por Fernando Pérez Montesinos *

En su colaboración del 24 de diciembre de 2012, Wilphen Vázquez Ruiz planteó algunas razones importantes por las cuales la legalización del consumo de drogas en México no resultaría del todo adecuada. A riesgo de simplificar lo expuesto por Wilphen, estos puntos pueden reducirse a dos: México es un país con bajo desarrollo humano y, además, tiene altísimos niveles de corrupción. Como también apunta Wilphen, existen muchos otros argumentos en contra de una posible legalización (y, añado, también despenalización). Con todo, en mi opinión, ninguno es lo suficientemente persuasivo como para mantener intacta la actual política anti-drogas. Todavía más, cualquier reforma sustancial tiene forzosamente que incluir, como mínimo, algún esquema de despenalización (instituirla o ampliarla donde ya existe), así como abrir la puerta para la eventual legalización de cierto tipo de narcóticos y estimulantes (comenzando por la marihuana).

Guerra

Estas líneas, no está de más decirlo, no tienen el propósito de crear polémica. Tratan, en cambio, de identificar algunos puntos en común, añadir nuevos elementos a la discusión y señalar algunas posibles discrepancias. En ese sentido, si bien Wilphen apunta que no comparte la posición a favor de la legalización, hay varios puntos en los que claramente podemos coincidir. En primer lugar, la idea de que el “debate y la participación son impostergables” y el hecho de que la coyuntura presente es probablemente inmejorable para llevar a cabo esta discusión. En segundo lugar, el argumento de que la política anti-drogas vigente no ha dado los resultados esperados. En tercer lugar, la utilidad de situar el caso de México en el contexto internacional. Finalmente, el argumento de que la legalización y la despenalización deben ser acompañadas por otro tipo de reformas y la participación de la sociedad civil.

El debate es urgente y los tiempos son favorables; la historia, como disciplina, tiene que jugar un papel fundamental en la discusión. No se trata sólo de tomar partido a favor o en contra de la legalización. Se trata, en primer lugar, de cambiar las premisas y los términos del debate. Para ello necesitamos conocer cómo y por qué unas sustancias (y no otras) pasaron de ser asunto de curiosidad científica, uso ritual y consumo legal a un objeto de tabú e infamia, un “peligro” para la sociedad y la civilización (dos ejemplos de investigación con perspectiva histórica son este texto de Richard Davenport-Hines y este reporte compilado por Amanda Feilding).

Saber esto ayudaría en mucho a entender que los estigmas que rodean a las drogas, percibidos hoy como naturales e inmutables, son en realidad producto de convenciones susceptibles de ser cambiadas. Las drogas hoy consideradas ilícitas no siempre fueron un asunto del diablo, un objeto de persecución, una fuente de violencia. Más importante aún, la prohibición nunca fue la única posible respuesta. Apenas se hacen las preguntas correctas, y se comienza a darles respuesta, se hace evidente que no hay razones para temer al cambio. Lo verdaderamente preocupante son las premisas y consecuencias  de décadas de prohibición y de guerra contra las drogas. (Un resumen de los efectos negativos de la prohibición pueden verse en éste y en este otro texto de Tony Newman aparecidos en The Huffington Post.)

Los resultados de la actual política han sido, cuando menos, muy pobres y sus costos demasiado altos. A lo largo de décadas, los gobiernos del mundo se han gastado poco más de 2.5 trillones de dólares en el combate contra las drogas. Sólo en Estados Unidos ha habido casi 45 millones de arrestos en las últimas cinco décadas. En seis años hubo entre 60 y 100 mil muertos en México. Y, sin embargo, drogas como la marihuana siguen ahí. Casi desde cualquier punto de vista la despenalización y legalización resultan alternativas mucho menos costosas que la actual política prohibicionista.

* Doctorado en historia, Georgetown University

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