por Diego Ávila *

Salvo uno que otro mochilero desorientado que conocí en el hostal, todos los viajeros que llegamos —y llegan cada día— a Granada, España, lo hicimos con una sola razón en mente: visitar la Alhambra.

El conjunto palaciego musulmán atrae a personas de todo el mundo en tal cantidad que la gran mayoría de los boletos para entrar se venden con anticipación por internet; intentar conseguir un boleto para el mismo día es una empresa que requiere, además de pasar un par de horas formado, mucha suerte. El pintoresco barrio del Albayzín, las cuevas gitanas del Sacromonte, la catedral de la ciudad, la tumba de los Reyes Católicos, la oferta gastronómica y los hammams, todas son atracciones dignas de visitarse por sí mismas, pero el imán indiscutible para los visitantes de esta ciudad andaluza sigue siendo, sin lugar a dudas, la Alhambra.

En la otra cara de la moneda tenemos a Dubai, o bien podría ser Doha, o Astana o Abu Dhabi. Ciudades construidas prácticamente desde cero, muy recientemente y que para “ponerse en el mapa” (y entre otras cosas así conseguir turistas) optan por hacer la misma cosa: construir. Construir y construir atracciones de “clase mundial”. Surgen así extravagantes museos, inmensos centros comerciales, rascacielos y parques de diversiones. Sin embargo, siempre hay un énfasis especial en los primeros. Así, y alimentados por sus petrodólares y realzados por su starchitecture, brotaron —por mencionar algunos ejemplos— filiales del Guggenheim y del Louvre en Abu Dhabi y un gran museo de arte islámico en Doha. Dando la impresión que edificar un gran museo es la manera más sencilla para estas ciudades tan recientes de crear lo más parecido a un patrimonio cultural.

Al final, podríamos decir que tenemos un resultado similar: ciudades que reciben millones de visitantes cada año. Sin embargo, y dejando de lado cualquier posible juicio de valor (ni el patrimonio histórico es “bueno”, ni los centros comerciales o la starchitecture es “mala”), en este texto la cuestión que nos interesa es el cómo. En ambos casos, las ciudades que menciono echaron mano de lo que tenían, una increíble herencia cultural, histórica y arquitectónica por un lado, o una fortuna proveniente del petróleo por el otro. Pero ahora tenemos a la ciudad de Puebla.

No es ningún secreto que uno de los principales objetivos de la actual administración poblana es convertir a su ciudad capital en un “gran” destino turístico. Basta con ver la publicidad y los constantes informes de la secretaría de turismo estatal para confirmarlo. Y con un centro histórico con poco más de dos mil quinientos inmuebles con valor histórico y una tradición gastronómica y artesanal como pocas otras en el país, la tarea no debería de ser demasiado complicada. Sin embargo, y regresando a nuestros ejemplos anteriores, parece que Puebla ha optado por el modelo de las ciudades del golfo Pérsico. Construir una gran noria turística (la Estrella de Puebla) junto a su más grande centro comercial fue el primer —y hasta la fecha único concluido— proyecto. Un teleférico que comunicaría el centro histórico con la zona de los fuertes, y un tren que conecte el centro histórico poblano con la zona arqueológica de Cholula son otros dos proyectos cuyos trabajos de realización han sido constantemente detenidos y aplazados, entre otras cosas por haber destruido una casona novohispana el primero, y por amenazar vestigios prehispánicos el segundo. Un cuarto proyecto, y el que más atención mediática ha acaparado, es el de la edificación del Museo Internacional del Barroco, diseñado por un premio Pritzker. En resumen, una noria turística, un tren ligero, un teleférico y un gran museo de “talla mundial” son los proyectos poblanos para “ponerse en el mapa”. ¿Suena familiar?

Una rueda de talla mundial (Foto: Daniellerandi)
Una rueda de talla mundial (Foto: Daniellerandi)

La ironía aparece cuando al pasear por el centro histórico poblano uno se percata que un grandísimo número de casonas se encuentran no sólo descuidadas y en franca decadencia, sino algunas incluso al borde del colapso.

