Bitácora

Carta 9. Luis Fernando, el de la Veracruzana (II)

Amigas, amigos, compañeros y compañeras de Xalapa

Luis Fernando era una de esas pocas personas que nunca se interesó por quedar bien con los altos mandos o con aquellos que dicen ostentar el poder. Nunca buscó un beneficio personal, por el contrario, siempre abogó con claridad y pasión por aquellas personas que son ignoradas y su voz opacada. Su lucha contra las ideas rancias de un sistema que muchas veces daba más problemas de lo que aportaba fue tenaz, quizás la razón era su naturaleza misma. Ser rebelde y crítico le permitió cuestionar constantemente la manera en cómo la gente da por sentadas las cosas y trata de cambiar las reglas, procedimientos o ideas que él calificaba como obsoletas.

Lo anterior no agradó a muchos y le generó problemas en diversas ocasiones. Pero ni de cerca le preocupó, por el contrario, una vez que él estaba convencido, llegaba hasta las últimas consecuencias, aunque los resultados le fueran desfavorables. Así fue Luis Fernando, justo y ético en todo momento, congruente con su filosofía de vida, y dispuesto a asumir un alto precio por ejercer su espíritu libertario. Su integridad fue simplemente incuestionable y su congruencia envidiable.

Esto explica que nunca se detuvo ante las cuestiones administrativas y burocráticas y lograba allanar el camino dentro de la Universidad para implementar con gran éxito un seminario de investigación, un taller historiográfico o un congreso. Luis Fernando no dudaba tampoco a la hora de señalar, ante la Junta Académica y en las juntas de posgrados, lo que le parecía injusto, poco transparente, arbitrario o autoritario. Por correo o de viva voz, era el único miembro de la comunidad académica que, de manera sistemática, sin cansarse, sin miedo a las críticas abiertas y de pasillo, a las represalias y descalificaciones –las cuales no se dejaban esperar–, evidenciaba los abusos de poder, las malas prácticas, la falta de transparencia y las mentiras.

En el año 2016, cuando el gobernador Duarte se acababa de desmoronar y Miguel Ángel Yunes parecía ser, para muchos, una alternativa viable como gobernador e interlocutor de la UV, Luis Fernando fue el único que levantó la mano en un auditorio lleno de miembros y partidarios del movimiento “En defensa de la UV”, para preguntar “Pero ¿sí, se acuerdan bien de quién es Yunes y de lo que ha hecho?”. Sí, todos lo sabían ya en aquel momento, y los acontecimientos de los años siguientes hablan por sí mismos.

Las convicciones de Luis Fernando y su congruencia hacían de él un docente particular. Incentivaba al análisis y la crítica en sus estudiantes, creaba un ambiente cómodo para ellos. Dentro del aula –así como afuera– no existían los títulos ni las formalidades alumno-profesor, no había “Dr.” ni “usted”, él era simplemente Luis… Y para algunos estudiantes esto era difícil de procesar porque, después de escucharlo hablar por primera vez, parecía una insolencia tutear a una persona tan brillante. Su lenguaje formal mezclado con palabras como “chido” y “la cosa” demostraban que más allá de su sabiduría, siempre fue auténticamente sencillo, lejos de la arrogancia y la presunción.

A diferencia de la mayoría de los profesores que convierten sus clases en un monólogo, Luis Fernando se distinguía por su disposición a escuchar. Cualquier opinión o idea, por más sencilla, obvia o rara que fuera, la atendía con total atención; su objetivo era la discusión, la retroalimentación, el debate. Cuando dialogaba se acomodaba los lentes, movía ambas manos, pausaba y escogía las palabras adecuadas para argumentar. Estimulaba tan bien el diálogo, y terminábamos con tantas ideas en la cabeza incitadas por él, que lo primero que uno esperaba era llegar con alguien más a hablar de todo lo que habíamos abordado en clase, y claro, leer con ansias el siguiente texto para aplicar todas las visiones y enfoques que implícitamente nos había instruido.

Como docente, otra de las preocupaciones más evidentes que externó fue el poco apoyo que tienen los alumnos en su formación académica. Para dar solución a este problema, construyó, junto con un puñado de profesores, espacios de reflexión y discusión entre estudiantes – de licenciatura, maestría y doctorado-, docentes e investigadores. Fomentó en los alumnos el desarrollo de una voz propia crítica. A pesar de ganarse la enemistad de algunas figuras de poder, era un profesor muy apreciado dentro de la comunidad estudiantil, entre otras cosas, por buscar contrarrestar esa educación jerárquica que muchas veces imposibilitaba el diálogo horizontal dentro de la comunidad científica.

Los testimonios de sus estudiantes reflejan también el compromiso que tenía como director y asesor de tesis: su disponibilidad y apertura para revisar los textos, las discusiones sobre las dudas, sobre la pertinencia de desarrollar o no ciertas ideas, los comentarios a veces ásperos y directos –pero justificados– durante las sesiones de avances de investigación y las correcciones puntuales de los textos realizadas con la obsesión del excelente corrector de estilo profesional que fue. Todo esto demuestra el interés genuino que tenía hacia la formación de los alumnos.

Te agradecemos Luis Fernando por tu estancia en Xalapa, tan significativa para nosotros. La ternura de tu mirada al escucharnos debatir con entusiasmo sobre los temas que nos interesan a cada uno, aparece en cada rinconcito de esta ciudad en los que ahora te buscamos todos. Gracias por recordarnos que no hay que normalizar la violencia institucional y el silencio obligado, que debemos actuar por mantener nuestra dignidad como comunidad estudiantil universitaria.

Gracias por señalarnos lo que realmente importa en la academia: la pasión por los temas que trabajamos, los proyectos colectivos, la vida colegiada, las convivencias que siguen a las reuniones académicas, en las cuales se dan muchas veces los debates más ricos. Gracias por haber sido compañero de fiesta, de conciertos en Tlaqná, de caminatas con lecturas de paisajes y hartas discusiones, por compartir tu gusto por el vino fuera y dentro de los seminarios ETC -hasta la época de la prohibición-, por abrir tu casa de la calle Corona en algunas ocasiones memorables. Gracias por ser tú y ofrecernos la oportunidad de compartir tu visión de la vida. Te queremos.

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