La necrolatría como estilo personal de conmemorar

por Bernardo Ibarrola *

Hace poco plantee en un foro una idea básica sobre la forma en que las dos administraciones federales encabezadas por el PAN discurrieron sobre el pasado de México: los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón no quisieron o no pudieron desarrollar un discurso histórico propio. Pero creo que, antes de desglosar y argumentar esta idea, es necesario reconocer un rasgo particularísimo del actual presidente, que explica la única originalidad de las conmemoraciones de carácter histórico que organizó el gobierno que encabeza: su gusto, su adoración por la muerte y la más evidente manifestación de ésta —los cadáveres.

Primero fue el “funeral de estado”  —el término mismo es una novedad en la jerga política mexicana— para su segundo secretario de gobernación, víctima de un accidente aéreo. En esa primera gran oportunidad, el presidente, además del consabido elogio, recitó para el cadáver de su amigo un largo pasaje del evangelio de san Mateo; mucho más pronto de lo que cualquiera hubiera supuesto, Calderón utilizó el mismo espacio para despedir a otro secretario de Gobernación, fallecido de la misma forma que el anterior: otro cadáver, otra ceremonia.

El colmo llegó hace pocos días, con el fallecimiento de Alonso Lujambio, el tercer integrante del gabinete de Calderón en perder la vida durante su sexenio. Víctima de una enfermedad incurable, el ex secretario de Educación Pública aceptó una candidatura plurinominal para el Senado. Extraño gesto que puede explicarse tanto como una deferencia para un moribundo, como la preparación, pre-mortem de otros funerales de estado, pero en un nuevo espacio. En efecto, la sala de sesiones de la flamante sede senatorial en el Paseo de la Reforma sirvió para homenajear los restos de un senador que lo fue durante menos de un mes.

Calderón con Lujambio

Calderón con Lujambio

Independientemente de la calidad humana que Lujambio, Juan Camilo Mouriño y Francisco Blake hayan podido tener, sus respectivos desempeños como servidores públicos no guardan proporción con la grandilocuencia y la elevación a ritual de estado de sus funerales. Nada justifica, tampoco, la velación en Palacio Nacional de los restos de Miguel de la Madrid, trato no dispensado a ningún otro ex presidente (ni siquiera a Lázaro Cárdenas, cuyo fallecimiento provocó sentimientos y reacciones mucho más allá de la elite política). Las muertes de los secretarios y del ex presidente fueron ritualizadas y convertidas en acto de estado simplemente por la voluntad de Calderón, quien, puesto a inventar tradiciones, ha optado claramente por los velorios.

Por eso no es de extrañar lo ocurrido con las conmemoraciones históricas. A las construcciones esperpénticas y onerosísimas se sumó la repetición huera de lugares comunes en los actos públicos (literalmente, “los héroes que nos dieron patria”) y, como ha señalado en este espacio Diana Barreto, los espectáculos televisivos transmitidos desde sitios públicos con la vaga justificación del aniversario. Todo esto más la marca del sexenio, el estilo personal de conmemorar del presidente: la veneración, la adoración de unos huesos humanos —lo que queda de los cadáveres— que el gobierno federal intentó convertir en reliquias nacionales, los restos de los héroes de la independencia, a los que se paseó por el castillo de Chapultepec y el Palacio Nacional, según el propio Calderón, “para que pueda el pueblo rendirles el mayor de los homenajes”.

¿Cómo se homenajea a alguien por medio de sus huesos? ¿Qué suponía el presidente que debía hacer “el pueblo” ante la calavera de Hidalgo? ¿Aplaudirle?, ¿encenderle una veladora?, ¿rezarle?, ¿cantar el himno nacional? Desinteresado o incapaz de cambiar los contenidos de la conmemoración —en el traído y llevado osario independentista no estaban los restos de Iturbide—, el presidente Calderón optó por la forma: adorar restos de cadáveres, aunque éstos hayan pertenecido a rebeldes y excomulgados.

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