por Benjamín Díaz Salazar *

La ciudad de México se convirtió en un collage multicolor que anuncia con bombos y platillos lo electorero de este 2015. El azul, el amarillo, el naranja, el tricolor y hasta el turquesa abruman el paisaje urbano con la única intención de preparar a la gente para el “cambio”. Sin embargo, el desfile de candidatos y candidatas a puestos de elección popular demuestran tan sólo la inconsistencia del sistema político mexicano.

En el Distrito Federal están en juego 16 delegaciones, decenas de diputaciones locales y otras tantas diputaciones federales; es decir, 2015 es la oportunidad idónea para asegurar, replantear o prefigurar los escenarios electorales para la grande en 2018. Es momento de comprobar de qué lado masca la iguana, aunque esto represente reciclar a políticos tan masticados que requieren un cambio de empaque.

Las elecciones en el Distrito Federal pueden ser comprendidas por dos grandes “atributos”: el capricho y la revancha. Mientras que algunos candidatos buscan mantener, por permanencia familiar o reelección, las delicias del poder que ofrece su demarcación, otros se afanan en volver sin importar el color que los abandere. Se configura así una (no tan) nueva clase de políticos que transforman a ciudadanos en simples claves de elector.

El Financiero publicó el 30 de enero una nota en donde señaló las prácticas nepotistas de la entonces delegada en Iztacalco, Elizabeth Mateos, en el otorgamiento de cargos públicos. Empero, la acción de la jefa delegacional trascendió todo límite al apoyar incondicionalmente la candidatura de su pareja sentimental, Carlos Estrada, para gobernar a la demarcación en este nuevo periodo.

El 20 de febrero, el mismo diario publicó otra nota en donde señaló que en seis de las 16 delegaciones capitalinas se hicieron manejos antidemocráticos en la elección de candidatos para las jefaturas delegacionales. Esposos, esposas, hermanos y hasta sobrinos figuran como candidatos a la dirigencia de las demarcaciones de sus familiares, enarbolando colores amarillos, rojos y azules. Y más allá de señalar, cual designio divino, al indicado para competir por las delegaciones, se ha incurrido en saltos entre partidos y reelecciones con el afán de mantener el control de sus terruños.

Infraestructura en Iztapalapa. (Foto: Hugo Cruz.)
Infraestructura en Iztapalapa. (Foto: Hugo Cruz.)

En el entendido de que “uno habla como le va en la feria”, tomo como ejemplo mi delegación: Iztapalapa. Lo altos índices delincuenciales, la alta densidad de población, la escasez de agua y otros tantos cientos de problemas la colocan como la demarcación con mayor presupuesto y, por tanto, como el tesoro más codiciado por obtener. En la planilla de precandidatos, con letras de neón, se abre paso la ex delegada Clara Brugada Molina y el también ex delegado Rafael Acosta, mejor conocido como Juanito.

Los protagonistas de la comedia política más famosa de 2009 buscan mudarse, de nuevo, al recinto de gobierno de Iztapalapa, sólo que en esta ocasión con una camiseta distinta a la que les otorgó el mando hace seis años. Juanito se cobijó con los brazos de Encuentro Social, mientras que Brugada corrió tras Andrés Manuel y su Movimiento de Regeneración Nacional. Escudados en la alternancia política, el par busca caprichosamente la revancha a través de la reelección.

La dupla se enfrenta a una de las controversias más agudas dentro del PRD —para variar—, que coloca a Dione Anguiano y a Aleida Alavez como las candidatas “mejor posicionadas” para gobernar la delegación. Lo cierto es que en Iztapalapa, ni a cuál irle. La incompetencia de Juanito y de Brugada se evidenció con la agudización del problema del agua, el aumento en la delincuencia y el precario mantenimiento de vialidades durante su gestión. Por su parte, la distracción por ganar el juego de las sillas en el PRD terminará por llevar en picada la poca credibilidad que mantiene el partido en la ciudad de México.

Vivimos dependientes de una clase política que se recicla, dando saltos abismales entre gobiernos locales, gubernaturas, diputaciones y senadurías, sin mayor ambición que el ostentar el poder. Somos testigos de una política que poco cree en los compromisos ideológicos y un bastante más en las ambiciones personales. Vemos posicionarse a partidos políticos que alegan ser la oportunidad de alzar la voz, pero que terminan respaldando a “celebridades” y políticos chaqueteros que poco tienen de compromiso y un bastante más de capricho por el poder. Es un hecho que el pastel se reparte sin comprender a quien lo cocina.

En Iztapalapa, como en otras delegaciones, la población nos hemos convertido en simples credenciales de elector que valemos poco menos de lo que cuesta una copia fotostática que les garantice a los político un lugar en sus congresos nacionales o locales. Valemos lo de una clave de elector que les permita mantener un registro y, por lo tanto, un presupuesto emanado de nuestros impuestos.

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