Ciencia y tecnología

Ciencia de cuarta

Jorge Biol. [Después de publicada, el autor de esta nota decidió cambiar su firma.]

Con la llegada al poder del grupo político de Andrés Manuel López Obrador y la designación de María Elena Álvarez-Bullya como cabeza del Conacyt se estableció un nuevo discurso que supuestamente orientará las directrices del gobierno. Los ejes de este discurso son, principalmente, el nacionalismo (un desarrollo orientado al beneficio de los mexicanos, por encima de los intereses de extranjeros), el combate a la corrupción, la austeridad y una administración eficiente del erario. La comunidad científica, que depende del tesoro público, de inmediato sintió en peligro sus intereses y ha tratado de ejercer presión política desde que se propuso la austeridad económica.

Los primeros amagues de cambio llegaron con el plan de rediseño del Conacyt. En el nuevo enfoque se buscaría privilegiar aquellas líneas de investigación relacionadas con problemas sociales. La idea es generar una articulación entre los productores del conocimiento científico y las necesidades y programas de la nación. Este plan fue muy mal calificado por la comunidad académica, sobre todo algunos miembros del Sistema Nacional de Investigadores, que acusaron al gobierno de reprimir la libertad de investigación y violentar la sacrosanta autonomía universitaria.

Aún antes de que hubiera reducciones presupuestales significativas, o que los nuevos criterios entraran en vigor, varios investigadores (la mayoría titulares de plazas universitarias y beneficiarios de los estímulos del SNI) quisieron levantar protestas. Antonio Lazcano Araujo —un académico conocido por su afición a tener la atención mediática— organizó una campaña en contra de las políticas de austeridad, usando el trillado discurso de la importancia de las ciencias básicas para el impulso del país. Esencialmente, la solicitud general de esos científicos no era distinta a la de cualquier sector de la burocracia: más dinero sin restricciones acerca de su uso.

El buen funcionamiento de las plataformas de investigación del país no es una prioridad gubernamental. Pero tampoco lo son las necesidades sociales ni la agenda nacional para la comunidad científica. Aunque ha habido esfuerzos, aislados y de éxito relativo, para utilizar la ciencia en beneficio de la población, estos casos no son tantos como para afirmar que la investigación científica es un componente funcional del desarrollo de México. ¿Qué es lo que hace falta? La respuesta fácil es que se necesita más inversión. Pero, ¿qué repercusiones reales podemos esperar sobre el desarrollo nacional al invertir en ciencia? ¿Tendrá algún efecto el solo incremento de los montos destinados a las instituciones científicas? Si bien es necesario un estudio amplio y multidisciplinario para responder a estar preguntas, en este texto buscaré presentar una mirada sobre el estado de algunas de las deficiencias del sistema de producción científica en México que impiden mejoras cualitativas, aun si hubiera incrementos en los fondos concedidos desde el estado.

  1. Razones para ser felices

Un grupo numeroso de adolescentes se reúne en la sala de conferencias, y juegan distraídos mientras el maestro de ceremonias lee el nutrido currículum del iluminado intelectual que pronto hará su aparición. La figura de Ruy Pérez Tamayo se levanta animada por el aplauso generalizado y lleno de admiración. Desde la cátedra, y con el humor y carisma que le acompañan, pronuncia su discurso, basado sobre uno de los textos de ciencia fantástica más nocivos de las letras hispánicas: Diez razones para ser científico, de su propia autoría (México: Fondo de Cultura Económica, 2013). Relata ahí su vida magnífica y alega que quien siga una carrera en la academia científica va a “estar siempre bien contento”, gozará de libertad laboral e intelectual y además se convertirá en una persona que usa el raciocinio de forma superior al promedio (cosa que para él significa adoptar el positivismo y el empirismo como herramientas definitivas para discernir cualquier cosa). Finalmente, advierte que “la ciencia no es, como profesión, un camino para ganar mucho dinero, o adquirir mucho poder social o político” —advertencia bastante curiosa cuando él pertenece al pequeño grupo de académicos cuyos ingresos personales están por encima de los 300 mil pesos al mes (como se dice aquí). Pérez Tamayo ha tenido varios puestos políticos importantes dentro de distintas entidades académicas y es una de las voces más influyentes de la comunidad científica. Con estos antecedentes, intenta convencer a los jóvenes que están por elegir carrera a entrar al mundo de la ciencia universitaria.

