por Benjamín Díaz Salazar *

La situación actual de nuestro país ofrece más interrogantes que certezas. Atravesamos por una crisis que trastoca los límites sensibles y nos lleva a un “algo” inexplicable. El colapso del sistema político y jurídico es evidente; pero además es evidente el ocaso del orden educativo y social tal como lo conocemos.

Vivimos en un país peculiar en el cual la violencia, pero también la indiferencia, son el pan de cada día. Comenzamos nuestras jornadas suplicando no toparnos con alguna manifestación, implorando que el sistema de transporte colectivo ahora sí funcione, en espera que el tránsito de la ciudad sea menos duro que el día anterior y, sobre todo, rogando volver a casa con vida.

Estamos en un momento en el cual una parte importante de la población dejó de creer en los partidos políticos, como consecuencia de su intangible representatividad y eficacia de respuesta a las y los ciudadanos que les otorgaron un cargo público. Somos testigos de un desmoronamiento de la cultura mexicana a manos de una elite que decide utilizar los espacios públicos como centros de presunción de su ficticio estatus.

Nos trastocan las reformas educativas que llevan, como rebaño, a decenas de generaciones rumbo a la ignorancia. Somos víctimas de reformas económicas que permiten incursiones extranjeras en el principal capital nacional y que buscan exprimir a la sociedad el dinero fiscal que no tiene.

Vemos con dolor la facilidad de desaparecer y asesinar a nuestra población, sostenida por una red de delincuencia y corrupción fuertemente enraizada en la clase dirigente. Observamos con asombro las exorbitantes cantidades de dinero que se discuten en un plan económico destinado a placeres banales de una clase política desacreditada.

Somos una población cansada. Cansados de la ver cómo un inmueble se sobrepone a intereses ambientales y de vías de comunicación. Cansados de sentir las alzas a los precios, contrastantes con lujosos aviones o los viajes internacionales de nuestros dirigentes. Cansados de ver cómo la población huye de sus hogares por el temor que causan grupos delictivos defendidos por aquellos que “guardan el orden y la seguridad”. Pero, además, estamos cansados de que, al contentillo de unos cuantos, se irrumpa con armas en espacios educativos, que con gran sencillez se ataquen a las y los estudiantes en la búsqueda de imponer un orden.

Varsovia al final de la segunda guerra mundial.
Varsovia al final de la segunda guerra mundial.

Me pregunto, y les pregunto, ¿qué sigue? ¿Qué nos toca vivir después de ver desaparecer a 43 estudiantes, ver morir a miles de personas en una guerra de poder contra el crimen y de ver la brutalidad policiaca y militar de nuestro país? ¿Qué sigue después de la imposición de reformas educativas, financieras, económicas y energéticas que hunden a nuestra nación en la ignorancia y la pobreza?

¿Hacia dónde nos lleva un estado encabezado por dirigentes coludidos con el crimen? ¿Qué sigue después de ver desmoronarse la democracia con partidos políticos que no ofrecen mayor representación que la de sus intereses particulares? ¿Cómo soportar una fuerza policiaca que reprime, ataca e intimida a estudiantes, profesores, trabajadores, campesinos y todo aquel que se atreva levantar su voz? ¿Qué hacer con las autoridades políticas, administrativas, policiales y educativas que han demostrado su incapacidad de acción, respuesta y garantía de salvaguardar los intereses de la población que representan?

La reflexión debe caber en cada uno de nosotros, sin olvidar que la violencia genera más violencia y que lo más importante es ocuparse, más que preocuparse. Además, es esencial que entendamos que la sociedad es el reflejo de nuestras particularidades y que, antes de criticar al de arriba, nos preguntemos, ¿qué he hecho yo para que suceda esto? Pues sólo así, con autocrítica y autoconstrucción, encontraremos los rumbos por los que hay que seguir.

Los daños no son equiparables, pero los antivalores coexisten en todos los individuos de un país, desde el o la ilustre intelectual hasta en aquellos que proclaman tener una vida intachable. Las pequeñas acciones son las que construyen los grandes resultados.

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