Memoria y política

Vergüenza

Pedro Salmerón Sanginés

En mayo de 1911, las fuerzas de la dictadura porfirista estaban rebasadas en casi todo el país. El día 4 de ese mes, la ciudad de Gómez Palacio cayó en manos de los maderistas: los federales se replegaron a Torreón, que quedó sitiada el día 12. Luego de tres días de recios combates, los defensores, menos de mil, evacuaron Torreón silenciosamente. Esa noche la pasaron en Gómez Palacio los jefes maderistas: Emilio Madero, Jesús Agustín Castro, Orestes Pereyra, Sixto Ugalde y Gregorio García. Acampados frente a Torreón, con sus hombres, sólo estaban algunos jefes secundarios, como Benjamín Argumedo.

En cuanto supieron que los federales habían huido, algunos de los soldados revolucionarios menos disciplinados empezaron a entrar en grupos poco numerosos a la ciudad de Torreón. Antes de que amaneciera, unos 400 rebeldes, unidos a los habitantes más pobres, notoriamente bebidos (lo primero que hicieron los rebeldes fue liberar a los presos y acometer cuantos depósitos de bebidas espirituosas había en la ciudad), le pegaron fuego a la jefatura política y a la cárcel pública y saquearon las principales casas comerciales, prendieron grandes fogatas en las calles y las plazas… y empezaron a matar cuanto chino se cruzase en su camino.

En esas circunstancias, Benjamín Argumedo entró a la ciudad con cincuenta hombres, y sin hacer nada para detener el saqueo, preguntó a los vecinos por las azoteas desde las que se había disparado a los rebeldes en los días anteriores (el día 13, fueron las caballerías de Argumedo las más audaces, rebasando la alameda y entrando a las calles de la ciudad, y su ataque fue rechazado por los francotiradores apostados en las azoteas de los principales edificios, causándoles gran mortandad). Al señalársele el Banco Wah-Yick (o “banco chino”, donde estaban también las oficinas de la Asociación Reformista del Imperio Chino, partidaria de Sun Yat-sen, conocida como “club chino”) como eje de esa defensa, Argumedo ordenó a sus hombres saquear el edificio y matar a quienes estuvieran en él. De ahí, los soldados se siguieron al contiguo Puerto de Shangai, almacén de ultramarinos y telas finas, y la matanza de chinos, que había empezado como algo casual, se volvió sistemática. Argumedo se instaló en un lujoso hotel del centro y dejó que sus soldados hicieran lo que les viniera en gana.

Los chinos se habían ganado el odio de las clases bajas de la Comarca por razones difíciles de precisar, entre las que destaca un primitivo repudio a lo “extraño”, a lo “incomprensible”. La colonia china de Torreón estaba formada por unas 600 personas, con una elite pequeña pero muy visible. Finalmente, los agravios que los pobres de La Laguna guardaban contra los extranjeros (los hacendados eran “gachupines”, “gringos” los administradores y capataces de las minas y el ferrocarril, “turcos” y “chales” los pequeños comerciantes que encarecían sus productos en los años malos) se tradujeron en la venganza contra la colonia extranjera más vulnerable. Ya entrada la mañana, Orestes Pereyra y Emilio Madero pudieron poner fin a los desmanes.

Estos lamentables hechos resultaron de la transpolación y concentración de los agravios de los sectores más humildes de La Laguna en un sector fácilmente identificable y muy vulnerable. A los chinos de Torreón los mató el pueblo; los asesinos fueron los humildes, los olvidados. Sus iras se volcaron contra los chinos, tan distintos aparentemente. En 1912 la colonia china de Torreón era un recuerdo: los sobrevivientes habían huido. No quedaba banco ni club ni lavanderías ni almacenes ni restaurantes chinos. La gente, interrogada por el juez Antonio Ramos Pedrueza, señaló a los culpables. Los jefes subalternos, a quienes tan fácilmente se podía acusar, como Benjamín Argumedo y Sabino Flores, culparon al pueblo de Torreón. “Nadie castigó a unos ni a otros: fue una Fuenteovejuna que mató al igual y perdonó al tirano”, dice Juan Puig, autor del mejor estudio de la colonia china de Torreón y la matanza subsiguiente: Entre el río Perla y el río Nazas: La China decimonónica y sus braceros emigrantes, la colonia china de Torreón y la matanza de 1911 (México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1992).

Sí, da vergüenza. Sí, debemos disculparnos.

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