Fuera de la ciencia ficción, la carrera científica no parece una buena apuesta para la juventud. Los egresados de los programas de ciencias naturales, por lo menos en las últimas dos décadas, se encuentran con una oferta laboral escasa o casi inexistente. La mayoría estudia posgrados en espera de obtener, algún día, los méritos que les den la oportunidad de ocupar un puesto de planta en la academia (meta que, por la disponibilidad de plazas y los mecanismos políticos que intervienen en su distribución, es poco probable que consigan) y mientras tanto reciben alguna beca como paliativo. En este trayecto, que puede tomar un gran número de años, persisten en sus esperanzas, expuestos a la sombra de un sistema académico que funciona hundido, impasible y condescendiente a su crisis moral (característica de la ciencia industrializada moderna, no solo en México). Cuando se incorporan a centros de investigación, se encuentran con jerarquías y lineas de trabajo bien establecidas, donde no queda mucho espacio para las nuevas propuestas o el posicionamiento laboral. Flotan en el empleo precarizado, en una situación engañosa, entre estancias en el extranjero y asistencias a congresos internacionales, pero viviendo en la inestabilidad en todos los aspectos de su vida. Constituyen la mano de obra fuerte con la que se echa a andar la investigación universitaria, ante la exigencia de producción continua de publicaciones, necesaria para mantener la economía del laboratorio y el estatus académico de los investigadores-tutores. Sin embargo, son trabajadores desechables que son reemplazados generación tras generación por nuevas oleadas de egresados de las carreras de ciencias. Buscando la manera de permanecer dentro de la maquinaria científica, los alumnos-trabajadores tratan de complacer a sus jefes-tutores, llegando a veces a ceder autorías y atender solicitudes sexuales, con tal de ir formando un capital político que pueda ayudarles. Tal vez haya quien, como dice Ruy Pérez Tamayo, pueda “estar siempre bien contento” en esta situación, pero dentro del estudiantado obrero no es rara la depresión y el suicidio (que incluso ha sucedido en las instalaciones de los laboratorios).

Éstas son acusaciones delicadas. Desafortunadamente, no dispongo de la evidencia documental para sustentarlas, pues no existen investigaciones al respecto. Las situaciones que describo provienen de mi experiencia de haber trabajado en laboratorios de investigación y de testimonios de personas de la comunidad científica que he conocido de primera mano. Si aquí las declaro, es porque estoy seguro que cuando se hagan las búsquedas necesarias se van a revelar estos aspectos tan decepcionantes de nuestras instituciones científicas.

  1. Arquímides y el cisne pretencioso

En el libro de álgebra básica de Baldor se cuenta la leyenda de que Arquímedes, con sus conocimientos científicos, combatió un ataque contra Siracusa. No luchó usando una espada, sino que utilizó unos espejos gigantes con los que condensó la luz del sol en las velas de los barcos enemigos y provocó su incendio. Esta anécdota es usada en el libro como un motivador para que los alumnos dediquen tiempo al estudio del álgebra y tratar de reducir la tradicional aversión de los alumnos a las matemáticas. Plutarco cuenta cómo el rey Herión adoptó económicamente a Arquímedes, y éste se convirtió en una pieza política importante, al idear diferentes métodos y artefactos para la defensa de su ciudad. Ésta es una de las referencias más antiguas de la influencia que pueden tener la ciencia en las políticas de estado y de las ventajas que pueden sobrevenir de esta articulación.

¿Por qué la ciencia requiere financiamiento? ¿Cómo podría justificarse? La ciencia en México se alimenta principalmente del dinero del estado. Esto significa que su sustento material no proviene de un flujo comercial. Si no fuera de esta forma, la ciencia tendría que buscar sus recursos a través de la venta de mercancías. Aunque esto parece un hecho obvio, la academia científica actúa como si lo ignorase. Acostumbrados a la dinámica de sólo recibir dinero, y manejarse de la manera en que les plazca (porque así lo permite la autonomía universitaria), los científicos no generan dinero por medio de la creación de bienes o servicios sino que, en cada ejercicio administrativo, el dinero “aparece” mágicamente en sus arcas —proveído por el gobierno. Por tanto, si requieren más presupuesto, la exigencia al estado es la única forma en la que suelen obtenerlo. La universidad, que trabaja con una autonomía peculiar propia de la burocracia, tiene independencia administrativa pero no está obligada a generar sus propios recursos. Es una forma de sustento económico muy contradictoria: la academia solamente recibe pero su “proveedor” no puede tener voz ni voto en la forma en que será usado el dinero, ni eso lo hace acreedor a algún tipo de servicio por parte de la universidad.