Más allá de criticar o cuestionar la edificación de un museo o de una rueda de la fortuna gigante, de un tren ligero o de un teleférico, lo que busco resaltar es una visión que lejos de ser característica de Puebla, me parece se puede encontrar en varias ciudades del país e incluso del mundo en lo que respecta al patrimonio cultural, sus usos y valor.

Porque cuando se decide demoler una casona virreinal para edificar la terminal de un teleférico que parece nunca va a ser construido, o invertir cientos de millones de pesos en la construcción de una noria turística, al mismo tiempo que cientos de inmuebles históricos requieren de restauraciones urgentes, lo que se está diciendo es que ese patrimonio, que ese centro histórico colonial de dos mil inmuebles, que la catedral y la palafoxiana, que el mole y la talavera, que todo eso, no es lo “suficientemente bueno”. Se está diciendo que si bien merecen atención, es necesario construir una rueda de la fortuna gigante para realmente poder destacar. Actitud completamente lógica cuando no se tiene sino uno de los centros históricos más grandes del continente.

El mismo gobernador de Puebla mencionó en una conferencia en la Cámara Española de Comercio de México, en junio pasado, que el museo Guggenheim Bilbao, el cual había conseguido “convertir una ciudad industrial en una ciudad con turismo, en una ciudad cultural” había sido una gran inspiración al momento de planear el Museo Internacional del Barroco. Entonces, ¿la herencia virreinal de la ciudad no era “suficiente” para que Puebla fuera una ciudad cultural?

Sin embargo, y si ahondamos en el problema, podemos darnos cuenta que no se trata sólo de una determinada política turística o cultural, pues opino que no se puede culpar solamente a una élite gobernante que decide realizar estos proyectos y reparte el presupuesto. Esta élite que tan cómodamente cuestionamos y desaprobamos, no  es sino un reflejo de una actitud y una visión actuales —y mucho más generales— que no son capaces de encontrar el valor en el patrimonio histórico como un activo económico que, entonces, sea un generador de riqueza. Porque es cierto, una casona o una iglesia, a pesar del gran valor artístico histórico, arquitectónico o cultural que puedan tener, no “valen” nada si están deshabitadas y en ruinas. Pero tiene el potencial. Como todo activo económico, el patrimonio histórico tiene la capacidad de producir dinero no sólo para mantenerse, sino para enriquecer a su dueño; sin embargo, hay que saber cómo emplearlo para que pueda efectivamente producir esta riqueza.

No obstante, aquí es donde ocurre esta disociación entre historia y potencial económico, y lo único valioso (económicamente hablando) que se logra percibir del inmueble patrimonial es el suelo que ocupa. Es comprendiendo esta visión la única manera en que podemos “entender” el que derrumben una casona novohispana o porfiriana para utilizar su terreno como estacionamiento. Y si bien también es cierto que la restauración y el mantenimiento de un inmueble histórico es muy costoso, la gente puede pagar aún más para visitarlo.

Concluyendo, lo verdaderamente preocupante de esta cuestión no es si se construye el Museo Internacional del Barroco o un teleférico —bienvenidos sean los museos y la infraestructura— sino el que se deje de lado lo que ya se tiene desde un principio. De tal manera que una urbe tan rica en patrimonio e historia como lo es Puebla, no pueda ver el potencial de su acervo, y en una actitud que no puedo describir sino como miope, decida imitar el comportamiento de ciudades que se construyeron como destinos culturales de la nada, cuando su realidad e historia la acerca más a Granada, o Münich, o Florencia, que a Abu Dhabi.

De esta manera, las zonas patrimoniales no deben verse como una carga presupuestal en cuanto a los recursos que necesitan para su conservación, sino como otra oportunidad económica, haciendo de la preservación patrimonial una parte sustentable de la economía de la ciudad. Porque al final de cuentas, y si bien los centros comerciales, los parques de diversiones y los museos de autor producen dinero y reciben reflectores de todo el mundo, la Alhambra también hace ambas cosas, y muy bien.

