por Carlos Betancourt Cid *

Acercarse a la investigación histórica no es tarea fácil. Entre la enormidad de acontecimientos que colman la panorámica de la vida humana, querer desentrañar algunos de ellos para buscarles esclarecimiento, para tratar de comprenderlos, nos conduce sin remedio a la reducción de las expectativas del historiador, y de todo aquel que quiera ahondar en tales menesteres. Además, conquistar la compenetración ineludible con los puntos de enfoque o tendencias de observación que se han implementado teóricamente para construir interpretaciones en torno a los episodios pretéritos, le otorga a nuestra disciplina la complejidad científica que va más allá de la simple explicación o relato de lo pasado.

Inmersa en este mar de problemáticas, se destaca con particular importancia la selección de las palabras y los conceptos que se aplican para confeccionar nuestros estudios, pues intentar conceder verosimilitud por escrito a las acciones de hombres ya desaparecidos, que desarrollaron sus actividades en tiempos distintos a los que vivimos en la actualidad, debe conminarnos a ser cuidadosos en extremo en cuanto a los términos que vertimos en el afán por redactar párrafos inteligibles sobre lo que pasó.

Así, aunque no debe descartarse el ser imaginativo y permanecer abierto a las posibilidades que abarca nuestra lengua, se hace indispensable concebir que sí existe una línea que divide la facultad innata de la expresión literaria del rigor científico al que deben aspirar las disertaciones que buscan generar la comprensión del pasado humano.

Exaltación congelada
Exaltación congelada

Entre los elementos léxicos que más confusión generan al acercarse a la historia (y a sus usos y abusos), se encuentra el término héroe. A través de su aplicación en manifestaciones de diversa índole que se interesan en los hechos consumados, se ha construido una suerte de mitología que confunde a quien no es especialista. Por un lado, se otorgan cualidades casi sobrehumanas a los protagonistas de los sucesos rescatados. Se les coloca en un pedestal y se trastocan en paradigmas de acciones y virtudes que parecen ser inalcanzables o que, para concretarse, requieren de los más grandes sacrificios.

Nada más alejado de la verdad. Hay que ser contundentes: los héroes no existen. Introducir este concepto en los trabajos emprendidos con seriedad sobre lo ocurrido, sólo los aleja de la puntualidad que debe pervivir en las interpretaciones históricas, principalmente las elaboradas desde la academia. Dejemos estas percepciones a los discursos políticos y a los escritores de ficción, y concentrémonos, los que somos historiadores profesionales, en aportar categorías de análisis que se hallen más cercanas a la realidad humana, pues los que nos antecedieron no fueron seres con capacidades extraordinarias, ni se diferencian en esencia de los hombres y mujeres que hoy estamos viviendo lo que será historia.

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