por Luis Fernando Granados *

Las imágenes son en verdad conmovedoras: cientos de banderas mexicanas, una multitud (o varias) cantando el himno nacional mexicano, llamados a la unidad nacional por todas partes. Si no fuera por este último rasgo, podría creerse que se trataba de una celebración futbolera. Pero no. Como no se cansaron de repetir, estábamos ante la sociedad civil, la verdadera sociedad civil: patriótica, bien portada, apartidista —aunque a ella pertenezcan Claudio X. González y algunos de los más connotados tinterillos del régimen. Menos mal que algunos obligaron a Isabel Miranda de Wallace a huir de su propia marcha. ¿Se la imaginan retratada junto al rector de la UNAM, invocando unidos las vibraciones de la patria?

No hace falta abundar en la hipocresía de muchas de las organizaciones convocantes ni tampoco en el intento —burdo y felizmente frustrado— de convertir la caminata dominical en un acto de apoyo a Enrique Peña Nieto: nunca ha habido una movilización químicamente pura y nunca falta quien quiera servirse de una multitud callejera para hacerle el caldo gordo a las instituciones. Además, era bastante claro que las manifestaciones de ayer estaban destinadas a servirle al régimen como excusa —para seguir derrochando talento diplomático. En sentido estricto, tampoco hay mucha novedad en eso de las banderitas y la entonación del himno nacional: el próximo año serán treinta de que Cuauhtémoc Cárdenas impuso a la izquierda la costumbre de acabar los mítines con la canción de Nunó y González Bocanegra. (Y para quien no se acuerde: el escudo del PRD es negro y amarillo porque la Comisión Federal Electoral prohibió la repetición de los colores del PRI, que estaban en el diseño original.)

Puede que no haya mucha novedad en ello, pero es lo que más me irrita. En sí mismos, porque se trata de emblemas asociados con momentos del pasado mexicano que distan de encarnar los “valores” que se supone son los de la república: la astucia táctica de Agustín de Iturbide en el caso de la bandera y la grandilocuencia dictatorial de Antonio López de Santa Anna en el caso del himno. Aunque en realidad el problema es otro, y seguiría siendo el mismo incluso si el himno fuera la Marcha Zacatecas (o La internacional) y si el “lábaro patrio” fuera el estandarte de mi general Morelos (o la rojinegra de los anarcosindicalistas). Es, claro, el viejo problema de la nación, de la nación que sólo puede ser plena y cabal cuando está unida —ahora y siempre contra el invasor, como una cierta aldea armoricana—; la misma que ayer al mediodía quiso vibrar y no pudo.

Monumento a la indpendencia. (Foto: Christian Palma, AP.)
Monumento a la indpendencia. (Foto: Christian Palma, AP.)

Los liberales deberían saberlo de sobra: tarde o temprano, la retórica de la unidad nacional tiene por fuerza que entrar en conflicto con la lógica del pluralismo político. Al menos porque la dinámica de una tiende a ser centrípeta y la mecánica del éste es eminentemente centrífuga, es claro que ambas formas de entender la membresía y la vida política  comunitarias no pueden coexistir sino en tensión, de manera frágil y provisional. Cuando la nación se concibe como una entelequia hecha de esencias seculares —o sea, casi siempre—, la contradicción se vuelve entonces ominosa: los güeros, los chinos y los negros en el país de los morenos, los judíos, los evangélicos y los ateos en el país de Guadalupe, las locas y las marimachas en el país de José Alfredo, los cientos de miles que cuando votan no marcan los colores de la bandera somos todas, invariablemente, un poco menos mexicanas; somos todas mexicanas deficitarias.

Tengo para mi que López Obrador sigue “entonando” el himno de Santa Anna —y hasta hace unos años retratándose frente al águila de Juárez— precisamente para paliar esa deficiencia de origen, la duda que todo acto de disidencia genera en la cosmovisión nacionalista. Como en casa de los zapatistas, la bandera parece ser, se espera que sea, una suerte de escudo para rechazar las acusaciones de traición que inevitablemente brotan de las buenas conciencias. Tengo también para mi que la existencia de una ley —¡de una ley!— que regula el uso del escudo, la bandera y el himno nacionales es evidencia contundente del carácter coercitivo del amor a la patria. De su carácter coercitivo y también de lo absurdo que es seguir pensando que las comunidades son hechos “sociales” o “culturales” antes que politicios.

No se trata —o no sólo— de recordar que casi todas las naciones son obra de sus nacionalismos y no al revés. Reconocer la centralidad de lo político en la constitución de las comunidades —o, para decirlo de otro modo, darse cuenta de en la fórmula “estado-nación” el elemento decisivo es el primero y no el segundo— es también, o puede ser, un modo de escapar al esencialismo culturalista que ayer antepuso esa cosa llamada México al crudo nacionalismo de Donald Trump sin preguntarse demasiado por la responsabilidad del gobierno y la sociedad civil mexicanas.

Con muro o sin muro, lo que está en juego no es la existencia de la patria. Lo que ha estado en juego desde hace algún tiempo son esos derechos que la ilustración, siempre tan optimista, describió como inalienables: el derecho a la política y por tanto al disenso, el derecho al trabajo digno, el derecho a escoger libremente el lugar de residencia, la libertad religiosa. No importa si somos guadalupanos o no, o si hemos nacido de éste o de aquél lado de la frontera. Lo que importa es que Trump —como Peña— parece decidido a socavar los principios mismos de nuestras comunidades políticas.

Quién lo hubiera dicho: ayer en Los Ángeles, López Obrador, el nacionalista, parece haberlo entendido mejor que nadie.

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