por Pedro Salmerón Sanginés

A las siete de la mañana del 19 de junio de 1867 los generales don Miguel Miramón, don Tomás Mejía, y el archiduque de Austria Fernando Maximiliano de Habsburgo, fueron pasados por las armas conforme a los mandatos de la ley:
Mariano Escobedo.

I.

Los fusilamientos del cerro de las Campanas, ejecutados hoy hace 150 años, marcaron el final de la gran revolución liberal iniciada en 1854 y también el final de la epopeya en la que México conquistó definitivamente su soberanía, derrotando al invasor extranjero y sus aliados internos. Es cierto que faltaba un breve epílogo: la ocupación de la capital de la república, último reducto de los imperialistas, y con ella aquel manifiesto de Benito Juárez que dice en su parte central:

El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes, tanto más sagrados cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad […].
Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

Pero eso fue el epílogo. El punto final, simbólico y real, fue el fusilamiento de Maximiliano. El príncipe fue aprehendido el 15 de mayo, cuando la penúltima ciudad que estaba en manos de sus partidarios fue ocupada por los 25 mil soldados de la república que mandaba el general Mariano Escobedo. Un solo fusilamiento siguió a la ocupación de Querétaro (y uno más a la posterior de la ciudad de México). El resto de la plana mayor del imperio sería indultada, algunos luego de un año de cárcel… salvo, por órdenes del presidente, Maximiliano, Miramón y Mejía, quienes fueron juzgados de acuerdo con la ley del 25 de enero de 1862, que condenaba a muerte a quienes prestaran ayuda al invasor extranjero. Por acuerdo del presidente Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada redactó la orden, suscrita por el secretario de Guerra, Ignacio Mejía:

Antes de dictar ninguna resolución acerca de los presos, el gobierno ha querido deliberar con la calma y el detenimiento que corresponden a la gravedad de las circunstancias. Ha puesto a un lado los sentimientos que pudiera inspirar una guerra prolongada, deseando sólo escuchar la voz de sus altos deberes para con el pueblo mexicano. Ha pensado no sólo en la justicia con que se pudieran aplicar las leyes, sino en la necesidad que haya de aplicarlas. Ha meditado hasta qué grado pueden llegar la clemencia y la magnanimidad, y qué límite no permiten traspasar la justicia y la estrecha necesidad de asegurar la paz, resguardar los intereses legítimos y afianzar los derechos y el porvenir de la república.

México se había afianzado, seguía la argumentación, dándose una constitución y un gobierno; los vencidos apelaron al extranjero y volvieron acompañados de un ejército invasor que interrumpió el renacimiento del orden y la paz. Y seguía: “El archiduque Maximiliano de Habsburgo se prestó a ser el principal instrumento de esa obra de iniquidad que ha afligido a la república por cinco años con toda clase de crímenes y con todo género de calamidades.”

Se especificaban “los hechos notorios” de su conducta: fue el instrumento voluntario de una intervención extranjera y atrajo filibusteros de naciones que no estaban en guerra con la república, como Austria y Bélgica; intentó subvertir para siempre las instituciones políticas y la forma de gobierno que libremente se había dado la nación; dispuso, sin más títulos que la violencia y la fuerza, del poder supremo, de las vidas, los derechos y los bienes de los mexicanos; promulgó un decreto “para asesinar a los mexicanos que defendían […] la independencia y las instituciones de su patria”; hizo que se perpetraran numerosas ejecuciones con base en ese “bárbaro decreto”; ordenó que sus soldados o los del invasor arrasaran pueblos y comarcas enteras en todo el territorio mexicano; etcétera.

Frente a numerosas presiones para que perdonara la vida del príncipe, el presidente Juárez escribió:

El gobierno, que ha dado numerosas pruebas de sus principios humanitarios y de sus sentimientos de generosidad, tiene también la obligación de considerar, según las circunstancias de los casos, lo que puedan exigir los principios de justicia y los deberes para con el pueblo mexicano.

Condenados a muerte, Maximiliano, Miramón y Mejía fueron ejecutados en el cerro de las Campanas. Frente al pelotón de fusilamiento se comportaron con valor y dignidad. Al fusilar al príncipe, conquistó la república el derecho indiscutible de llamarse nación. Nunca más potencia alguna pondría en tela de juicio la soberanía ni la integridad territorial de México. Nunca más se discutiría el lugar de México en el concierto de las naciones.

El cerro de las Campanas, el 19 de junio de 1867.

II.

Podría argumentar una y otra vez sobre la importancia simbólica del acontecimiento. Podría detenerme en las tonterías que se han escrito sobre una supuesta prestidigitación que ante 4 mil testigos del fusilamiento habría escamoteado el cuerpo del archiduque para después hacerlo morir en El Salvador con el nombre de Justo Armas, según el supuesto descabellado y conspiranoico de que los “masones” no se matan entre ellos. Podría recordar el encono de los falsificadores de la historia contra Juárez y lo que ese odio y esa hiel significan hoy, como ideólogos que son del régimen neoliberal que a veces se disfraza de PRI y otras veces de PAN: la derecha ultramontana odia a Juárez por principio y los “historiadores” del neoliberalismo son cada vez más cercano a ellos —véase aquí.

