El precio de la dignidad

por Aurora Vázquez Flores *

La semana pasada nos enteramos de una más: en 2006, dos investigadores de El Colegio de la Frontera Norte, Cuauhtémoc Calderón Villarreal —ahora miembro de la comisión dictaminadora del Sistema Nacional de Investigadores— y Leticia Hernández Belma, plagiaron la tesis de maestría de su alumno Sergio Mendoza Domínguez, realizada ese mismo año. El trabajo plagiado fue presentado por los investigadores en un seminario internacional sobre migración y remesas y publicado bajo su nombre en un libro colectivo.

Como ha mostrado El Universal en una grabación, Sergio Mendoza respondió al reportero que tenía conocimiento de una acusación hecha en este sentido por un grupo de académicos en contra de sus profesores. En ese momento señaló su interés por recabar más información sobre el asunto para darla a conocer a los medios de comunicación, y dijo también que no había tenido contacto alguno con los susodichos desde el término de su estudios de maestría.

La tesis plagiada. (Foto tomada de El Universal.)

La tesis plagiada. (Foto de El Universal.)

Sin embargo, apenas unos días después de la publicación del reportaje, Cuauhtémoc Calderón Villarreal envió una réplica al diario. En ella argumentó que todo el asunto no era más que un error editorial, pues el capítulo habría sido hecho en coautoría con Leticia Hernández y el alumno Mendoza. La carta se compone, además, de una declaración de Sergio Mendoza de que efectivamente participó como coautor del capítulo —razón por la cual incluye información de su tesis— y que los doctores le informaron “en su momento” del error editorial por el cual su nombre no fue publicado. Leticia Hernández, quien fuera directora de la tesis plagiada, brilla por su ausencia en el documento exculpatorio.

Ante la contundencia del audio difundido por El universal y lo ridículo que resulta pensar que el alumno haya omitido u olvidado que su nombre había sido excluido de la publicación por un error editorial, no puedo evitar pensar mal y me quedo con la sensación de que el olor a podrido del caso proviene del estado de putrefacción de nuestra academia: de las prácticas caciquiles de investigadores y funcionarios, del abuso cotidiano —más o menos invisible— que sufrimos los estudiantes, y de un sistema laboral cada vez más precario para quienes queremos dedicarnos a la producción de conocimiento.

Lo cierto es que los estudiantes ocupamos el lugar más bajo en la cadena alimenticia de la academia. En parte por ello, todos hemos tenido uno o varios profesores que sin pena alguna llegan tarde o faltan a sus clases. Todos hemos sabido que algunos de nuestros profesores no leen nuestros trabajos —¿por qué el doctor habría de tomarse el tiempo para leer y corregir los trabajos de los alumnos?—. Peor aún, todos hemos conocido profesores que utilizan la burla y la descalificación dentro de las aulas para “reafirmar su grado académico”. (Habría que pensar, sin duda, en el papel que dan las universidades a la formación integral de los docentes y en cómo los sistemas de evaluación —en los cuales el protagonista de esta triste historia tiene gran influencia— califican este tipo de labores.)

También para pensar es la forma en la cual se relacionan estudiantes y profesores. Se trata, obviamente, de relaciones de poder (simbólico y no tanto) en las cuales los alumnos, por lo general, llevamos las de perder. Para nadie es sorpresa enterarse de que los ayudantes de investigación bien sirven para ir a recoger la ropa a la tintorería, para cargar el maletín e ir por café, o para revisar los trabajos de los alumnos cuando el titular del curso tiene algo mejor qué hacer: eternos adjuntos o ayudantes de investigación a los cuales ni siquiera se les brinda una orientación real para que puedan seguir con su formación profesional. Y ni hablar de los casos de acoso sexual, por lo general silenciados por autoridades de todos niveles y solapadas con el silencio de sus colegas.

Este nuevo caso de plagio no puede entenderse sin esa dinámica entre alumnos y profesores. Aunque, claro, la adjudicación del trabajo de otros se antoje un caso extremo, pues toca fibras sensibles —o no tanto, como cuando Sergio Aguayo reconocía que sí había tomado el trabajo realizado por su alumna para la realización de un libro pero que ello no estaba mal porque era su ayudante de investigación.

Lo cual es, también, un tema en sí mismo. Pues los universitarios no escapamos a la situación nacional de que los jóvenes carecen de la oportunidad, cada vez más, de hacerse de un trabajo digno. Si bien hemos sido privilegiados al acceder a la educación universitaria, el panorama para los egresados es cada vez más desalentador. Nos integramos, casi siempre, a un mercado laboral precarizado en donde, en el caso del trabajo académico, tenemos que competir por becas cada vez más insuficientes en cantidad y en los recursos que proveen. O bien podemos elegir comenzar a trabajar como ayudantes de investigación no siempre en las mejores condiciones y sin ningún tipo de prestación o seguridad laboral. Y todo ello para aspirar a integrarnos a una academia en donde los concursos por las plazas están hechos para ser ganados por el alumno de fulanito (como sucede en la UNAM, aunque en todos lados se cuecen habas). Por ello no resulta del todo sorprendente la posibilidad de que un alumno se haga como que no pasó nada con un plagio a cambio no sólo de su inclusión en una publicación, sino de su entrada a un círculo, a un cacicazgo académico.

El problema que revela este caso de plagio no puede entenderse simplemente como la adjudicación de un trabajo ajeno. Tiene que ver con una serie de prácticas cotidianas de la academia; con sus vicios habituales, con sus relaciones políticas, con sus modos de control y, sobre todo, con un sistema laboral en el que poco preocupa cómo se produce el conocimiento.

6 Respuestas a “El precio de la dignidad

  1. Me parece que el ex alumno Mendoza no hizo un reclamo inicial en 2006 por el hecho de que los parrafos que le “plagiaron” en realidad fueron a su vez plagiados por Mendoza. Los parrafos donde Mendoza describe la metodologia de los VARs (y que fueron copiados por Calderon y Hernandez) son una vil traducción literal del documento de Stock and Watson 2001, primeros parrafos de la pag 3: http://faculty.washington.edu/ezivot/econ584/stck_watson_var.pdf
    Supongo que Mendoza no sabe que si se traduce literal hay que entrecomillar para no atribuirse palabras que no son suyas, o sea lo que él hizo fue plagiarse a Stock y Watson. Se puede hacer la comparacion con lo que presenta el Universal.
    En resumen, ¿se puede plagiar a alguien que plagió?

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  2. Pingback: El arte de plagiar y las mafias académicas |  Boletín BoCES·

  3. Pingback: ¿Plagio e impunidad en El COLEF?, México | Plagio.s.o.s·

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