Votar, no votar, para qué votar

N. de la R.: Tres textos de opinión en vísperas electorales, de Bernardo Ibarrola, Wilphen Vázquez Ruiz y Luis Fernando Granados. Tres modos distintos de darle vueltas a los mismos problemas: que si votamos, que si no votamos, que por quién votamos, que para qué votamos. Los hemos reunido en una sola entrada para igualarlos, para afirmarnos en la idea de que la línea que organiza este espacio es cualquier cosa menos recta.

Anulados

1. Bernardo Ibarrola

Mi primer impulso es ir y anular todo.  No es una reacción visceral; al contrario, es horriblemente racional: la democracia electoral, la competencia entre partidos, el nombramiento del candidato con más votos, no significan buen gobierno. Demasiado bien lo sabemos. Tampoco significan oposición en el sentido que yo la entiendo: un grupo que se opone a la forma en que han gobernado los que gobiernan y aspira al poder para gobernar de manera distinta.

Desde mi perspectiva, ninguna opción electoral es verdaderamente opositora, en tanto todas aspiran, antes que nada, a no vivir en el error, o sea a tener una tajada del financiamiento público para los partidos, y por ello supeditan cualquier consideración a la necesidad de realizar la elección, a que el sistema electoral, controlado por las burocracias de los partidos, siga siendo prácticamente la única fuente de legitimidad del gobierno.

Ninguna reconoce que este país vive una situación de emergencia, que es indispensable extinguir poderes en un montón de municipios y de estados, que hay que replantear las bases de nuestro pacto social con un nuevo proceso constituyente, que hay que formar causa y meter a la cárcel a una cantidad sobrecogedora de funcionarios públicos, representantes populares, líderes sociales y empresarios.

Ningún partido de oposición ha salido con nosotros a gritar a las calles por los jóvenes secuestrados por las fuerzas del estado; ningún jefe de oposición tuvo el valor ni la buena conciencia suficientes para abanderar esa espontánea y masiva manifestación de hartazgo, de decencia, de sentido común.

“No todos son iguales”, dicen los defensores de tal o cual partido minoritario. Eso es un perogrullada, una evidencia. La tragedia es que no hay alguno lo suficientemente diferente. Por eso mi primer impulso es ir y anularlo todo.  Ejercer mi derecho al voto, por supuesto (¡faltaba más!), pero hacerlo sin sumar mi voz, mi voluntad, a su cochinero.

Y sin embargo… Alguno de esos impresentables va a gobernar mi barrio; va a disponer de los recursos con los que se pagan los servicios, la obra pública, la obra social. Me guste o no. Me abstenga o no. Las encuestas dicen que en Coyoacán va ganar Valentín Maldonado, que deja la asamblea legislativa y aspira a ocupar el lugar del nauseabundo Mauricio Toledo, quien a su vez compite por una curul en Donceles. ¿Qué puedo hacer para impedirlo? Tragar pinole y votar por Bertha Luján, que va en segundo lugar, aunque muy atrás, casi veinte puntos por debajo del primero. Nada diré de la omisión del IEDF y aun del INE en el combate al mal llamado “voto duro”, que no es otra cosa que clientela electoral en zonas pobres a cambio de asignación de recursos por medio de programas sociales. Ésa es la base del poder del PRD, tanto  en Coyoacán como en el resto del Distrito Federal.

¿Y en la asamblea legislativa? Después de “carros completos” desde los tiempos de Cárdenas, el PRD perderá la mayoría absoluta y acaso se convierta en segunda fuerza, detrás de la bancada de Morena. Entre los dos, tendrán más o menos la mitad de los votos y, como en el conjunto de las jefaturas delegaciones, tendrán que arreglarse para gobernar juntos. Pero el PRI y sus satélites (PVEM, Encuentro Social) pueden rebasar el 20 por ciento. Y con el 10 por ciento del PAN y el otro 10 por ciento de los independientes, pueden intentar formar un bloque. Clara Brugada me parece impresentable, pero Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre me da de veras miedo. Ni modo: otro voto para la improbable pero futura colación de izquierda. Entre el PRD (de Toledo) y Morena, pues Morena. Más pinole.

