por Dalia Argüello *

Batopilas se encuentra en el fondo de la tercera barranca más honda de la sierra Tarahumara, en el estado de Chihuahua. Además de su riqueza mineral, explotada desde el siglo XVIII, este municipio es reconocido por haber tenido la primera planta hidroeléctrica del país y ser cuna del fundador del PAN, Manuel Gómez Morín. Actualmente, Batopilas es el municipio más pobre de Chihuahua; según datos del Coneval, el 91 por ciento de su población es pobre y el 55 por ciento vive en pobreza extrema, a pesar de estar en una zona con yacimientos de oro, plata, plomo, zinc y cobre. (Para más información, ver por ejemplo ésta nota de CNN México.)

Encanto comercializado
Encanto comercializado

El pasado 19 de octubre, Felipe Calderón declaró  a Batopilas pueblo mágico, con lo que se ubicó en el lugar 62 de los que existen en el país (desde 2001). Con el propósito de fomentar el turismo, desarrollar infraestructura y ampliar las inversiones, la Secretaría de Turismo nombra pueblos mágicos a aquellos lugares con “atributos simbólicos, leyendas, historia, hechos trascendentes, cotidianidad, en fin magia, que emana en cada una de sus manifestaciones socio-culturales” (sic).

Esta definición, que surge desde una perspectiva del turismo como actividad económica, refleja una visión superficial e ignorante del gobierno federal frente al patrimonio cultural tangible e intangible del país. Llama “atributos mágicos” a aquello que define a estos lugares, con lo que se les despoja de su historicidad y, por supuesto, se desestima la riqueza encarnada en las comunidades que han resguardado por siglos sistemas de valores basadas en la colectividad: creencias, saberes, tradiciones y lenguas que constituyen cosmovisiones únicas. Desde la perspectiva oficial, no es prioritario conservar la dignidad de los usos y costumbres y la identidades —y, por lo tanto, reconocer la diversidad cultural y étnica como elemento que define a este país.

Para que un pueblo mágico conserve este estatus es necesario que cumpla con ciertos requisitos, que tienen que ver con construir, mantener y mejorar la infraestructura turística, y fomentar el ordenamiento urbano, con la intención explícita de que México se convierta  en potencia en esta rama económica. Para el gobierno esto significa ingresos, pero para la población se traduce en una visión de futuro en la que su forma de vida, su entorno y sus recursos naturales son exhibidas como piezas de museo, como resabios de la historia o piezas exóticas que han resistido a la civilización, destinadas al disfrute de turistas… a cambio de la magnífica posibilidad de convertirse en recamarerxs, botones y meserxs.

A los gobiernos panistas no les ha importado que en Chihuaha más de 93 mil personas sean analfabetas o que casi 23 mil viviendas no tengan agua, luz y drenaje. Felipe Calderón empieza a cerrar su gobierno en Batopilas, declarando que se ha dedicado seis años a “aliviar el dolor evitable como el hambre, la enfermedad y la ignorancia”. Y así, mientras este programa destina millones de pesos al año en arreglar fachadas y empedrar calles, la discriminación hacia las comunidades indígenas y rurales sigue triunfal, hostil y excluyente, auspiciada por la ignorancia y la soberbia. La pobreza y la marginación se viven y nosotros, como historiadorxs, seguimos teniendo la responsabilidad de escribir y enseñar una historia en la que se escuchen todas las voces; una historia en la que logremos encontrarnos y reconocernos todxs.

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