Finaliza septiembre. Es hora de decirte lo difícil que ha sido no morir.

Roque Dalton

por Paola Pacheco Ruiz

De 7.1 fue la magnitud del terremoto que cimbró varios estados de la república mexicana —qué extraño suena escribir la palabra república en estos tiempos, pero qué necesario—. El sismo también incluyó a la Ciudad de México, precisamente en un 19 de septiembre, 32 años después del de 1985. La coincidencia de esa fecha que no se olvidará reivindica la sentencia que André Bretón hizo acerca de estas tierras en su breve paso por ellas: México es la nación surreal.

A los pocos minutos de que terminó el terremoto —y aquí cabe la pregunta de si éste se agota exclusivamente en el momento en que termina el movimiento de las placas o si la duración no puede desligarse de las emociones y acciones humanas posteriores inmediatas— la gente buscaba desesperadamente respuestas de sus familiares y conocidos para saber si estaban bien. Para muchos, esa respuesta tardó horas en llegar debido al colapso de las comunicaciones, así como por la falta de luz eléctrica en varias colonias. La calma también se derrumbó incluso para quienes lograron recibir alguna foto o entrar a las redes sociales y ver numerosos videos e imágenes de explosiones y edificios derrumbados. Comenzó entonces el caos en la capital del país.

Las postales de otra emergencia —que pareciera ser la extensión de una antigua y que es nacional— y la catástrofe comenzaron a revelarse: calles y avenidas repletas de autos avanzando en desorden, edificios con cristales rotos, restauranteros cerrando sus puertas a la clientela, rostros pintados de miedo y angustia, gente caminando de prisa rumbo al metro, estaciones de ecobici vacías, gente intentando hablar desde los teléfonos públicos que cada vez son más escasos, sirenas de ambulancias pidiendo con su sonido se les abriera paso urgentemente, edificios derrumbados, edificios a punto de caer. Esperanza por nacer.

México —país atravesado de norte a sur por la violencia, el racismo, el clasismo y el despojo— tuvo como reacción una pronta, casi instantánea avalancha de solidaridad que instaló el “salven a quien pueda” en vez del “sálvese quien pueda”. Nació entonces la solidaridad, esa que se da horizontalmente entre iguales y se diferencia de la filantropía y la caridad, que son siempre tan verticales y llevan la carga ideológica de la división de clases. Esa horizontalidad que tumbó, aunque haya sido brevemente, el modo de autoridad piramidal, inundó los alrededores de los edificios derrumbados, así como las calles y avenidas que conducían a los lugares más lejanos para dejar víveres, palas, cobijas, cascos, herramientas y puños esperando a levantarse para convocar silencio entre las ruinas y encontrar, rescatar vidas. Porque cada vida es un universo.

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El ímpetu, la necedad y necesidad de rescatar vidas humanas, luego cuerpos, pareció una réplica singular de aquello que han venido haciendo dolorosamente desde hace años, madres, padres y familiares de personas desaparecidas en el país (como Las Buscadoras, por dar solo un ejemplo, entre muchos, de la lucha colectiva que se funda en la dignidad humana de conocer la verdad y la justicia). Pero también se hizo latente una dimensión de alteridad que exacerbó justamente esa condición de vulnerabilidad post terremoto: el otro es otro-yo. Yo entre los escombros, yo entre la lista de personas no localizadas.

Diarios nacionales e internacionales pusieron en el centro de su contenido la imagen de un México solidario que estaba dando una lección al mundo. La lección no consistió solamente en la solidaridad en sí misma, sino en el momento en que surgió, pues de lo único que se hablaba del país era de los miles de muertos, personas desaparecidas y feminicidios, como días antes se atestiguó con la marcha para exigir justicia por el feminicidio de Mara Castillo en Puebla. La lección fue ver cómo una sociedad desintegrada, desorientada y desalentada, se volcó a apoyar, a buscar, a abrazar. Fue como si por fin tuviéramos en nuestras manos la posibilidad de hacer algo por nuestra cuenta, tocar la esperanza al ver los resultados, sin esperar a que el gobierno hiciera lo suyo porque normalmente no lo hace o es el gran ausente. Treinta y dos después del terremoto de 1985 sucedió una réplica social que Carlos Monsiváis supo definir bien: la solidaridad de la población en realidad fue toma de poder.

Y hay que decirlo: fue la juventud la que tomó el poder. Fueron los chairos, los chacas, los nacos, las feminazis, los ayotzinapos, las fresas, los hípsters, las lesbianas, los trans, los prietos, las güeritas…la generación llamada milllenial. Fueron ellos y ellas quienes comenzaron a organizarse, a desplegar repertorios de acción colectiva a través del instinto de supervivencia, pero también dejando constancia de que el #yosoy132 y Ayotzinapa no son solo palabras sino lecciones sociales difíciles y a la vez esperanzadoras que fueron la base sobre la que se reactivó, y amplió, la red solidaria después del terremoto.

Sin embargo, el tiempo de la solidaridad no fue continuo y homogéneo, por sus paredes se tamizó la resistencia, pero también la rapiña, el despojo, la desconfianza justificada hacia el gobierno y la disputa por la concentración de poder. Eso que pasa cuando se abren las grandes coyunturas. El conflicto y la denuncia no se olvidaron, se pausaron o se confrontó a los actores relacionados —como pasó por momentos con el ejército— debido a las formas y los cómo para recuperar vidas entre los escombros. En la administración de la justicia y de la muerte, hay vidas que merecen ser lloradas y otras que no. Hay vidas que urgen más que otras. Cuerpos que sí importan. Así pasó con la vida de Candelaria Tovilla: mujer, madre, indígena y trabajadora del hogar. Incluso después de su muerte volvió a recaer sobre su cuerpo el racismo, la violencia de género y el clasismo. La fatalidad que cubrió a Candelaria, se repetiría en varias decenas de mujeres más. Pasados los días, se confirmó lo que varias intuíamos: en la Ciudad de México la cifra de mujeres muertas durante el sismo duplica a la de hombres.

Otro 19 de septiembre en el que crujió la tierra mexicana y nacieron grietas profundas. Grietas que nos mostraron algo que no queríamos ver justo después del terremoto pero que ya estaban aguardando ahí para salir con fuerza: desde la solidaridad y la resistencia, hasta la corrupción, el despojo y la mentira. Sigamos, pues, levantando el puño a diario con la certeza de que encontraremos más puños levantados, todos buscando mundos de vida en este país que por momentos parece estar hecho de escombros.

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