Ruinas de la nación (III)

por Octavio Spíndola Zago *

La verborrea que Los Pinos lanza a través de sus distintos voceros (quienes no guardan una sola línea, como se ha visto recientemente con las contradicciones entre Osorio Chong y Nuño Mayer a propósito de la mesa de diálogo entre el gobierno federal y el magisterio disidente) es incapaz de ocultar la realidad. La realidad de un país que cada vez se mueve al abismo y que si no ha caído en él quizá sea porque, como dice un amigo escritor, “parece ser que los mexicanos somos bastante resistentes”.

Desde la represión encabezada por Gustavo Díaz Ordaz y la guerra sucia de los años setenta, pasando por las “reformas estructurales” de Carlos Salinas de Gortari, la “guerra contra el narcotráfico” de Felipe Calderón (al que hoy invocan con golpes de pecho ante la devaluación y la crisis petrolera), hasta llegar a las “reformas estructurales” de Enrique Peña Nieto, México sigue aquí; pero, ¿en qué condiciones? Ayotzinapa, Tlatlaya, Nochixtlán se suman a Tlatelolco como evidencias de un modus operandi terrorista, es decir, como los escenarios en los que toma forma la doctrina del miedo que la elite gobernante siembra en todos los hogares. (Ése, por cierto, es uno de los propósitos de programas como La rosa de Guadalupe y Como dice el dicho, a los que se suman las telenovelas: por una parte, enajenar a la población dentro del miedo; por otra, hacerles olvidar toda conciencia de clase.)

El ejército en el Zócalo, el 28 de agosto, 1968.

El ejército en el Zócalo, el 28 de agosto, 1968.

En este “estado de sitio” —como ha definido Bauman a nuestros tiempos— se encuentran encubiertas las situaciones de pobreza, marginación social, aislamiento político, desmovilización ideológica y criminalización de la protesta civil, así como cambios como el realizado recientemente por el Inegi en la metodología para medir la pobreza, el que impedirá un análisis comparativo a manos del Coneval, con lo que se busca blindar cualquier crítica objetiva a la eficiencia del gobierno peñista. No se trata de un sitio puramente militar, sino del cercamiento de los mecanismos éticos, estéticos y lógicos con los cuales las personas viven su realidad día a día, un auto-sitio que ha ido dando forma a una cultura política, determinada por la corrupción y un pragmatismo desideologizado.

El cartel Atlacomulco —que ha sido estudiado por Francisco Cruz y Jorge Toribio Montiel en Negocios de familia: Biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y el grupo Atlacomulco (México: Planeta, 2009) y más recientemente, con una perspectiva geográfica por Lenin Bocanegra Priego (véase aquí)—, que se ha había caracterizado por su cerrazón al diálogo y una política sellada con el autoritarismo, al incorporar a las nuevas generaciones jóvenes como el propio titular del ejecutivo, ha sumado a su personalidad el toque narcisista y la retórica posmoderna vaciada de cualquier contenido. La represión es el único recurso de un presidente impuesto por las televisoras y que necesita emitir un “spot publicitario” a medio sexenio buscando desesperadamente legitimarse.

El asunto es por todos los flancos, es la guerra total. A la marcha del silencio convocada por Morena en solidaridad con la CNTE, se sumó uno de los sectores cuya estima social aún no ha trastocado tanto la crítica del oligopolio televisivo, el de los médicos y enfermeras, quienes salieron también a las calles para repudiar el nuevo sistema universal de Salud —recordando aquel episodio de la huelga de 1964-1965 que relata La democracia en blanco: El movimiento médico en México, 1964-1965, de Ricardo Pozas Horcasitas (México: Siglo Veintiuno-UNAM, 1993).

Por si fuera poco, a pesar de la nueva reforma al código civil en materia de matrimonio entre personas del mismo sexo, en la 38 edición de la marcha del orgullo LGBTTTI se acusó la discriminación y violencia que aún viven millones de mexicanos con motivo de su identidad de género u orientación sexual. El ejemplo de Peña cuando realizó el pasado 17 de mayo los cambios legislativos en materia de matrimonio sin ningún tipo de discriminación y el derecho a adoptar como jugada política (como ha planteado en este espacio Huitzilihuitl Pallares) fue imitado fielmente por Rafael Moreno Valle que, en pleno “año de Hidalgo”, y a menos de 170 días de concluir su gestión, envió al siempre servil congreso poblano un paquete de iniciativas (que serán puntualmente aprobadas por la vía exprés que caracterizó a esta legislatura estatal) entre las que se encuentra una para prevenir la violencia de género como medida para dar atención a las 11 recomendaciones de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres.

Un estado que sólo lucra con las necesidades sociales siguiendo religiosamente los tiempos electorales y las agendas políticas, que copta sujetos con mecanismos como el corporativismo y el clientelismo, que se niega al dialogo con los ciudadanos y no reconoce más canal que la fuerza, no es, bajo ningún concepto, democrático; es tan solo un estado de sitio.

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