El interés del gobierno sobre las universidades consiste en dos puntos: educar a la población y darle forma a la buena imagen del estado, ya que, aunque sean instituciones autónomas, las universidades ponen en evidencia el interés del gobierno en la educación de los más necesitados para que estos a su vez tengan acceso a las credenciales académicas necesarias para aspirar a un empleo. Dentro de estas funciones, la investigación científica es sólo un accesorio, que igualmente adorna el discurso político que justifica la existencia de la universidad. Cada ejercicio electoral, los candidatos enfatizan la importancia de la investigación científica, pero una vez posicionados no hacen gran cosa por apoyarla.

Los investigadores piden dinero. Alegan que ese dinero es la base de su manutención. Es un capital con el que van a obtener mercancías. Parece que, después de todo, sí entienden claramente que el dinero es representante de un valor comercial, y para que este flujo se lleve a cabo es necesaria la existencia de una mercancía (ya sea un objeto físico o un servicio). Sin embargo, el investigador no recibe su sueldo a cambio de una mercancía en concreto. Se supone que la mercancía con la que el científico comercia es un conocimiento. El problema es saber cuánto vale ese conocimiento y en función de qué se le asigna un valor. Hay dos maneras de abordar la remuneración. Una es darla como una beca, sólo por el hecho de tener a un científico trabajando, justificado por las premisas de siempre (manteniendo al científico como un adorno del reino): “más ciencia es mejor”, “cualquier acumulación de conocimiento es buena”, “un país con ciencia es un país más fuerte”, y demás frases que se han escuchado una y otra vez. El otro fundamento es proveer una cuota económica considerando la actividad científica como productora de bienes comerciales.

Una mercancía puede ser valorada tomando en cuenta varios aspectos: 1) el tiempo y los recursos empleados en producirla, 2) el valor subjetivo, es decir el aprecio que la sociedad tenga por ésta, y 3) los movimientos del mercado, regidos por las circunstancias particulares de la mercancía, y que modulan la oferta y la demanda. Los productos científicos están fuertemente influidos en su valor comercial por los puntos 2 y 3. Incluso con la perspectiva anterior (donde se mantiene a un científico por mero adorno), el valor por apreciación social tiene una presencia fuerte, con lo que quizá la actividad científica deja de ser una mercancía ni siquiera en ese caso. Simplemente, la mercancía científica está altamente fetichizada.

Tomando en cuenta estos factores, podemos declarar que no toda la investigación científica es igualmente valiosa. Tal vez se le pueda asignar un tipo de valor no comercial, pero esto no viene al caso al momento de justificar la exigencia de la comunidad científica de un mayor presupuesto e incluso no justifica su permanencia en el entramado económico gubernamental. La correspondencia es directa: si quieres dinero, debes ofrecer algo con valor comercial. No estoy afirmando que el conocimiento del mundo natural no tiene un valor por fuera del valor comercial, o que los bienes no comercializables (como los bienes culturales) no tienen un valor. Lo que argumento es que, precisamente, si estás haciendo una negociación que implica un capital monetario, debes comprender que estás en el ámbito de lo comercial y que la cantidad que represente el valor de lo que negocies está sujeta a los mismos factores que valúan cualquier mercancía.

Aquí es donde es pertinente hablar de uno de los puntos más débiles de la fundamentación que presenta la comunidad científica cuando llega la hora de exigir dinero por parte del estado: la del valor de la ciencia por la ciencia misma. En su versión más laxa, la llamada “ciencia básica” es concebida como la acumulación de conocimientos que no dan muestras de tener algún uso en primera instancia, pero se postulan como posiblemente útiles en algún momento. ¿Cómo se sabe eso? Es sólo una especulación, basada en el potencial que se asume o se presume. Así, se pretende que se pague dinero real a cambio de una ilusión, una promesa que no ofrece garantías de ser cumplida. ¿Acaso esos científicos que nos venden promesas aceptarían como pago un pagaré cobrable cuando esas expectativas se hayan hecho efectivas, para cuando su “ciencia básica” sea útil? Esa ciencia de ilusiones es como el cisne pretencioso de la fábula de Tomás de Iriarte, que presumía de un canto extraordinario, al cual se le debía rendir admiración pero que nadie escuchó alguna vez.

