por Marco Antonio Hernández Cabrera *

El arte alivia las situaciones más extremas, pero no escapa a la realidad. Seguir tocando música cuando el Titanic se hunde en forma irremediable es un gesto digno. Considerar que el naufragio desaparece con música es indigno: Juan Villoro

La democracia moderna como sistema de gobierno se ha tratado siempre bajo la marca de la civilización y el progreso. Una nación moderna debe ser una nación democrática y será, por lo tanto, una nación “civilizada”. Esta marca, presente aún en muchas plataformas de información, se generó a partir de las experiencias democráticas europeas, especialmente a partir del artificial maniqueísmo creado por los vencedores de la segunda guerra mundial. La democracia, cabe precisar, ha favorecido el desarrollo político de Europa, pero no ha sido así para países como México. El culto a la democracia en México, por el contrario, ha costado caro: 70 años de lo que Vargas Llosa nombró la “dictadura perfecta” y casi 15 años de una relativa ingobernabilidad a partir de la sucesión presidencial de 2000. Estos periodos no han permitido que la democracia moderna se materialice adecuadamente más allá de las urnas, cada tres o seis años. Asimismo, el problema de la ingobernabilidad, ya sea local o federal, derivado de las deficiencias de nuestro sistema democrático, ha fomentado la creación de gobiernos débiles, propensos a la corrupción, al crimen organizado y, consecuentemente, nos ha llevado a una crisis política y social.

¿Hablar de ingobernabilidad después de las reformas estructurales? La promulgación de las reformas de este sexenio, hito democrático en el país, se consiguió gracias al “pacto por México”. Sin embargo, su aplicación sigue siendo un gran problema para el gobierno debido a que las reformas —inevitablemente y como era de esperarse— afectan a los mismos sujetos, llámese consorcios empresariales u organizaciones sindicales, que siempre han sido favorecidos por el sistema y buscan la excepción ante las nuevas leyes. La democracia, otra vez, cojea ante los intereses de una clase política corrupta y ante algunos grupos de poder fáctico. Es incorrecto, por lo tanto, hablar de un progreso democrático, al menos en los últimos 15 años. Si bien es cierto que las elecciones de 2000 acabaron con el monopolio presidencial del PRI, este mismo acontecimiento desmonopolizó las voluntades e intereses de los grupos de poder, incapaces de organizarse y llevar a cabo sus propuestas en un ambiente democrático adecuado, convirtiendo así al congreso de la unión en un vulgar tablero de serpientes y escaleras.

Coyunturas como la Iguala, conflictos de interés como el que involucra al Grupo Higa, la violencia ejercida hacia los medios de comunicación, los incontables escándalos de la clase política y, en general, la situación económica y social del país, exhibien ese culto patológico a un sistema de gobierno que nunca ha cuestionado su viabilidad y que, mucho menos, fomentó el desarrollo democrático. Valores intrínsecos a la democracia moderna como la igualdad, la libertad y la fraternidad —valores que reconocen el pluralismo— son ajenos a una realidad política y social donde la tolerancia —otro pilar de la democracia— es pocas veces posible, donde la libertad de expresión se violenta cortando gargantas, donde 43 futuros maestros desaparecen en manos de una autoridad gubernamental y, mucho más importante aún, donde la política sólo se vive en las cámaras legislativas y en los periódicos, no en la vida diaria de los ciudadanos.

¿Instrumento de la democracia?
¿Instrumento de la democracia? (Foto tomada de La Vanguardia.)

La categoría aristotélica que define esta forma de gobierno, la democracia mexicana realmente existente, es demagogia: la forma corrupta o degenerada de la democracia. Esta forma política se da en aquellas sociedades que no están preparadas para un sistema de tales características, como creo que es un amplio sector de la sociedad mexicana. Lejos de considerarse algo malo, llevar a cabo una autocrítica que nos lleve a esta conclusión: a saber, que nos aleje del ideal político europeo, más bien debe reconocerse entonces para hacer las adecuaciones correspondientes a nuestro sistema. El gran inconveniente de nuestro presente es que el tiempo continúa y no espera a nadie, ni siquiera a aquellos que viven entre el sueño y el discurso de una democracia moderna.

Urge una propuesta. Hablar de un cambio intempestivo a otra forma de gobierno es una ficción. Primero, la propuesta debe ser lanzada a debate en el ámbito académico. Las estructuras democráticas deben ser revisadas nuevamente y valoradas conforme a la realidad presente. Aún dentro de la democracia, diferentes formas de organización se han llevado a cabo en todo el mundo. México optó por una democracia representativa, donde el ciudadano, sujeto en el cual recae la soberanía nacional, escoge a un representante para ocupar un cargo en alguna institución política y, así, hacer posible en la práctica la soberanía popular. Lo que ha de considerarse, pues, es quién y cómo está eligiendo a sus representantes y, consiguientemente, quién está siendo electo como representante. En otras palabras, hace falta redefinir y revalorar nuestro sistema democrático desde los cimientos. Sólo de esta manera, empezando desde los cuestionamientos básicos, podemos comprender y modificar nuestra forma de organización.

Como dije, el tiempo para emprender un cambio importante se está acabando; como prueba puedo enunciar todas las coyunturas políticas y sociales de los últimos siete meses y algunos índices económicos. No obstante, creo que sobra hacer este recuento debido a que es algo a lo que todos estamos expuestos, de una u otra forma. Mientras el debate académico se lleva a cabo, considero urgente el surgimiento de una nueva plataforma política, llámese partido político u organización ciudadana de gran envergadura, con una importante influencia y poder en la política. De otra manera, el escepticismo e indiferencia ante la vida pública, que se percibe en todas las generaciones, puede llevarnos a una crisis aún peor. Necesitamos una utopía que nos permita caminar.

José Woldenberg ha puesto como ejemplo el triunfo de Syriza, en Grecia, y el gran apoyo que ha recibido Podemos, nuevo partido español de carácter republicano, como modelos a seguir en México. ¿Es posible pasar del reclamo a la propuesta, la organización, la opción? Difícil decirlo en este momento. Creo que el gran problema reside en que los votantes, ya no digamos todos los mexicanos, no practicamos la vida democrática —entendida como el conjunto de valores, ética, derechos y obligaciones que se viven en la cotidianeidad—; por ende, las propuestas difícilmente van a conseguir una valoración crítica de la población, llevándonos nuevamente a un estancamiento político. Sin embargo, aún con el viento en contra, la autocrítica constructiva, que puede empezarse en el ámbito académico, así como el surgimiento de nuevas plataformas políticas, es el único camino hacia el desarrollo económico, político y social.

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