Conquista y cambio

Rodrigo Llanes

Hace unas semanas, el 13 de agosto, fue el aniversario de la caída de Mexico-Tenochtitlan —fecha histórica que cambió el rumbo y destino de los mexicanos. A propósito, Pedro Salmerón hizo en Facebook una pregunta abierta: “Cuauhtémoc-Cortés. Pienso (hipótesis) que en lugar de elegir el mito de la heroica derrota y el malvado conquistador ajeno a nosotros, se pudo construir un mito fundacional doblemente épico, basado en una heroica resistencia y en una audaz aventura… Elegir ambas como raíces de dolorosa construcción, entendiendo su carácter mítico: ¿cuántos de ustedes creen descender de los mexica?, ¿por qué se nos construyó la idea: los mexicanos descendemos de los mexica?”

Comencemos por plantear que una de las incógnitas en el corazón de los mexicas fue si sus dioses los abandonaron o los castigaron con esa derrota irreparable. Si bien Cuauhtémoc fue el tlatoani que tuvo la deshonra de rendir el imperio, la figura de Moctezuma II es la más relevante en este proceso histórico. ¿Tenemos indicios de la opinión de los dioses respecto de la conducta del gobernante? Si, en el libro XII de la obra de Sahagún. La crónica nos narra cómo el tlatoani, temeroso ante la presencia de los extranjeros en los confines de Anahuac, envió a sus mensajeros, quienes toparon con “cierto borracho [que] tropezó con ellos en el camino. […] Estaba como borracho, se fingía ebrio, simulaba ser un beodo. […] Y no hizo más que lanzarse hacia los mexicanos y les dijo: ¿Por qué, por vuestro motivo venís vosotros acá?, ¿Qué es lo que hacer procura Motecuhzoma? ¿Es que aún no ha recobrado el seso? ¿Es que ahora es un infeliz miedoso? Ha cometido errores: ha llevado allá lejos a sus vasallos, han destruido a las personas. Unos con otros se golpean; unos con otros se amortajan. […] ¿Por qué en vano habéis venido a pararos aquí? Ya México no existirá jamás! ¡Con esto, se le acabó para siempre! […] No era un cualquier ese… ¡ése era el joven Tezcatlipoca! (dijieron los enviados).” Y luego reflexionaron: “los principales […] ya no le hacían caso, sino estaban airados, ya no le tenían acatamiento, ya no estaban de su parte. Ya no era obedecido.”

Tezcatlipoca, el dios que todo lo da y todo lo quita, señalaba por boca del borracho el paulatino desprestigio del gobierno que no hizo sino debilitar sus alianzas y generar división y encono entre los suyos hasta enfilarse a la derrota como destino fatal.

Las crisis en las clases dominante siempre se parecen. Casi quinientos años después, el 1 de julio del 2018, vimos al presidente Peña Nieto y a su gobierno derrotado en la contienda electoral por haber cometido errores graves durante su gestión. ¿Tezcatlipoca abandona a esos políticos? ¿Los castiga por ello? ¿Es la deidad fiel al sentir profundo del pueblo y quien pone en jaque a los malos gobernos? Parecería que los dioses de nuestro cosmos permiten excesos y abusos, pero hasta cierto límite. Después son implacables con los descarriados, quienes terminan de carroña para el siguiente gobierno. Los ejemplos sobran.

Donn P. Crane imagina la muerte de Moctezuma

¿Heróica defensa, heróica resistencia? ¿Cómo fue la derrota de los mexicas? Imaginemos la estampa con la narración de Cortés: “hallamos las calles por donde íbamos llenas de mujeres y niños y otra gente miserable, que se morían de hambre, y salían traspasados y flacos, que era la mayor lástima del mundo verlos, y yo mandé a nuestros amigos que no les hiciesen daño alguno.” La fuente indígena lo cuenta de manera desgarradora: “¿Qué es lo poquito que yo tengo? De mi fardo, del hueco de mi manto, por donde quiera cogen: me lo van quitando. Se hizo, se acabó el habitante de este pueblo. ¡Es bastante! ¡Salgámos! ¡Vamos a comer hierbas! Y cuando tal cosa oyeron, luego empezó la huída general.”