También dicen los científicos que el gobierno debe invertir en ciencia como una forma de mantener un valor cultural, que puede proveer satisfacciones no materiales (casi espirituales) a los seres humanos. Es un argumento algo extraño, pues por lo menos entre los académicos de ciencias naturales con más peso político domina una perspectiva casi exclusivamente materialista-positivista del mundo. Si mantuvieran su congruencia, no deberían usar este argumento. Pero, una vez más, el burócrata es capaz de abrazar la ideología que más se acomode para mantener sus privilegios. Por otro lado, ¿qué ganamos con que el científico la pase muy bien espiritualmente si se desentiende de la comunidad y se enfoca a relatar sus experiencias en revistas especializadas que casi nadie va a leer? Para justificarse, los científicos tendrían que popularizar sus investigaciones para que el publico en general las disfrute. Entonces se produciría una mercancía en forma de servicio sujeto a comercio. Si el comercio les parece un concepto y directriz que “pervierte” la pureza de sus nobles y desinteresados esfuerzos en la búsqueda heroica del conocimiento, si el valor de la ciencia por la ciencia misma les es tan relevante, ¿por qué no le satisface ese valor y se conforman con el éxtasis de tal santidad? Dicen que porque también necesitan comer. Pero para comer, tienes que entregar a la sociedad un objeto de intercambio, que por alguna razón sea deseable o necesario; o sea, ofrecer una mercancía.

La comunidad científica tiene que decidirse entre seguir el camino de Arquímedes o seguir como el cisne pretencioso que vende ilusiones y va caminando con su plumaje inmaculado mientras todos a su alrededor tienen la obligación de alimentarlo, pues nos hace el grandísimo favor de estar entre nosotros, que esperamos en primera fila escuchar algún día su hermoso canto.

  1. Dinero en autonomía

La autonomía constituye el pilar del poder de las academias universitarias. Inicialmente, la autonomía se pensó para garantizar la libertad en los programas y métodos de estudio, así como en la toma de decisiones de cualquier índole, sin intervención de intereses externos, gubernamentales incluidos. Sin embargo, se ha utilizado para actuar con autoritarismo, fundar un sistema de clases y privilegios, actuar con ilegalidad y encubrir delitos. Dentro de la autonomía, los recursos financieros son administrados a voluntad de la institución sin que nadie lo pueda cuestionar ni impedir.

Las universidades, como principales centros de investigación del país, ofrecen este entorno para que se invierta con la finalidad de que crezca la ciencia. ¿Cuánto dinero es suficiente? Tomemos el ejemplo de la UNAM, por ser la máxima casa de estudios, y además porque contamos con un dato sencillo, pero documentado, que revela varios aspectos: el 75 por ciento del dinero asignado a la UNAM se usa para pagar sueldos y prestaciones. Se ha insistido mucho en la preocupación de una eventual reducción al presupuesto universitario; en la aplicación de una política de austeridad. Se dice que el porcentaje del PIB destinado por México a la educación no es el adecuado, etcétera. ¿Una administración que gasta el 75 por ciento de su dinero en pagar empleados es viable para que la sociedad asigne presupuestos adecuados a la investigación científica? A primera vista, da la impresión de que la universidad está pagando sueldos en montos insalubres. Lo peor es que la mayoría de ese 75 por ciento se destina a los pagos de un pequeño grupo, donde se encuentra incluida la mafia de la ciencia de la que ha hablado AMLO y que tanto ofendió… pero es que Julia Tagüeña, Adolfo Martínez Palomo y Antonio Lazcano, cuando se quejan de que los académicos son vistos como mandarines (mención aparte merece el autoritarismo e impunidad con la que suelen actuar muchos de ellos), no toman en cuenta la inequidad de los sueldos de la UNAM y las diferencias radicales entre los distintos empleados universitarios, está bien documentada registrada. Como sea, si el gobierno aumentara el presupuesto de la UNAM en un millón de pesos, el dinero destinado a la investigación científica sería aumentado en apenas 250 mil pesos; es decir, se pagarían 750 mil pesos para hacer llegar la pequeña fracción antes mencionada, como un tipo de cuota interna.