La cámara de diputados, para concluir. Ahí la cosa es aún más fea. Al parecer, la ristra interminable de spots congeló las intenciones de voto (además del omnipresente “voto duro”) y las preferencias electorales acaban más o menos como comenzaron: PRI-Verde,  cerca del 40 por ciento; PAN, 25 por ciento; PRD 10 por ciento; Morena, 10 por ciento.. La única posibilidad de intentar evitar no ya la mayoría simple (251 diputados) sino la calificada (334) con una alianza entre el grupo en el poder y el PAN (como de hecho ocurrió entre 2012 y 2015) es que la improbable coalición opositora sea lo más vigorosa posible. Ni hablar: PRD, PT, Movimiento Ciudadano y Morena.  Me lleno el buche de pinole y vuelvo a decir Morena. ¿Argumento? Puesto que se acaba de crear, tiene el beneficio de la duda. Sólo por eso.

En resumen: no anulo nada y entrego mis tres votos a Morena. Por supuesto que no me gusta lo que hago, pero en el ámbito electoral es lo único razonable que puedo hacer. Creo que los indignados que se oponen a votar por “el menos malo” tienen razón en lo abstracto, pero no en lo concreto. Si no estamos de acuerdo con la forma en que nos gobiernan nuestros gobernantes, votar por el menos malo es lo único que se puede hacer en una elección en México, en tanto no cambie la ley electoral y reconozca, contabilice y de algún peso a los votos anulados. Lo contrario es apoyar aritméticamente el statu quo.

Eso sí: hablo sólo del 7 de junio. Ejerzo así mi derecho al voto e inmediatamente después sigo como ciudadano haciendo cuanto esté a mi alcance para refundar nuestra república (en buena medida en contra de nuestra partidocracia), que es lo que creo que tenemos que hacer.

2. Wilphen Vázquez Ruiz

No es de extrañar que el proceso electoral en ciernes despierte la necesidad de ventilar las diferentes posturas de quienes escribimos regularmente en El Presente del Pasado. Una de las preguntas que estamos obligados a contestar se refiere al impacto que puede tener la anulación del voto —no la abstención— en la organización y el accionar de los partidos políticos, las autoridades electorales y la sociedad, en todo nivel.

Iniciemos por señalar que ya sea que el voto sea anulado o que el votante se abstenga de votar, ambas acciones tienen un impacto sobre la organización y los procesos electorales, de manera inmediata o eventual. Por ejemplo, y a fin de no extenderme  más en lo referente al abstencionismo, el hecho de que en la elección presidencial de 1976 se presentara un solo candidato —del PRI, el PPS y el PARM, quien obtuvo el 92 por ciento de los votos emitidos— fue uno de los factores que en conjunto impulsaron la reforma electoral de 1977. En la actualidad, el porcentaje de abstención, si bien no deja de ser importante, quizá no sea tan relevante para nuestras consideraciones debido a que rondó entre el 30 y el 36 por ciento del padrón en los comicios de   1964,1970,1976 y 2000; entre el 24 y el 25 por ciento en 1982 y 1994 y arriba del 52 por ciento en 1988.

Como todos sabemos, las transiciones políticas que han tenido lugar desde 1997, y particularmente la de 2000, nos brindaron una serie de oportunidades que, sin embargo, no supimos aprovechar como sociedad. La posibilidad de formar un tejido social que sobrepasara a los partidos políticos se desvaneció de tal forma que, en tan sólo 12 años, el viejo partido regresó a tomar el control del ejecutivo, con sus viejos vicios y nuevas mañas. Éstas —y he aquí lo peor de nuestra situación actual— fueron copiadas, aprendidas y superadas muchas veces por las agrupaciones políticas de izquierda y de derecha que se suponían eran las alternativas con las que contábamos para lograr una serie de sinergias que nos llevaran a un estadio más avanzado en lo político, lo económico y lo social. En el camino, las instituciones encargadas de los comicios no sólo perdieron el estado de “ciudadanización” que llegaron a obtener, sino que además se volvieron coto de las fuerzas políticas, generando un círculo perverso el cual, por ahora, no parece tener solución.

En ese sentido, ¿vale la pena emitir un voto por cualquiera de las agrupaciones políticas que contenderán en las elecciones siguientes?, ¿es posible considerar que cualquiera de ellas o de las instancias electorales representa los intereses del ciudadano? Pienso que no y, por tanto, que la anulación del voto es la alternativa que más puede representar el sentimiento de frustración, coraje y orfandad política en la que muchos de nosotros nos encontramos.

