Los inmigrantes abyectos

por Georgina Rodríguez Palacios y Fernando Pérez Montesinos *

El presidente número cuarenta y cinco de Estados Unidos comenzó los primeros días de su gobierno haciendo gala de una serie de medidas que buscan castigar la desobediencia y fustigar abiertamente a poblaciones vulnerables dentro y fuera de las fronteras de su país. Ésa fue la promesa que hizo en campaña, su grito de guerra: corolario siniestro de una vida y una fortuna en buena medida construidas sobre la base de la intimidación.

Así, la firma del decreto que vuelve a prohibir el uso de dinero de los contribuyentes estadounidenses para financiar ONGs que “promuevan” o realicen abortos, tuvo como propósito (al menos parte) dar un escarmiento a las millones de mujeres que participaron en la gran Marcha de la Mujeres. Número Cuarenta Cinco —como lo llama el actor Laurence Fishburne— también tenía en mente a Nueva York y California (bastiones políticos en su contra) cuando declaró en televisión abierta que se realizarán investigaciones para determinar si hubo fraude masivo en dos estados en particular durante las pasadas elecciones de noviembre. Uno de sus más recientes decretos, como se sabe, prohíbe la entrada a Estados Unidos a inmigrantes y no-inmigrantes provenientes de siete países predominantemente musulmanes: Irán, Irak, Libia, Somalia, Sudan, Siria y Yemen (la prohibición en el caso de Siria es indefinida, para el resto es por 90 días).

Y también, por supuesto, está el muro y la persecución de inmigrantes provenientes del sur de la frontera con México, persecución que se extiende también (prinicipalmente) a la población de origen mexicano y centroamericano en Estados Unidos (muchos incluso residentes legales y ciudadanos). Uno de los dos decretos que al respecto firmó Número Cuarenta y Cinco el pasado miércoles ordena, además de la planeación del muro fronterizo, la contratación de cinco mil agentes adicionales para la Border Patrol (según, eso sí, lo permita el presupuesto existente) y dispone facilitar la rehabilitación de policías locales y estatales para que ejerzan funciones de oficiales de inmigración. El decreto también ordena hacer un cálculo de todas las fuentes de ayuda directa e indirecta que el gobierno de Estados Unidos le ha dado a México en los últimos cinco años—de ahí, en parte (y sólo en parte), la penosa sumisión de Peña y Videgaray.

El otro decreto firmado el miércoles dispone la contratación de diez mil oficiales adicionales para el U.S. Immigration and Customs Enforcement (de nuevo, según lo permita el presupuesto). Más importante aún, prohíbe el financiamiento federal a las llamadas jurisdicciones “santuario”, crea una lista de los crímenes llevados a cabo por personas indocumentadas en dichas jurisdicciones y establece la Office for Victims of Crimes Committed by Removable Aliens.

¿Quiénes son estos removable aliens? ¿Quiénes son estos “inmigrantes abyectos” (según la lúcida expresión de la escritora nigeriana Chimamanda Adichie)? He aquí cuatro ejemplos, de entre muchísimos, que pueden servir de punto de partida para los interesados y las interesadas. La urgencia de los tiempos, en todo caso, bien puede instigar la curiosidad.

1.

Manu Nanco salió de su casa en Tegucigalpa a los pocos días de que miembros de la mara los correteara a él y a su amigo, a quien en la persecución alcanzaron los disparos. Ahí fue cuando la tía de Manu decidió pagar al coyote para que lo trajera a Estados Unidos. La tía de Manu vive en Hempstead, Nueva York, y con ella fue a dar después de un sinuoso trayecto por México y después por los centros de detención y albergues gringos.