Las esferas del poder de la UNAM, incluso con todo y su declarada preocupación en el desarrollo científico, difícilmente van a modificar esas proporciones administrativas para perder la oportunidad de designar más dinero a salarios y prestaciones, en pos de favorecer un aumento al dinero que llega a los proyectos de investigación y a las demás funciones de la universidad. Irónicamente, en medio de las protestas contra AMLO y la política de austeridad (pensada para provocar un replanteamiento en la administración interna de los recursos económicos de las universidades), la UNAM anunció un aumento del 3.4 por ciento en los sueldos académicos para este año.

Esta forma de administrarse pone en evidencia las prioridades de la UNAM y quienes son los dueños de la universidad. ¿Es sólo el gobierno el único al que no le interesa el progreso científico y educativo? ¿Depende sólo de él aumentar los recursos económicos de la UNAM para que todo mejore? Es cierto que para compensar estos desbalances se ha echado mano de dinero proveniente del Conacyt en sus diferentes formatos, de manera que esta institución se ha convertido en indispensable para el quehacer científico. Pero el Conacyt no debería funcionar como el sustento principal, sino como un complemento que potencialice los alcances económicos de las investigaciones. Si siguen las malas administraciones, el Conacyt nunca podrá ser efectivo.

  1. Ciencia perfecta

En la Inglaterra de 1821 hubo un aficionado a las ciencias que tuvo la oportunidad de manosear experimentos en los laboratorios, a cambio de trabajar como ayudante general. Este aficionado tenía la idea de demostrar la asociación de la fuerza magnética con el flujo eléctrico, fenómenos que en esa época se consideraban separados. Sin becas, fideicomisos, patrocinadores ni estímulos económicos al desempeño, mucho menos plaza universitaria o título académico, el aficionado montó un dispositivo que más tarde sería conocido como el “experimento del siglo”. Se trataba de un alambre colgante en contacto con una cuba de mercurio con un imán en el centro. Al encender el aparato se generaba una corriente en el cable y el cable giraba alrededor del imán dentro de la cuba por efecto del campo magnético generado. No solamente fue una prueba experimental; también fue un salto teórico. Este pequeño dispositivo trazó el principio del diseño de todos los motores eléctricos creados hasta el día de hoy; aún más, también fue la clave para los generadores de energía eléctrica. Está de más hablar de las consecuencias de esta investigación en el desarrollo industrial y en la formación de la civilización moderna. Además, es una de las muestras de que es posible conjuntar la investigación en ciencias básicas con aplicaciones que tengan repercusiones en el desarrollo económico. El asistente de laboratorio que construyó el proyecto, encuadernador de oficio, se llamaba Michael Faraday.

Quizá es demasiado exigir a nuestros académicos del Sistema Nacional de Investigadores, altamente capacitados, con posiciones seguras de por vida y buenos salarios, la búsqueda de una calidad científica y una filosofía de trabajo utilizando como referencia a Faraday. Es normal su temor a la demanda de crear ciencia básica que vea más allá de la mera acumulación de publicaciones y créditos. Su carrera por la opulencia es en sumo demandante como para que puedan seguir los pasos de un lacayo de laboratorio.

2 comments on “Ciencia de cuarta

  1. Soy el autor del texto. Pedí se realizaran estas correcciones a la edición. En vista que no se han realizado, hago notarlas.

    Fe de erratas:

    En el primer párrafo:

    “Los ejes de este discurso son, principalmente el nacionalismo (un desarrollo orientado al beneficio de los mexicanos, por…”

    Debe llevar “ : “ después de “principalmente”.