Debo aclarar que, a pesar de todo, no podemos desconocer los alcances de las agrupaciones políticas en la búsqueda y obtención de reformas políticas y electorales que fueron indispensables para lograr una alternancia —o una serie de ellas— que, como hemos señalado, no supimos defender ni desarrollar toda vez que la derecha y la izquierda mexicanas se pervirtieron en una forma difícil de imaginar y totalmente inaceptable.

Por supuesto, la existencia de agrupaciones políticas no sólo es deseable sino indispensable en una sociedad que aspire a ser democrática en todos los sentidos. En ese tenor, ya sabemos qué esperar de los partidos establecidos. ¿Qué cabe esperar entonces de los partidos de nuevo cuño? Para bien o para mal, de los diez partidos que contenderán en las elecciones cuatro o cinco pueden perder el registro, y que de los que lo mantengan sólo uno de ellos es nuevo. Sabiendo cuál es, no puede negarse que es el único que responde a una condición de partido y de un movimiento social. Y no obstante, en realidad no hay nada nuevo en él o acaso lo hay muy poco.

Nacido de una escisión de lo que hasta hoy ha sido el principal partido de izquierda, la nueva agrupación política está dirigida por un caudillo que decidió el rumbo de su partido anterior en tanto tuvo el control del mismo, por cerca de una década, como en su momento lo hiciera Cuauhtémoc Cárdenas y ahora los llamados “Chuchos”. No pueden negarse los avances que provocó en materia social cuando este caudillo dirigió la ciudad y que marcaron —para bien— las propuestas de los siguientes gobernantes o aspirantes a gobernar la ciudad. Sin embargo, sería bisoño negarse a hacer una crítica de lo realizado por el entonces gobernante en cuanto a una serie de licitaciones para obras públicas, su posición con respecto a las sociedades de convivencia y en particular la inclusión de personajes no menos que reprobables, que en su momento aseguraran apoyos que se traducían en votos para la contienda presidencial de 2006. Al respecto, basta con recordar que alguna vez Miguel Ángel Granados Chapa, en una de sus emisiones radiales, expresó la vergüenza que le provocaba la aparición del caudillo en un acto de campaña con un individuo reconocido por su participación directa en el asesinato de centenares de perredistas durante el gobierno de Salinas de Gortari, tal como figuraba en una foto de la página principal de Reforma. Tampoco puede olvidarse que, con fraude o sin él, su actitud y cerrazón en mucho ayudaron a que la enorme ventaja que llevaba sobre sus contrincantes se disipara en cuestión de semanas.

Antes de que el nuevo partido recibiera el reconocimiento de las autoridades y de que se formara de manera oficial, una serie de cargos y candidaturas ya se habían decidido, lo cual no hizo esperar las críticas ni la respuesta habitual. Contando ya con el registro oficial, una de las novedades que ofrece esta agrupación es la de que algunas de sus candidaturas son resultado de un proceso de selección aleatorio. Si esto es bueno o perjudicial, sólo la experiencia nos lo confirmará, pero es interesante que esta modalidad abre al menos de momento la posibilidad de que una serie de mecanismos y redes clientelares no estén presentes de manera previa a la elección, aunque tampoco garantiza que esas redes no se formen, a pesar de la solicitud a la PGR de que todos los candidatos sean investigados. Tampoco estoy seguro de que una selección al azar incluya a las personas más capacitadas para un cargo de esta naturaleza. Además, ¿responde al azar la postulación de Ricardo Monreal, Clara Brugada, Claudia Scheinbaum, Martha Pérez Bejarano, Jesús González Schmall? ¿Y qué decir de los candidatos en el estado de México?

Lo anterior, más que dirigirse a negar el voto al partido por el que se tenga preferencia, es con el propósito de ser críticos y saber qué podemos esperar de aquellas alternativas que se dibujan como las únicas que pudieran ofrecen cierta posibilidad para los cambios que tanto requerimos. Pero también se hace para sostener que quienes decidan anular su voto —que no abstenerse de votar— no carecen de razón. Y para quienes piensen que ello abona al partido oficial sólo mencionaremos que estudios como los realizados por Leonardo Curzio  ponen en duda tal afirmación.