Para ese momento crítico, sólo un pequeño reducto de mexicas alrededor de Cuauhtémoc se resistía a entregarse. El resto se fue presentando a Cortés, el cual —según lo cuenta Bernal— los recibió “con semblante alegre, y mandóles dar luego de comer y beber, en lo cual mostraron bien el deseo y necesidad que de ello tenían”. Para dar punto final a esta situación mandó a Cuauhtémoc “algunas cosas de refresco que le llevasen para comer”, esperando su rendición. Finalmente lo prendieron y el martes 13 de agosto, día de San Hipólito, cesó la guerra.

¿Qué reflexionaban los mexicas en esos momentos aciagos? ¿Cómo explicaban su derrota? Finaliza la crónica indígena: “acaso es disposición de Huitzilopochtli de que ya nada suceda. ¿Acaso excusas de él tenéis que ver por vosotros?” Pues el dios había sido derrotado junto con ellos. Caos y tristeza ante el fin de una era. Comenzaría una nueva era, una nueva historia.

En la comprensión de la conquista, existe la vieja posición nacionalista que nos hizo creer que la nación mexicana (es decir, “todos nosotros”) fue conquistada por la nación española, y que más tarde recuperamos nuestra independencia. ¿Por que nos sigue convenciendo esta visión? Quizá porque la conquista española tuvo el poder de someter al hambre lo mismo al tlatoani Cuauhtémoc, quien en condiciones normales debía comer todos los días en un banquete con 300 platos, que a los más humildes de la gran Mexico-Tenochtitlan. De ahí nuestra confusión ideológica: creemos en un pueblo derrotado y casi nunca pensamos en una elite debilitada por sus propios excesos y derrotada por españoles y sus aliados indígenas.

¿Audaz aventura? La conquista fue una empresa exitosa, que sobrevivió a muchas vicisitudes y que supo articular todos los factores que confluían en el proceso. Hubo vencidos y vencedores y después de ella continuó habiendo favorecidos y desfavorecidos, como seguramente seguirán existiendo siempre. Se trató de una apuesta, porque no fue una guerra asegurada por anticipado como las hacen siempre las naciones ricas y poderosas. Fueron jóvenes migrantes sin un futuro en la España del siglo XVI, parecidos a los muchos que migran hoy en día a otros países en busca de oportunidades. Y claro que sucede que esos vigorosos escapistas no siempre son gentes preparadas, que reaccionan de la forma más civilizada ante cualquier situación. La vida es así.

Lo que suele suceder en la confluencia de este tipo de factores históricos es que las personas que han participado de en proceso no siempre saben adaptarse al nuevo escenario. El rostro obscuro de esos conquistadores transformados posteriormente en encomenderos y que pintó Diego Rivera en los murales de Palacio Nacional se ha descontextualizado y exagerado. Creo que esas imágenes son más influyentes en el inconsciente colectivo que los textos de investigación de muchos historiadores. Todos los mexicanos hemos introyectado las imágenes de esos murales para narrar la historia de nuestro país. Muchas de ellas ilustran los libros de historia de México y pervive la creencia de que “fuimos conquistados”.

Desde la independencia hasta la pintura de los murales mencionados, nuestra nación buscaba ejemplificar su origen único. Si nos independizamos de la monarquía española era porque podíamos garantizar que teníamos un pasado prehispánico que nos daba una identidad propia. Luego entonces mexica igual a mexicano. Es paradójico: nuestra identidad histórica está fundamentada en un proceso historiográfico desarrollado deliberadamente para suprimir lo español, a pesar de que somos herederos de dos complejas civilizaciones que nos constituyen culturalmente. Pero esa herencia no nos explica como un país con dominio propio. Porque en realidad nuestra nación independiente es producto de la labor política, económica y social de los mexicanos del siglo XIX. En ello no tiene nada que ver el dominio mexica o el dominio español de tiempos de la conquista.

Nuestra nación no “recuperó” su soberanía con la independencia. Nuestra nación nació ejerciendo una soberanía independiente de la monarquía española en el momento en que la gobernaba un francés. Honremos nuestro pasado y reconozcamos en esos hombres decimonónicos a los autores de nuestro proyecto de nación. Todos los problemas y contradicciones que tenemos como país se han planteado desde entonces, aunque algunos tengan un origen milenario.