    La corrección mayor está en esta parte, sección 3, segundo párrafo

    “Lo peor es que la mayoría de ese 75 por ciento se destina a los pagos de un pequeño grupo, donde se encuentra incluida la mafia de la ciencia de la que ha hablado AMLO y que tanto ofendió… pero es que Julia Tagüeña, Adolfo Martínez Palomo y Antonio Lazcano, cuando se quejan de que los académicos son vistos como mandarines (mención aparte merece el autoritarismo e impunidad con la que suelen actuar muchos de ellos), no toman en cuenta la inequidad de los sueldos de la UNAM y las diferencias radicales entre los distintos empleados universitarios, está bien documentada registrada. Como sea, si el gobierno aumentara el presupuesto de la UNAM en un millón de pesos, el dinero destinado a la investigación científica sería aumentado en apenas 250 mil pesos; es decir, se pagarían 750 mil pesos para hacer llegar la pequeña fracción antes mencionada, como un tipo de cuota interna.”

    Debe ser así:

    “Lo más grave es que la mayoría, de ese 75 por ciento, se destina a los pagos de un pequeño grupo, donde se encuentra incluida la mafia de la ciencia, (como lo llamó AMLO, una mención con la cual se ofendieron los aludidos) y es lo que Antonio Lazcano(9) no toma en cuenta cuando se queja de que los académicos son vistos como mandarines (mención aparte merece el autoritarismo e impunidad con la que suelen actuar muchos de ellos). Ya han existido protestas al respecto, y está registrada la inequidad de los sueldos entre el cuerpo de empleados de la UNAM, y las diferencias radicales entre los distintos escalafones(10)(11).

    Regresando al tema del presupuesto que llega directamente a la ciencia, si el gobierno designara, por ejemplo, un aumento de un millón de pesos a la UNAM, el presupuesto a la investigación científica sería aumentado en menos de 250,000 pesos. Es decir, como un tipo de cuota interna, se pagarían más de 750,000 pesos para hacer llegar la pequeña fracción antes mencionada. ”

    Al incicio del tercer párrafo:

    “Las esferas del poder la UNAM, incluso…”

    Debe decir:

    “Las esferas del poder de la UNAM, incluso…”

    Secciòn 2, párrafo 4:

    “Los investigadores piden dinero. Alegan que ese dinero es la base de su manutención. Es dinero con el que van a obtener mercancías. Parece que, después de todo, sí entienden claramente que el dinero es representante de un valor comercial,…”

    Cambio a:

    “Los investigadores piden dinero. Alegan que ese dinero es la base de su manutención. Es un capital con el que van a obtener mercancías. Parece que, después de todo, sí entienden claramente que la moneda es representante de un valor comercial,”

    Secciòn 2, párrafo 8:

    “Por otro lado, ¿qué ganamos con que el científico la pase muy bien espiritualmente si se desentiende de la comunidad y se enfoca a relatar sus autosatisfacciones en revistas especializadas que casi nadie va a leer?”

    Cambia a:

    “Por otro lado, ¿qué ganamos con que el científico la pase muy bien espiritualmente si se desentiende de la comunidad y se enfoca a relatar sus experiencias en revistas especializadas que casi nadie va a leer? “

    Luego:

    “Si el comercio les parece un concepto y directriz que “ensucia” o “pervierte” la pureza de sus nobles y desinteresados esfuerzos”

    Cambia a:

    “Si el comercio les parece un concepto y directriz que “pervierte” la pureza de sus nobles y desinteresados esfuerzos …”

    Sección 3 , párrafo 1:

    “Dentro de la autonomía, el dinero es administrado a voluntad de la institución sin que nadie lo pueda cuestionar ni impedir.”

    Cambio a:

    “Dentro de la autonomía, los recursos financieros son administrados a voluntad de la institución, sin que nadie lo pueda cuestionar ni impedir.”

    Secciòn 1:

    “Finalmente, advierte que “la ciencia no es, como profesión, un camino para ganar mucho dinero, o adquirir mucho poder social o político” —advertencia bastante curiosa cuando él pertenece al pequeño grupo de académicos cuyos …”

    Cambia a:

    “Finalmente, advierte que “la ciencia no es, como profesión, un camino para ganar mucho dinero, o adquirir mucho poder social o político” —advertencia bastante confusa cuando él pertenece al pequeño grupo de académicos con poder cuyos … “

    Pedí que el textose publicara con pseudónimo, lo cual no se cumplió.

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  2. No entiendo por qué no se hicieron las correcciones que pedía el autor. Los editores debieron atender la petición. Aunque por otro lado, publicar bajo pseudónimo no es honesto.

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