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Fuente: gatopardo.com

En Los niños perdidos (México: Sexto Piso, 2016), Valeria Luiselli cuenta esta historia de Manu y la de miles de niñas y niños que, como él, se ven obligados a viajar solos y rifarse la vida para llegar al otro lado de la frontera. Luiselli describe también los trámites que tienen que pasar para defenderse: es decir, para lograr quedarse en Estados Unidos y evitar la deportación. La empresa, desde el pago del coyote hasta la asistencia a los juicios, cuesta miles de dólares a sus familiares, a menudo indocumentados. Ya ni hablar del riesgo que corren niñas y niños de sufrir violaciones e indescriptibles abusos por parte de criminales, autoridades mexicanas y oficiales estadounidenses. “Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son ‘migrantes’, no son ‘ilegales’, y no son meramente ‘menores indocumentados’: son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político”, reflexiona Luiselli. “Pero la realidad es otra.” Y en este ensayo, la autora describe en pocas pero sustanciales páginas cuál es esa realidad de peligros y laberintos legales que atraviesan los niños en su lucha por permanecer en Estados Unidos. Aunque Luiselli escribió este ensayo en 2015, antes de que Trump asumiera la presidencia, la lectura es por demás pertinente en este momento en que se necesitan argumentos en contra del muro y del odio que alimentan muchos estadounidenses envalentonados contra los migrantes.

Aquí puede leerse un fragmento del libro.

2.

Otro tipo de violencia es la que más migraciones ha provocado, en las últimas tres décadas, de México y Centroamérica a Estados Unidos: la violencia vista como resultado de las políticas neoliberales y la miseria en comunidades rurales. El video documental Guatemala: A Tale of Two Villages, de Greg Brosnan y Jennifer Szymaszek (2009), muestra la experiencia de migrantes de pueblos como El Rosario y San José Calderas que, enfrentando “la pobreza más abyecta”, viajaron en la década de 2000 al estado de Iowa en busca de trabajo y de un medio para ayudar a sus familias, que se veían azotadas por la enfermedad y el hambre.

Allá, en Postville, se suponía que trabajarían en una empacadora de carne que sistemáticamente contrataba trabajadores indocumentados, “pero muchos regresaron con las manos vacías”. Y es que, derivado de la crisis económica al final de la década, casi a diario fueron deportados esos migrantes que ya no hacían falta en las fábricas. Solo en 2008, afirma el corresponsal, 28 mil migrantes fueron expulsados; muchos de ellos, atrapados en redadas que oficiales de migración llevaron a cabo en la mayor ola de deportación en Estados Unidos hasta ese momento. Una reflexión sobre el antes y después de la migración y la deportación en el fracaso más burdo del capitalismo y sus brutales consecuencias en la vida de las personas.

3.

Que los chicanos y chicanas han sido periódicamente objeto de discriminación en Estados Unidos a lo largo del último siglo es algo que cualquiera que vive en México puede imaginar, pero a qué grado y con qué conflictos han tenido que lidiar no se conoce ni se discute en profundidad. Y, para ser honestos, los detalles de esa historia tampoco son conocidos por los descendientes de mexicanos en el país del norte: la discriminación y resistencia de los migrantes no se enseña en la escuela, pues tampoco es que en Estados Unidos se haya establecido de una vez y para siempre el respeto a la diversidad en la educación o a la existencia de la herencia cultural mexicana. Los movimientos chicanos han respondido a la oleada de ataques y presiones racistas en su contra, en distintos contextos y enfrentándose a contradicciones que alguien que creció en México quizá no alcanza a comprender.

En 1970, grupos en el este de Los Ángeles salieron a las calles a protestar contra la guerra de Vietnam: “Hemos sufrido 22 por ciento de las bajas en la guerra, aun cuando sólo somos el 5 por ciento de la población total en Estados Unidos.” En el corto Chicano Moratorium, de Tom Myrdahl (1971), pueden verse escenas del movimiento chicano que recibió como respuesta la represión de la policía y la muerte de algunas figuras simbólicas (como Rubén Salazar), mientras que el video White Justice, de la cantante Alice Bag, reúne aquellas imágenes con otras tomadas en 2007, cuando de nuevo grupos de chicanos salieron a reclamar el respeto a los migrantes e indocumentados.

4.

El documental No más bebés, de Renee Tajima-Peña y Virginia Espino (2016), rescata la historia de un grupo de chicanas que en las décadas de 1960 y 1970 fueron esterilizadas sin su conocimiento en el hospital del condado de Los Ángeles. Pone de relieve las políticas republicanas en contra de migrantes (aunque también de comunidades afroamericanas), que pretendían controlar la población de las minorías durante el gobierno de Nixon. También cuenta la historia de cómo resistieron a estas políticas y cómo lograron poner en el centro de la discusión el derecho de las mujeres latinas de tener hijos en un contexto en que el feminismo estaba en boga, pero con una bandera que parecía contraria: la del aborto.

El tráiler puede verse aquí.

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