La ruta de López Obrador

Callarnos no nos construye; en realidad nos anula. ¿Qué hacemos entonces en un país de silencios, en lo individual y en lo colectivo? La respuesta está en el lugar que ocupamos en la escena discursiva, donde nuestra oralidad nos da una voz que puede y debe ser escuchada:
Sylvia Ávila Hernández

por Wilphen Vázquez Ruiz

Al igual que la naturaleza, las sociedades no dejan de transformarse y, de vez en vez, nos permiten ser testigos e incluso partícipes de sucesos que pueden rebasar lo inmediato. Éste es uno de esos momentos: 2018 quedará grabado en nuestra memoria como el año en que, por vez primera, un candidato de izquierda obtuvo el triunfo en una elección presidencial, y junto con él una pléyade por demás variada de candidatos a otros cargos. Esto refleja el hartazgo de una sociedad que, consciente o inconscientemente, ha visto en los candidatos elegidos la posibilidad de un cambio o, mejor dicho, cambios de los que la sociedad mexicana está tan sedienta.

Ahora, más allá del gusto que este triunfo electoral representa, no debemos olvidar el camino a través del cual hemos llegado a él, ni mucho menos los análisis y críticas, siempre constructivas, que están lejos de terminar. Nos toca contribuir a la formación de un tejido social que rebase el júbilo y el impulso de los siguientes seis años. Obligados estamos, entonces, a traer a la memoria parte de la historia que nos ha conducido hasta este punto.

Hablar ampliamente de las luchas que los grupos de izquierda en México han sostenido es algo que escapa a la extensión de este texto y a mis propias capacidades. Por ello centraré este comentario en recordar que, mucho antes del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en esta elección, un sinnúmero de mujeres y hombres buscaron por diversas vías transformar algunas de las estructuras del país. Ya fuera a través de movimientos sociales o guerrilleros, en las ciudades o en el medio rural, la respuesta del que hasta hace unas décadas fue el partido hegemónico fue implacable. Sería hasta finales de la década de los ochenta del siglo pasado cuando una serie de factores coincidieron para que esa izquierda mexicana lograra aglutinarse, aunque fuera brevemente, en torno de Cauhtémoc Cárdenas, en tres elecciones presidenciales: 1988, 1994 y 2000. De las tres, sin duda, la primera de ellas fue la que mayor sorpresa provocó a propios y extraños.

El resultado de aquella contienda, por demás ajena a muchos de quienes votaron por primera vez en esta elección por López Obrador, sólo pudo ser contenido mediante un fraude burdo, escandaloso y sangriento. Más allá de ese fraude, lo que no debemos olvidar es que, sin duda, esa fue la mejor ocasión en la segunda mitad del siglo XX, la mejor de las oportunidades con las que llegamos a contar para que se lograra la conformación de un tejido social que rebasara lo meramente coyuntural. Si Cuauhtémoc Cárdenas estuvo o no a la altura de las circunstancias en 1988 es una consideración que cada uno de nosotros tendrá que meditar. Personalmente, considero que Cárdenas fue, sin lugar a dudas, una figura política importante; no obstante, ello se debía más al arrastre que provocaba su apellido que a sus capacidades como político, que lo alejaron mucho de ser un “individuo de época”. Parafraseando a un estimado colega, coincido en que el candidato del Frente Democrático Nacional debió ser más gallardo y obligar al régimen, que ya comenzaba a mostrar los signos de su propio agotamiento, a una redefinición de la política económica y social, la cual terminó de afianzarse con Carlos Salinas de Gortari. Por supuesto, ello no le habría llevado a la silla presidencial ni habría evitado la toma de posesión de Salinas, pero no me cabe duda de que algo más pudo haber conseguido. ¿Cuál fue su respuesta? “Váyanse a sus casas”.

Si revisamos uno de los libros escritos por el otrora candidato del FDN —agrupación que más adelante daría pie a la conformación del Partido de la Revolución Democrática—, fue el temor al derramamiento de sangre lo que lo llevó a aceptar que nada podía hacerse en ese momento. Quizá deberíamos preguntarle si el asesinato de cientos de perredistas en varios estados del sureste del país no fueron parte de la sangre cuyo derramamiento trató de evitar, así como el hundimiento en la miseria de millones de connacionales. Ahora, debemos reconocer que sin Cárdenas y sin los personajes que lo apoyaron en las elecciones de 1994, 1997 y 2000, la llamada “transición democrática”, que se logró con el triunfo de ese lenguaraz que tiene por nombre Vicente Fox, tampoco hubiera sido posible. Sin embargo, haciendo a un lado el papel de todos los candidatos, no debemos olvidar el fracaso que nuevamente tuvimos como sociedad por desperdiciar la oportunidad que nos ofreció el triunfo electoral del candidato del Partido Acción Nacional. Y es aquí cuando la aparición de López Obrador comenzó a tomar la relevancia que le llevaría a la victoria electoral recién obtenida.

Lo mismo que Cárdenas en su momento, López Obrador se convirtió no sólo en el líder natural de la izquierda, sino también en la principal figura dentro del PRD, al cual controló lo más que pudo. Proveniente también de las filas del Partido Revolucionario Institucional, en el pasado López Obrador se había enfrentado en más de una ocasión a los mecanismos que dentro de su partido le impidieron ser candidato a la gubernatura de su estado natal: Tabasco. Conviene añadir que analistas como Sergio Agüayo o Lorenzo Meyer han señalado cómo, a cambio de la candidatura, a López Obrador se le ofreció un puesto relacionado con el control del erario estatal, el cual rechazó. De igual forma, si se revisa la biografía del tabasqueño, puede verse que, a diferencia de Cárdenas, López Obrador sí participó personal y activamente en diversos movimientos, a través de los cuales buscó la defensa de grupos vulnerables en Tabasco. Pero López Obrador no puede negar la esencia que caracteriza a todo político: la búsqueda del poder. Pero, a diferencia de muchos otros, en su caso no puede negarse que, a través del poder, lo que ha buscado es transformar a la sociedad.