Pero hoy quiero señalar dos cosas: aunque sé que hasta en Ucrania y Rusia hay neonazis y que el irracionalismo histórico está bien presente en el mundo entero, nunca deja de extrañarme la fascinación que tantos mexicanos sienten por ese príncipe extranjero bobito, inconstante e incapaz que llegó a México montado en las bayonetas de un ejército invasor y que quedó sitiado en Querétaro sin posibilidad alguna menos de dos meses de que ese ejército invasor terminara de irse. No quieren aceptar que el ejército francés fue vencido por la república. Lo explico, con base en las instrucciones de Napoleón II al jefe del ejército francés en México, Achille Bazaine, en el capítulo 44 de mi libro Juárez, la rebelión interminable (que puede descargare aquí).

Es posible también que esos nostálgicos del imperio ignoren los declarados propósitos de la intervención francesa: en las instrucciones enviadas por Napoleón II a su agente militar en 1862, se explica con claridad que Francia deseaba controlar militarmente el golfo de México y las Antillas, así como los posibles pasos interoceánicos (Tehuantepec, Nicaragua y Panamá) y explotar las riquezas de México y las Antillas en beneficio de la industria francesa. Se trataba claramente de extender a América el imperio francés mediante la imposición de un protectorado o semi-colonia en donde reinaría el príncipe austriaco vinculado y obligado con Francia.

Y es increíble la idealización del principito bobalicón e inconstante, incapaz y frívolo. Así, hablan una y otra vez de la Junta de Clases Menesterosas, cuyo presupuesto era una fracción mínima de lo que gastaba la corte en los boatos de la Orden de Guadalupe y tonterías semejantes. Se ha reprochado a Napoleón III haberlo abandonado, cuando, en realidad, lo sostuvo más allá de sus compromisos firmados en Miramar. Se han reprochado la inconstancia de sus partidarios cuando en realidad, el grupúsculo que lo trajo luchó con él hasta la muerte. Y sólo la ceguera total impide ver una realidad: tan pronto se fue el ejército invasor, el pretendido imperio quedó confinado, en poco más de un mes, a tres ciudades en que quedaron encerrados sus partidarios. La mayoría de la nación mostraba así, de manera clara, su oposición al monarca de opereta y a la intervención extranjera.

Para justificarse, los conservadores de antaño y hogaño inventan una enorme cantidad de mitos conspiranoicos, convierten cartas particulares y negociaciones suspendidas en tenebrosos pactos secretos y hablan, sin probarlo nunca, del apoyo estadounidense a su feroz e implacable títere, el “indio” Juárez (siempre me he preguntado, ¿odiarían tanto a Juárez si no fuera “indio”?). Son incapaces de apreciar la verdad monda y heroica de la victoria nacional.

Hoy, esos nostálgicos celebran una misa en Polanco. Me rio de ellos otra vez y recuerdo, otra vez, que siempre que me meto a esas páginas nostálgicas y hasta monarquistas, llegamos a las condenas al feminismo, el “proabortismo”, cualquier tipo de movilización social, los sindicatos, la educación laica…

Y ante esa conmemoración, surge una pregunta: ¿qué se hizo para conmemorar nuestra segunda y verdadera independencia? Cuando empecé a escribir en La Jornada y en vísperas del nacimiento de este blog se conmemoraban los 150 años del inicio, simbólico y real, de aquella gesta, el 5 de mayo de 1862 en los fuertes de Loreto y Guadalupe. Entonces nos parecía natural el desdén del gobierno de Calderón ante la efeméride: el PAN, o al menos sus grupos más reaccionarios, se sienten herederos de los vencidos en aquella guerra, se identifican con Maximiliano y odian a Juárez. Hoy, cinco años después, vemos lo mismo en el gobierno de Peña Nieto: total indiferencia ante la efeméride, enormemente significativa, que hoy celebramos.

Nada podríamos exigirle a Peña, cuya ignorancia enciclopédica es pública, notoria y confesada el 3 de diciembre de 2011 en la FIL de Guadalajara. Nada podríamos exigirle a quien hizo (¿él o alguien a quien le pagó?) un burdo ejercicio de tijeras y engrudo sin citar, una colchita de plagios, para obtener su título de abogado.

Tampoco a su gobierno. Y sin embargo, la total indiferencia frente a esta efeméride es un símbolo más de algo que seguiré sosteniendo: el régimen priista que se legitimaba a través de un faccioso discurso histórico y una aún más facciosa filosofía “de lo mexicano”, fundado por Miguel Alemán en 1946, cayó en 1988. Este nuevo PRI, en su olímpica ignorancia que a veces se disfraza de idolatría por Iturbide, Maximiliano y Díaz, no es distinto del PAN, el PAN de la raíz nazi evidenciada por Rafael Barajas El Fisgón, el PAN de Calderón que haría morirse de vergüenza a Manuel Gómez Morín.

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