Aunque la literatura y la historia pueden compartir aspectos de la narrativa que emplean, los fines que persiguen son diferentes. No obstante, la situación actual me hace recordar el Ensayo sobre la lucidez, de José Saramago. Ahí la sociedad entera se abstiene de votar o anula su voto, lo que da lugar a una situación inimaginable. Esperemos que, a diferencia del final de la novela del autor lusitano, el nuestro sea más esperanzador.

3. Luis Fernando Granados

Tengo ganas de anular mi voto, pero no voy a hacerlo. Es cierto que el sistema electoral contiene monstruosidades que exceden por mucho sus virtudes. O, como suele pasar con las personas, cuyos defectos son prolongaciones de sus virtudes: un exceso de dinero público que ha convertido a los partidos —si alguna vez fueron otra cosa— en meras agencias de colocación, un esquema de representación proporcional que ahora es apenas un mecanismo para la elección de políticos impresentables, un órgano administrativo autónomo encabezado por un funcionario que tiene la desfachatez de creer que habla con más corrección que algunos de sus interlocutores (quizá porque se considera más educado y menos indio que ellos), un tribunal de justicia cuyos miembros hace tiempo que olvidaron que su tarea no puede limitarse a regurgitar el texto de la ley, una disposición legal que en los hechos no permite anular comicios ni castigar a quienes se pitorrean del principio de equidad; unos partidos, en fin, que parecen estar compitiendo por ver cuál es más papista que el papa antes que articular modos distintos de entender el país y su futuro.

Tengo ganas de anular mi voto, pero no voy a hacerlo, porque los argumentos en contra, expresados últimamente por Jorge Alcocer, revelan un conocimiento de la ley que los abogados de anular no tienen. Y eso me molesta. La campaña en favor de anular, o romper las boletas, o abstenerse, tendría que haber comenzado con un examen de la ley electoral. Es algo elemental. Para haber sido efectiva, creo, esa campaña tendría que habernos explicado, paso a paso, técnica, concretamente, cómo es que la invalidación de las papeletas se habría reflejado en los resultados oficiales, en el número de curules y en el financiamiento futuro de cada partido. Pero no. Las exhortaciones a participar-sin-participar en los elecciones del domingo, además de darle la vuelta al pequeño problema de cómo se entienden los diferentes conjuntos de votos en la ley, se contentaron con proclamar que la anulación “enviaría” un “mensaje” a la “partidocracia”.

Tampoco voy a anular mi voto porque me disgusta el modo en que varios de los abogados de la anulación se expresan de los destinatarios de sus mensajes, o sea la famosa ciudadania. En plata, porque entre los anulistas hay gente como Denise Dresser, que se imagina a sí misma como “dirigente del movimiento anulista” porque una vez, después de las elecciones de 2009, Felipe Calderón la invito a Los Pinos junto con otros promotores del voto nulo para, como ahora dicen, planchar la reforma electoral más reciente (espero que sea la más reciente). O sea que lo que se anuncia como una iniciativa colectiva y horizontal de ciudadanas de a pie es procesado en la cabeza de una de ellas como un movimiento, y dirigido además por ella misma. (Y que luego venga a hablarnos de la priización de los partidos: la “comentocracia” parece no ser mejor que ellos.)

Por supuesto, me gustaría que mi voto fuera un “mensaje” en favor de la democratización del país. Pero no quiero hacerlo en los términos de quienes, para combatir el voto nulo o la abstención activa, promueven el voto de castigo. La lógica de quienes plantean que hay que votar por alguna oposición para que el poder se fragmente y aumente así la competencia (y por ende la democracia) supone un escepticismo analítico, una apoliticidad que, en cualquier análisis político, encuentro impostada. Es como lo que hacen muchos politólogos liberales que fingen hacer ciencia cuando lo que en realidad hacen es cabildeo.

La idea no es mala en sí misma —lo que el país necesita es más competencia político-electoral—, pero debo decir que me irrita un poco que se haga desde afuera de la política. O más bien que se pretenda hacer desde fuera de la política. Tal es el caso de Sergio Aguayo: en vez de argumentar su decisión de votar por Jaime Cárdenas porque concuerda con sus postura política, Aguayo pone el énfasis en que Cárdenas es el candidato que hizo pública más información de sí mismo y de su programa, como si el criterio principal para elegirlo fuera su transparencia y no lo que quiere hacer en el gobierno. La democracia es un medio; no puede, no debería ser un fin en si mismo.

