Nepal y la naturaleza

por Octavio Spíndola Zago *

En la cordillera del Himalaya el infierno se ha desatado para una nación nacida tras la unificación de pequeños señoríos en 1768 y recientemente azotada por una sangrienta guerra civil (1966-2006) que enfrentó a los rebeldes maoístas contra el régimen monárquico. Con la evidente intervención de Estados Unidos y la Unión Europea, el acuerdo de paz firmado en 2006 restructuró el gobierno como una república federal democrática —en su acepción occidental.

El horror vivido por la población nepalí en el invierno de 1934, estremecida por un sismo de magnitud 8.0 grados, que hizo colapsar gran parte de los edificios de las ciudades principales del país asiático —Katmandú, Patan y Bhaktapur— y cobró la vida de cerca de 12 mil personas, fue revivido este año por un fenómeno geológico caracterizado por la liberación abrupta de energía sísmica contenida en áreas de falla geotécnica elevada: dos sismos nuevamente hicieron temblar Nepal y nos recuerdan la fragilidad de nuestra condición humana; uno de 7.8 grados en la mañana del 25 de abril y otro de 7.3 grados la tarde del 12 de mayo.

Bhaktapur el 28 de abril, 2015. (Foto: Adam Ferguson.)

Bhaktapur el 28 de abril, 2015. (Foto: Adam Ferguson.)

El recuento de los daños es desgarrador. Las víctimas fatales suman más de nueve mil, los heridos se cuentan cerca de los 17 mil y los daños materiales ascienden los 400 mil millones de dólares (cifras extraídas de informes oficiales del gobierno de Nepal). Además de los daños evidentes y del drama experimentado por familias y personas que sufrirán por meses de tensión nerviosa, la lista de problemas no resulta alentadora.

La directora regional para el Sur y Este de Asia de la OMS, Poonam Khetrapal Singh, advirtió sobre posibles brotes de enfermedades como el cólera, el sarampión y la rubeola. El problema principal es la carestía de hospitales y escuelas, destruidas por el terremoto, y esto podría afectar seriamente al restablecimiento de la normalidad en el país, así como vulnerar la educación de los más de un millón de niños matriculados que hoy no cuentan con espacios dignos, aseguró la UNICEF en un comunicado.

Dos semanas antes del sismo, un extenso número de científicos llegaron a Katmandú para estudiar la actividad geológica y posibles protocolos de actuación debido al riesgo elevado de la región. El dictamen fue dado a conocer en varios medios días antes del sismo: “Era una especia de pesadilla que iba a ocurrir […] Lo ocurrido física y geológicamente fue exactamente lo que habíamos pensado que sucedería […]. Sin embargo no creímos que sucedería tan pronto”, afirmó James Jackson, jefe del departamento de Ciencias de la Tierra en la Universidad de Cambridge (El Comercio, 25 de abril de 2015). ¿Se mantienen cerrados los canales de diálogo entre la esfera académica y los grupos gubernamentales?

El mismo día del segundo sismo, Japón vibraba por un movimiento geotécnico de 6.8 grados ¿Por qué no se registraron daños considerables? ¿o es más bien que la prensa internacional no mostró el mismo nivel de atención? Japón, por supuesto, es una nación “primermundista” —como es gustoso de decir por el discurso desarrollista—, pero, lo más importante, se trata de un país que conoce su contexto espacial y actúa en consecuencia. Desde la década de los años ochenta, el gobierno nipón ha implementado una serie de programas urbanísticos y de reglamentación ingenieril para la reducción de riesgos sísmicos. ¿Y los demás países?

Un grupo de académicos de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Central de Venezuela publicó en 2013 unos lineamientos para un programa de reducción de riesgo sísmico para la nación sudamericana, inspirados por la crisis que atravesó Haití tras el desastre ocasionado a causa del terremoto de 7.0 grados que provocó la muerte de 220 mil personas y el colapso de más del 60 por ciento de la infraestructura pública y de viviendas. A lo más que hemos llegado en México (ubicado en el “cinturón de fuego” y en plena falla de Cocos), ha sido a un protocolo de protección civil para el Distrito Federal y a una consciencia de actuación por parte de los ciudadanos capitalinos. ¡Nada más!

Indudablemente, nuestro planeta resiente físicamente las patologías propias de un malestar crónico-degenerativo: el síntoma se llama calentamiento global, aunque —citando a Jorge Riechmann— la verdadera enfermedad es el capitalismo. Hasta que no logremos descolonizar nuestro pensamiento y armonizar el mercado a la naturaleza y a la humanidad como parte intrínseca de ésta, cumbres y protocolos pueden sucederse infinitamente, pero sólo estaremos postergando la muerte del paciente —y parte del paciente somos nosotros.

Por otra parte, políticas enmendadoras y acciones correctivas nos han conducido a estos trágicos escenarios. Es indispensable que nos sentemos a trazar planes de acción preventivos a largo plazo, con miras intergubernamentales que pasan necesariamente por combatir de fondo la corrupción, implementar perspectivas interculturales y gestionar el espacio en una lógica sustentable relacionada con nuestra realidad geográfica de riesgo.

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