Hipermodernidad defraudadora

por Octavio Spíndola Zago *

Aparecía en los titulares de los medios de comunicación: “Defrauda Financiera Coofia a más de 70 mil ahorradores en 9 estados” (La Jornada, 7 de octubre de 2010). Desde ese caso, que ocupó las discusiones por su magnitud, los casos de defraudación financiera, de cajas de ahorro y de prestadoras de crédito no dejan de contarse, hasta uno reciente donde —en Puebla— una pareja desfalcó por más de 5 millones a cientos de personas. La cuestión es, ¿qué pasa aquí?

La era de la hipermodernidad se ha caracterizado por el neoliberalismo en su metaexpresión; es decir, los principios de democracia —a quien convenga—, iniciativa privada y felicidad capitalista, llevados hasta sus últimas consecuencias. ¡Modernidad para todos, a costa de todos y por sobre todos! es el grito esquizofrénico de nuestro tiempo.

Parecería que no entendemos ningún tipo de lección. Nos enteramos de la fragilidad de los negocios financieros e insistimos en no trabajar, en depositar una mínima cantidad de capital en un fondo ajeno y percibir cuantiosas ganancias en el menor tiempo posible para disponer del dinero suficiente para pagar la felicidad en forma de ropa de marca, residencias en las Lomas, coches deportivos, restaurantes gourmet y viajes snob. Es el desquiciante reino de Mammon.

No es casual que, desde los sexenios panistas, el llamado a la sociedad sea crear sus propias compañías. Nos bombardean con cifras e información publicitaria sobre pequeñas y medianas empresas como el camino ideal para lograr la autosuficiencia económica, la solvencia financiera y la felicidad absoluta. No trabajar, sino “invertir”. Históricamente, no es un hecho nuevo. Desde la edad media, mercaderes y banqueros empezaron a hacer cuantiosas sumas, que el renacimiento y la ilustración supieron engrosar, hasta que el capital financiero de los accionistas y grandes bancos se transformó en poder político.

Convertidos en clientes

Convertidos en clientes

La reforma educativa —que de pedagogía y educación no habla en lo absoluto—, por ejemplo, se orienta a convertir al profesor en burócrata de la educación, a que en las universidades los programas formen meros técnicos y vuelvan más monótonas y menos asequibles las carreras humanistas. El fin: tornar la docencia o la profesión humanista en poco viable para sobrevivir y tener éxito en la hipermodernidad. El único camino es ser empresario, dueño de los medios digitales y del dinero virtual.

Por su parte, la reforma hacendaria nos hizo justicia: ¡IVA para todos! ¿Cómo pagarán el 16 por ciento las pequeñas y medianas tiendas de la esquina si ése es el margen de ganancia de las familia que trabajan en ellas? Claro, aumentando los precios. ¿El resultado? Más clientes para las cadenas transnacionales.

¡Haga dinero con solo un click! ¡Use las redes sociales para volverse rico! Hipermodernidad en su esencia, estética del lujo, ideologías terapéutcas y narrativas persuasivas. Se trata, como bien lo han señalado Lipovetsky y Charles, de preocuparse únicamente por el self y procurar el placer propio con un mínimo de austeridad y un máximo de deseo, haciendo del hedonismo nuestra única moral y de la individualidad el fin teleológico de la humanidad.

Pase por una librería o un puesto de libros; el fenómeno mercadológico es el mismo. Estantes y estantes repletos de material de superación personal, autodescubrimiento, autoayuda y demás charlatanerías pseudopsicológicas. Bibliotecas y espacios de cultura semivacíos, gimnasios y clínicas plásticas llenas. Es la demencia del proceso de individuación, donde los medios ahora construyen la realidad. El deporte es omnipresentemente mediático; el lenguaje es la herramienta de seducción. Dejamos de ser personas para ser usuarios y clientes.

Prometeo, Fausto y Sísifo, figuras mitológicas que caracterizaban al hombre moderno, han sido desplazados por un Narciso en traje gucci y con corbata dorada, y en su portafolio un tratado sobre “emprendedurismo”. La clave está en lucrar con todo: la salud, el amor, el sexo, el conocimiento, el cambio climático. ¿Qué hacer si el negocio fracasa? El usuario hipermoderno no se suicida, se deprime. Consume medicamentos, lee best-sellers y vive idiotizado frente a una pantalla.

Ya Adorno y Horkheimer criticaban la fusión de la cultura, la publicidad y la diversión industrializada. Habermas reprendía el “listo para consumir” mediático. Benjamin profetizaba el empoderamiento frívolo de los medios de comunicación. Debord advertía la falsa conciencia que implanta el espectáculo. Lo de hoy es ser “algo”; se trata de encajar diferenciándose, replicando modelos en masa. Se trata de ser hipster, indie, geek o cool. Para ser exitoso hay que ser emprendedor, saber adaptarse y poder vender(se) al menor costo.

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