Inevitablemente, entonces, la cuestión termina siendo acerca de las ideas y de las trayectorias de los partidos políticos realmente existentes. Ahí es donde mi molestía, mi irritación, se convierte en enojo. Tres veces voté por Cuauhtémoc Cárdenas para la presidencia de la república. He votado dos veces por Andrés Manuel López Obrador. Y en el camino por los todos candidados de sus partidos, todas las veces que he podido hacerlo —incluso por Macelo Ebrard, incluso por Miguel Ángel Mancera—. Pero ahora Andrés Manuel me pide que vote por Ricardo Monreal. Sí, ya sé, el coordinador de su campaña en 2012. El mismo Ricardo Monreal que hace veinte años mapacheaba para el PRI El mismo que se afilió al PRD sólo para ser candidato al gobierno zacatecano. El mismo que convirtió a Zacatecas en un feudo de su familia, que hizo todo lo posible para que Amalia García no lo sucediera. ¿De verdad, Andrés Manuel?

Quiero anular mi voto, en efecto, pero en realidad no porque todos los partidos sean asquerosos ni porque anular sea un buen mecanismo para avanzar en la democratización del país. Quiero anular mi voto porque me avergüenza que Morena no acabe de ser lo que nos merecemos quienes votamos por López Obrador hace tres años. Y en un rapto de irresponsabilidad —irresponsable porque no hago sino mirar—, miro y vuelvo a ver los signos de una insurgencia verdadera, en Oaxaca, en Guerrero, en Michoacán. Ése sí es un movimiento que de verdad está acabando con la partidocracia, ahí sí se está promoviendo otra forma de entender la ciudadanía.

3 Respuestas a “Votar, no votar, para qué votar

  1. Voy a escribir unas líneas, la primera tiene que ver con el mundo del idealista que propone la portada “La opción está en el pueblo”, he recorrido en la actual campaña electoral buena parte de los pedregales en Coyoacán y el pueblo de carne y hueso está en sus necesidades de sobrevivencia y en sus experiencias electorales.
    Lo escrito por Bernardo Ibarrola tiene una perspectiva pesimista y el desconocimiento de la realidad. Además sobre la información de las encuestas con Bertha Lujan no está actualizado. Él sabe dos acciones importantes: que tiene que hacer en la actual coyuntura (vota por MORENA) y en la cuestión estructural seguir luchando parra la transformación del país.
    Excelente ejercicio del Blog: Observatoriodelahistoria en pedirles a sus habituales escritores tener una posición escrita sobre el proceso electoral en México, lo cual demuestra que Wilphen Vázquez Ruiz esta desconectada con la realidad política de nuestro país, ella la conoce a través de autores, revistas y libros. Finalmente Luis Fernando Granados tiene muchas ganas de hacer varias opciones y la peor de ellas es cree que se forja una insurgencia en Oaxaca, Guerrero y Michoacán, en donde algunos agentes del Estado le hacen el juego para impedirles a los ciudadanos que elijan a sus propias autoridades.
    Los historiadores tienen que salir de su torre de cristal y usar las categorías históricas para percibir su realidad y transformarla.
    Tomás Rios Hernández

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  2. Ya comenté esto en la publicación en Facebook de una colega que está dentro de los miembros de esta publicación. Lo repito por aquí: He votado y he quedado con ganas de ser anulador de votos; no he creído en el aparato electoral de este supuesto sistema político democrático y representativo. Sin embargo, mediante una buena defensa del mismo, un colega me hizo ver que el sistema es funcional y puede ser eficaz; yo pude aceptar esto pero también le dejé en claro que lo podrido es quienes manejan ese sistema y todas las plataformas cercanas. ¿Y qué pasa con la candidaturas independientes y el soporte que el supuesto pueblo crítico y “hasta la madre” de la situación puede darles a estas (es más: !pueden surgir de su seno!)? Es una de las preguntas que nos quedaron en el aire…

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  3. Tomás Ríos:
    ¿Por qué razones cree que Ibarrola y Vázquez -que es él, no ella- están desconectados de la realidad y usted no? Podría decirle lo mismo sobre la insurgencia magisterial y popular que en el sureste del país desafía al régimen. Rechazo la versión de la historia tipo el señor de los anillos, (o Luis Spota) que ve en el pueblo movilizado, borregada que sigue intereses aviesos.

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