Símbolos y datos

por Bernardo Ibarrola *

Símbolo: Representación sensorialmente perceptible de una realidad, en virtud de rasgos que se asocian con ésta por una convención socialmente aceptada.

Dato: Antecedente necesario para llegar al conocimiento exacto de algo […]. Documento, testimonio, fundamento.

Diccionario de la RAE

El epílogo de las celebraciones calderonistas de los centenarios ocurrió el mes pasado y estuvo marcado, como sus episodios anteriores, por la torpeza, la opacidad y la confusión entre la generación de conocimiento histórico y la conmemoración del supuesto pasado común de la nación. Estas dos tareas, a pesar de tener el común denominador de la historia, suponen (o deberían suponer) procedimientos distintos, pues se ubican en campos epistemológicos totalmente diferentes.

Como se ha relatado en otras notas de este diario, Felipe Calderón decidió sacar del monumento a la independencia los huesos de los héroes de esta gesta “para que pueda el pueblo rendirles el mayor de los homenajes” y, de paso, para que fueran estudiados por especialistas. Con ello buscaba dar legitimidad científica a la veneración de unas reliquias, gesto exclusivamente simbólico. Ésta fue la confusión de base.

Desde el momento en que el objetivo simbólico (agradecer a unas personas muertas hace mucho tiempo por sus actos a través de la veneración de sus restos mortales) quedó entreverado con el objetivo científico (inventariar un conjunto de huesos, determinar su estado de conservación y “corroborar o desechar datos históricos”) la empresa quedó condenada al fracaso, tanto en el ámbito de simbólico como en el científico. El que mucho abarca…

La distancia entre el dato y el símbolo es bien conocida desde hace mucho tiempo. El pensamiento occidental moderno se basa, de hecho, en la separación entre las esferas de cada uno de éstos. Copérnico, Descartes y Newton, al llevar a extremos inéditos el rigor de los datos (y acaso crear con ello nuevas significaciones simbólicas, como podría explicarnos alguna vez Rafael Guevara Fefer), llegaron a conclusiones que contradecían sus propias concepciones del mundo y tuvieron que arreglárselas como pudieron para vivir con esas aparentes contradicciones.

Durante siglos, la iglesia católica, que conoce de sobra la frontera entre el dato y el símbolo, intentó imponer la validez fáctica y universal de sus concepciones del mundo. Cuando, luego de varios siglos, perdió la batalla contra las ideas de Galileo y Darwin, se decidió a “proteger” celosamente sus reliquias de los impíos científicos, pues sabía de antemano lo que podría pasar si se buscaba en sus objetos investidos de significaciones simbólicas constataciones fácticas de éstas: la astilla de la cruz de Cristo, venerada desde hace mil años en tal basílica, resultaría provenir de un árbol que sólo crece en el norte de Europa; el milagrosísimo peroné de tal otro santo habría sido en realidad parte del esqueleto de una cabrilla salvaje; el cordón umbilical del niño Jesús, principal reliquia de aquel monasterio, no sería sino una prosaica menudencia desecada de cerdo…

El "coloso" del bicentenario

El “coloso” del bicentenario

En cambio, el gobierno federal encabezado por Felipe Calderón nunca aceptó la naturaleza secular y no divina de su mandato y, en el tema de las conmemoraciones como en tantos otros, se fue haciendo bolas solito, como el queso de Oaxaca. El 15 de septiembre de 2010 dejó la celebración del bicentenario a cirqueros europeos y televisoras mexicanas y no supo cómo resolver el pueril problema de una estatua demasiado parecida a Benjamín Argumedo. Más de un año después, inauguró una de las obras públicas más absurdas del país (que ahora se usa para dar a conocer, urbi et orbi, mensajes de SMS) y, luego de pasearlos por Palacio Nacional y el castillo de Chapultepec, regresó al Ángel los huesos de los héroes de la independencia supuestamente venerados y supuestamente legitimados por la ciencia.

A la banalidad de la fiesta del 15 de septiembre se sumó la afrenta presupuestaria y conceptual de la Estela de luz y a éstas acaba de agregarse el penoso sainete de los huesos venerados y verificados. De este triste epílogo bicentenario hablaremos la próxima vez.

* Profesor de carrera, Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

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