por Luis Fernando Granados *

En una amplia nota aparecida ayer en Reforma, Silvia Isabel Gámez volvió a dar vida a las reliquias óseas de la columna de la Independencia. El propósito aparente del texto (que puede verse aquí) era dar cuenta de los descubrimientos que el equipo forense del INAH encargado del estudio de los huesos produjo poco después de que fueron removidos del Ángel e incorporados a la “magna” exposición del Palacio Nacional y que, por una razón que el texto no explica del todo, no había sido hecho público sino hasta ahora.

Los forenses del INAH. (Foto: Reforma.)
Los forenses del INAH. (Foto: Reforma.)

Básicamente, los hallazgos consisten en que los restos de Mariano Matamoros son en realidad los de una mujer, que Miguel Bravo tenía sífilis y José María Morelos padecía periodontitis, que Leona Vicario era anémica, que los huesos de Guadalupe Victoria son los de un hombre varios años más joven de los que tenía el primer presidente a la hora de su muerte, que Vicente Guerrero tenía un brazo chueco y que Víctor Rosales tenía osteomielitis. Lo más “escandaloso” del reporte, con todo, es que los antropólogos físicos encargados del estudio no pudieron identificar cabalmente los huesos de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y José Mariano Jiménez.

Ante semejantes revelaciones, no faltará quien se queje del poco respeto que la “patria” ha mostrado a sus fundadores, quien se anime a afirmar que Matamoros era efectivamente mujer (como hizo alguien en la página de Reforma) o, en fin, quien—como hizo Carmen Saucedo Zarco hace un par de años en un artículo publicado en el portal oficial del bicentenario (que puede leerse aquí)— vuelva a contarnos los avatares que sufrieron los huesos desde que el Congreso decidió reunirlos en la catedral de la ciudad de México en 1823. Es natural que así sea: el nacionalismo fetichista que domina la historiografía pública —o sea el modo en que se vive en la calle el conocimiento histórico— no puede reaccionar de otro modo ante la “desmitificación” de los sucesos y las verdades que constituyen el relato maestro de la historia nacional.

Me parece, por el contrario, que el “descubrimiento” de que el monumento a la Independencia es como un gigante con pies de barro constituye una extraordinaria oportunidad para advertir al menos un par de cosas acerca de la naturaleza de la historia. Por una parte, lo ridículo que resulta creer que los huesos de los “héroes que nos dieron patria” tienen algún valor en sí mismo. Si adoptáramos la lógica decimonónica que ha dominado la discusión a propósito de los huesos, no nos quedaría más que concluir que se trata de un fraude de proporciones épicas, una engañifa monumental, pues la mayor parte de los huesos no son de quien se supone que son.

Por otra parte, mejor todavía, la revelación de que las urnas del Ángel guardan huesos de mujeres, niños y una variedad asombrosa de personas que no le dieron patria a nadie, esqueletos casi completos y simples fragmentos (mandíbulas sin cabeza, fémures sin caderas), es un acto de justicia poética del pasado respecto de la historiografía, toda vez que muestra la distancia —mordaz, deliciosamente irónica— que separa al pasado de los relatos que dizque le dan sentido y lo eternizan. En efecto, esos huesos magros y variopintos son el pasado de verdad, el pasado realmente existente: un amacijo caótico, heterogéneo e irreductible de fragmentos incoherentes. Los relatos que buscan darle orden y sentido, las muchas y complejas operaciones intelectuales que afirman ser capaces de organizar, sistematizar y significar ese desmadre, son en cambio, efectivamente, meros cuentos, construcciones retóricas tan pretenciosas como anodinas —incluso si de ellos resultan en monumentos tan agraciados como el Ángel.

En una palabra, en el descubrimiento de los delirios del relato patriótico puede hallarse un modo de mostrar que el pasado y sus ruinas no dejan de burlarse de los sueños dogmáticos de los contadores de cuentos. Y quizá también, en consecuencia, que esos huesos son una invitación para pensar la historia de manera diferente: no como un relato moralizante sino como un problema epistemológico, y antes como un asunto de fragmentos y basura que como un monumento patriótico.

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