Comprar el mérito

por Halina Gutiérrez Mariscal

Antes de comenzar a escribir este texto me pregunté dos veces si valdría la pena, si no estaría haciéndole publicidad al mecanismo de fraude escolar mejor montado que hubiese visto. Decidí escribirlo y ponerlo a consideración de la comunidad estudiantil y académica porque creo que las proporciones de algo así nos implica a todos.

Hace unos días un colega me envió una nota de El Financiero hablaba sobre una empresa —leyó usted bien: una empresa— que se dedica a hacer a los estudiantes que puedan pagar por ello las tareas que por cualesquier razones no quieran o no puedan cumplir. (El reportaje es dos semanas más antiguo que este otro de El Universal sobre el mismo tema.)

Con el eslogan “Deja tu materia en manos de un profesional. Disfruta del mundial”, la empresa Homework Dealer, nacida en México en 2014 y con una creciente clientela que rebasa las fronteras nacionales (afirma tener clientes en Sidney, Barcelona, Madrid y Nueva York) asegura satisfacer de manera adecuada una “necesidad” que existe en el mercado y consigue facturar más de 700 mil pesos al año.

Alarmante resulta, además, que parecen ser una oferta de trabajo flexible para aquellos que son “buen@s en la escuela” y están buscando un “ingreso adicional”. Los colaboradores de Homework Dealer pueden conservar un porcentaje del 70 por ciento de lo que se cobre por trabajo, y la plataforma se queda con el resto. ¿Cómo se fijan los precios? Un algoritmo matemático calcula el precio dependiendo del tipo de trabajo, la cantidad de páginas por leer o escribir, la urgencia con la que debe entregarse la tarea y el grado académico que el cliente esté cursando. En la plataforma queda claro que hay dos tipos de trabajos en oferta. Primero están los trabajos sencillos, que incluyen resumen, ensayo, opinión, investigación (sin investigación de campo), traducción y presentación. El otro tipo de trabajos que ofrecen son trabajos complejos, es decir, cualquiera que no pueda ser incluido en alguna de las descripciones de trabajos sencillos.

La página cuenta con un formulario que sirve para cotizar cuánto tendría qué pagar un estudiante por la tarea encargada. Los niveles escolares para los que se ofrece servicio son preparatoria y licenciatura. El usuario describe la tarea y características que debe tener, su grado académico y la fecha en que debe ser entregada. Ingresa los datos y debe esperar un tiempo, fijado por él mismo, para que un “colaborador” se ofrezca a hacer el trabajo. Una vez que tenga varias ofertas (presumiblemente, no llegué hasta ese punto), el usuario elige al “colaborador” que hará su tarea y hace el pago para que éste se ponga a trabajar.

Otro de los servicios de Homework Dealer es cursar materias en línea. Aseguran tener facilidades de pago y más de cien materias realizadas con promedio de 9.2.

Fraude normalizado.

En este punto no puedo evitar imaginar el brillo en los ojos de algunos estudiantes… tanto de los que esperan poder pagar por sus tareas, como de los que esperan salir del apuro haciendo aquello que mejor saber hacer… estudiar, leer, escribir.

La cuestión me alarma. Me llama la atención que un buen número de medios y usuarios perciben a esta empresa como una de jóvenes y visionarios emprendedores. Supongo que desde el punto de vista empresarial ha sido un acierto. El aumento en los ingresos de la empresa habla de un grupo de clientes con los que han acertado en la oferta. Yo, que no sé nada de cuestiones empresariales o financieras, no puedo dejar de preguntarme sobre hasta qué punto ha llegado la falta de ética del mercado. ¿Es válido mercantilizar espacios académicos, en los que están en juego la calidad de la educación, la ética de las instituciones educativas y el aprendizaje de los estudiantes? Yo no puedo dejar de preguntarme si alguien debería hacer algo al respecto y quién. La respuesta del mercado probablemente sería regularlo, para garantizar la satisfacción de los clientes y la calidad de los productos.

Y tal como ocurre con todo aquello que es tocado por el mercado, las posibilidades se amplían para unos y se cancelan para otros. No puedo dejar de pensar en que habrá estudiantes que podrán cursar materias en línea, entregar trabajos… incluso tesis si la tendencia crece, todo gracias a cuantiosas sumas de dinero. No habrá mérito alguno en ello, pero el mérito podrá ser adquirido, comprado y presentado ante instituciones como válido. Pienso en la trascendencia del asunto. Imagino sendos secretarios de estado con impresionantes currículos, haciendo pésimo trabajo pero ostentando méritos comprados. Siempre habrá, por supuesto, aquellos cuyo mérito intachable sea inocultable por su desempeño, pero, ¿cómo saberlo? Y aquí viene la otra cuestión. Me pregunto cómo deberían evolucionar los mecanismos de evaluación de los estudiantes ante tanta sofisticación de la trampa.

Creo que volvemos al punto que la academia tanto ha mirado de soslayo: la deshonestidad académica existe, y algo debe hacerse al respecto. Es verdad: cuando algún caso fraudulento es descubierto, las instituciones rápidamente se apresuran a limpiar su nombre, a decir que fue la excepción y no la regla y a sacar de entre sus miembros al elemento contamindo. Dichas excepciones se han vuelto cada vez más frecuentes, y con “empresas” como la aquí descrita, la cultura del fraude académico está cambiando su rostro, se está convirtiendo en un producto de consumo que incluso podría, como sucede siempre con todo aquello ofrecido por el mercado, dar estatus a quienes puedan pagarlo. Lo cierto es que ya no es posible seguir ignorando los problemas éticos, académicos e incluso sociales que la deshonestidad académica supone para todos.

Quizá el problema que se nos presenta siempre estuvo ahí. Tal vez siempre hubo personas que burlaron las evaluaciones, que pagaron por una tesis, que obtuvieron beneficios monetarios o académicos sin mérito alguno. Tal vez sólo sea que ahora que todo se ha mediatizado lo sabemos con certeza, con pruebas en la mano. Ahora que ha saltado al mercado como producto con cotización y precio ya no hay reparo en decir que se trata de una vieja práctica académica, que recién ahora viene a sorprendernos.

Una respuesta a “Comprar el mérito

  1. Muy interesante el artículo. Pienso que no es culpa de ellos que el sistema educativo (y la sociedad) ponga por encima del conocimiento las credenciales del conocimiento. Tampoco está comprobado que las tareas influyan en el aprendizaje.

    Desde mi particular punto de vista ellos solo se están aprovechando de algo que ya de por si está bastante podrido. ¡Saludos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s