta planta fundamental para la cultura y la alimentación en México depende no sólo de la colecta y resguardo de muestras en bancos de germoplasma, como se propone para protegerlos frente a los transgénicos, sino requiere del fomento y apoyo de la reproducción de las condiciones sociales y ambientales del campesino que la cultive. Así que sería deseable que toda iniciativa del gobierno que busque combatir el hambre centre sus esfuerzos en los pequeños productores, pues son estos a los que en la última administración se les asignó sólo el 4.5 por ciento del presupuesto de programas sociales y los que dependen de la agricultura no sólo en términos económicos, sino como la base de su forma de vida y de comprensión del mundo.

* Maestría en Docencia para la Educación Media Superior, UNAM

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