¿Cómo contar los hechos de la conquista como mito fundacional de lo mexicano? ¿Cómo podemos resolver la narración de estos hechos para entender nuestro presente? Eso dependerá de nuestro propio ideal de dominio, de lo que queremos que sea nuestro presente.

En lo personal, creo que un dominio que favorece las influencias fecundas que vienen de otros pueblos como parte importante de la construcción de la realidad dejará un legado histórico más significativo que el de cualquier otro momento. La condición de cruce entre culturas de nuestra tierra debe de plantear que el dominio no puede olvidarse del poder creativo de esas influencias y que necesitan un contexto propicio para poder fecundar. Lo español enriqueció así nuestra diversidad.

Es lo opuesto al proyecto de dominio actual. A nuestros gobernantes les gusta creer que debe haber una realidad formal y macroeconómica impecable, que toda la gente debe aplaudir e incorporarse felizmente a ella. Pero, ojo, “aquí entras sin desorden, sin influencias, sin imaginación”, el presente y el futuro están planificados y sin opción a cambios ni riesgos. Se ha llegado incluso a un tipo de conceptos de negocios como el llamado riesgo país o riesgo de inversión. ¿Se imaginan a Cortés revisando el riesgo de inversión de la empresa de conquista de la Nueva España hecho por un asesor antes de pagar la armada en Cuba? No lo hizo y no le fue nada mal. Me gustaría ver hoy en día a los políticos y a los empresarios del mundo asumir ese tipo de riesgos para crear una nueva realidad.

¿Queremos una cuarta transformación? Invoquemos el poder del caos que rompe las viejas estructuras, que el mito de la conquista nos otorgue la potencia del cambio. En las aguas del lago flota Cipactli. El agua salitrosa se tiñe de rojo por la sangre derramada de los mexicas. El guerrero valiente entrega su fuerza en sacrificio. La espada de metal afilado se hunde en su pecho y las gotas preciosas brotan del yólotl hasta alcanzar la tierra y escurrirse hasta el agua donde una vez brotó el nopal del corazón de Copil. El guerrero honra y alimenta así a su dios Huitzilopochtli, que emerge por el horizonte con la fuerza para iluminar el día. Bajo el manto cálido y luminoso del dios se encuentran hombres y mujeres que ya no se reconocen, que hurgan en su memoria en busca de su ser. “¿Ha quedado algo de mí? ¿En dónde ha quedado mi corazón?” El Cipactli apenas se mueve, no agita sus manos, no alza la cabeza, no menea su cola. Y esos hombres y mujeres convertidos en los dioses del cambio, en medio del agua ensangrentada, se esfuerzan por elevar con vigor las fauces del animal y de enterrar su cola en la región de los muertos. La bestia regresa a la vida; de su boca salen las estrellas y los cielos, en el calor de su vientre queda la tierra fértil del maíz y su cauda penetra en la profunididad del misterio.

Se ha logrado: el poder de ollin arremolina las aguas hasta consumar el cambio. Volverán las lluvias, regresará el calor, los nuevos tiempos encontrarán su cauce. Agua y fuego continuarán su lucha. La serpiente emplumada se eleva por los cielos, brilla como el lucero de la mañana. “He regresado, aquí estoy”, nos dice a los mexicanos. “Si una vez les enseñé el secreto de la semilla de maíz que germina y crece en la milpa, si robé el fuego para que ustedes comieran tamal y tortillas, ahora regreso para otorgarles el poder de mudar las cosas, de transformarlas. Que su corazón no dude del camino, de su hacer, de su confianza en el porvenir. El sacrificio se ha consumado. El vaso de los corazones sangrantes se ha rebosado. El sol se encuentra en el firmamento. Ninguna muerte ha sido en vano. El rostro vuestro no será nunca más el mismo, la sangre del extranjero ahora es parte de vuestra sangre. Y nunca olviden el poder que yace en esta tierra y que todo lo destruye. Pues para construir el porvenir la vieja casa debe caer.

Es tiempo de perder el miedo al cambio. Sólo el caos es capaz de gestar una nueva realidad. Las cosas caen y se levantan. Y a pesar de todo, “En tanto que permanezca el mundo, no acabará la fama y la gloria de Mexico Tenochtitlan.”

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