2 Comments

  1. Concuerdo con el punto de vista del autor excepto en un punto: el Museo Internacional del Barroco NO puede considerarse como una adición bienvenida a la “infraestructura cultural” poblano, no solo por su estratosférico costo y la manera opaca y discrecional con que se está realizando el proyecto, sino porque se trata de una verdadera AMENAZA al patrimonio histórico y artístico poblano. Es querer crear un espacio supuestamente dedicado al barroco cuando por su misma traza y los inmuebles y espacios históricos que alberga el centro histórico de Puebla YA ES por sí mismo un museo del barroco. La verdad, no puedo imaginarme cómo toda la por otra parte innegable genialidad de Toyo Itto como arquitecto contemporáneo pueda de alguna manera equipararse a la experiencia de visitar la Capilla del Rosario como forma de entender a cabalidad el vasto significado (cultural, artístico, social, político, etcétera) del barroco. Lo peor de todo es que la idea de un supermuseo como escaparate de la vanidad de un gobernador no es original en Puebla. En 1999 el entonces gobernador de Puebla, ex secretario de Gobernación (al que se le “cayó el sistema” en el 88) y ahora reconvertido político “izquierdista”, Manuel Bartlett, también quiso “pasar a la historia” creando un “Museo Poblano de Arte Virreinal”, proyecto cuyo único resultado duradero y agradecible fue la afortunada restauración del hermoso edificio del antiguo Hospital de San Pedro como sede del mismo. Sin embargo, el llamado MUPAVI nació muerto y no tardó desaparecer porque carecía de una colección propia y porque, como producto al fin de un capricho autoritario, fue víctima de quienes sucesivamente ocuparon la gubernatura del Estado y en su ignorancia mataron el marco institucional estatal de apoyo a la cultura, y junto con ella, cualquier proyecto vinculado con ella que no sirviera a su propio lucimiento y a sus ambiciones políticas.
    ¿Y ahora cómo llenará Moreno Valle su propio Museo Barroco? ¿comprará obra? ¿comprará exposiciones temporales internacionales? Hacerlo cuesta muchísimo dinero y requiere de un proyecto académico independiente a largo plazo que sobreviva a su administración, algo que con el precedente del MUPAVI en la propia Puebla (y otros recientes en otras partes del país, como en Tabasco el Museo Elevado de Villahermosa, un cascarón vacío, ruinoso y de costo multimillonario que dejó la administración del gobernador Andrés Granier) parece difícil que suceda. La otra opción del gobernador, la que supongo le cuesta mucho menos, es saquear el patrimonio de los museos de Puebla, cerrándolos o matándolos de inanición para que se vean obligados a ceder sus colecciones al elefante blanco del gobernador, o peor aún, tomando en “préstamo” obras de las iglesias de la ciudad y de todo el estado, uno de los más ricos en patrimonio de arte sacro virreinal en todo el país. El resultado sería convertir al nuevo museo en una especie de escaparate o tienda de antigüedades donde los objetos, desligados de su contexto cultural y arquitectónico, aquel para el que fueron creados y en el que aún hoy es posible entender plenamente su significado, porque muchos de ellos siguen sirviendo a la función para la que fueron creados. Y todo, para que una vez desaparecido el caprichoso autor de semejante desaguisado todo ese patrimonio quede al garete y con tan alto riesgo de perderse como lo están tantos edificios en el propio centro histórico de la ciudad, como bien señala Diego Ávila arriba en su artículo, a punto de perecer víctimas de una visión del patrimonio que no lo ve como un bien social valioso que merecer ser preservado y difundido (incluso para un aprovechamiento económico respetuoso de sus valores artísticos e históricos, como propone el mismo Ávila), sino como una atracción turística susceptible de modificarse al punto de perder su autenticidad, y hasta de destruirse en afán de lucro, como lo muestra a las claras el otro gran proyecto del gobernador Moreno Valle que amenaza el patrimonio cultural y social de la antigua Cholula.

    Me gusta

  2. En el caso del museo barroco, otro ingrediente “no de la rica y tradicional comida poblana,” es que no poseen colecciones, por lo que estamos frente a un gran asunto: ¿es un museo? No creo que se hayan planteado marcar un paradigma, sólo que quieren llevar obras de otros sitios del país o de otros países a formar parte de éste y pasada la inauguración ¿qué sucederá con ellas?

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s