Pasado el fraude de 1988, López Obrador se incorporó a las filas del PRD y contendió por la gubernatura de su estado y, lo mismo que a Cárdenas en la elección presidencial de 1988, la victoria le fue arrebata (por Roberto Madrazo) por medio de un fraude que contempló gastos de campaña que, según algunos, superaron incluso a los erogados en las campañas presidenciales de Estados Unidos en 1993. Mas esta derrota estuvo lejos de minar el fuelle del tabasqueño, quien lograría, para 2000, y en un proceso interno que no dejó de presentar serias discusiones dentro del PRD, la candidatura para jefe de gobierno del Distrito Federal, misma que obtuvo en una campaña sumamente competida. Éste —me parece— habría de ser el punto de quiebre en su carrera política. Como parte de su gestión, López Obrador consolidaría la instauración, aun tímidamente, de una serie de programas sociales que, aunque perfectibles, tuvieron una importancia sólo desconocida por quienes, sin ser ciegos ni sordos, no quisieron ver ni escuchar su valor simbólico. Esto, aunado a otras de sus acciones como jefe de gobierno del Distrito Federal, lo facultaría para contender por la presidencia en 2006, y para poner a prueba al propio sistema político a nivel nacional.

Cárdenas, López Obrador y otros en la campaña para jefe de gobierno del Distrito Federal. (Foto: Lucía Godínez.)

La contienda electoral estuvo por demás manchada. Los grupos contrarios a López Obrador decidieron unirse y pararlo a como diera lugar. Y lo consiguieron. Para muchos de nosotros, no cabe duda de que, en esa elección, volvió a presentarse un fraude aberrante; pero lo que la mayoría suele evitar es un análisis de las equivocaciones del candidato de las izquierdas en la última recta del proceso electoral y sus innegables fallas tras la toma de posesión de Calderón Hinojosa como presidente electo. Destacamos dos: la farsa de la “presidencia legítima” y el plantón en el paseo de la Reforma.

De la “presidencia legítima”, en realidad, hay poco qué decir. Su “toma de protesta”, si bien logró afianzar su voto duro, le restó respaldo entre un segmento importante de la población que había votado por él o que podría haberlo hecho un sexenio después. En cuanto al plantón en Reforma, éste es un caso mucho más interesante. Si bien algunos de sus allegados más cercanos le advirtieron lo inconveniente de tal decisión, ésta nos mostró que, como sociedad, podíamos ir mucho más allá de aquel desolador “Váyanse a sus casas”. Por supuesto, las condiciones eran otras, pero, al final, ésa fue una muestra de que el tejido social podía terminar de formarse e, inclusive, sobrepasar al caudillo en turno; pero los frutos más claros de esa decisión tendrían que esperar hasta 2018.

Como parte de este último proceso electoral, López Obrador, sin duda, aprendió de sus errores pasados, incluyendo aquellos de 2012. Evitó las confrontaciones directas, los insultos y rabietas que, en más de una ocasión, observamos quienes asistimos a las concentraciones por él convocadas. Con una madurez y sagacidad política más avanzadas, López Obrador decidió romper con lo que alguna vez fue una alternativa real en el espectro político, el PRD y crear uno propio: Morena. Quizá éste haya sido su mayor acierto: como parte de los aprendizajes de López Obrador, éste se atuvo a la suma de cuantos pudieran y quisieran ser agregados.

Sin importar la historia, las fallas y corruptelas de los recién incorporados, el solo hecho de ingresar al movimiento podría purificarlos. Sobre esto, Lorenzo Meyer señaló recientemente que un político debe aprender a sumar; antes que él, Octavio Rodríguez Araujo mostró que, a diferencia de Cárdenas, López Obrador era un político más proclive a la suma y a la negociación. Este último analista también apuntó que si AMLO hubiera aceptado negociar con Elba Esther Gordillo, el apoyo de ésta probablemente lo habría llevado a ganar en 2006, lo cual no habría impedido que, más adelante, no pudiera sacudirse a la ex lideresa del sindicato más poderoso de América Latina. El resultado, sin embargo, ya lo conocemos.

Así entonces, el ahora virtual presidente electo, por quien muchos votamos, se enfrenta a un reto descomunal, pues, más allá de los aciertos y errores que pueda cometer durante su sexenio, detrás de él están los Bejarano, Padierna, Bartlett, Monreal, Gordillo, Cuevas, Ebrard, Blanco, Sansores, Romo y Escandón, por sólo mencionar algunos cuantos de los “purificados” al más alto nivel, sin mencionar a los miles de representantes de menor talla que ya se habían sumado a la coalición triunfadora.

Un respetado intelectual miembro de este Observatorio de Historia señaló que de nosotros (la sociedad civil) dependía que el PRI no conservara el poder a nivel federal, y acertó. Retomo sus palabras para recordar que depende de nosotros que ese tejido social se robustezca y sea capaz de sobrepasar al propio López Obrador, toda vez que nos encontramos ante una oportunidad sin precedentes en nuestra historia política y social. De ahí la importancia de espacios como éste: en un país de silencios, no alzar la voz para hacernos oír, no confrontar las distintas verdades, no sólo echará por tierra esta magnífica oportunidad que tanto ha tardado en fraguarse, conduciéndonos con ello no sólo a otro fracaso como sociedad, sino también al olvido de nuestra historia reciente.

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