Acumulador de datos

por Agustín Córdova *

Mi reciente experiencia como docente e historiador, con jóvenes que están preparándose para presentar su examen de ingreso a las instituciones universitarias más importantes del país, me motiva a escribir las siguientes líneas —meras puntualizaciones— respecto al oficio de historiar y cómo éste es vislumbrado por la juventud. Aunque la información presentada pudiera parecer sesgada (ya sea por el número de estudiantes, la institución académica, los temas que se abordan y el tiempo para hacerlo), la considero pertinente en aras de exteriorizar varias de inquietudes relacionadas con el proceder de un historiador y cómo éste se inmiscuye en la sociedad.

La demanda por un espacio en alguna institución de nivel superior, en aumento constante, ha permitido la creación de instituciones académicas que ofrecen, previo pago, la garantía de obtener un lugar en la profesión seleccionada a través de la asistencia a un curso de “preparación para el examen”. En varias de las pruebas que aplican las universidades hay temas y preguntas de historia universal e historia de México, por lo que la historia se integra como parte de estos cursos; de ahí que una de las primeras oportunidades laborales que puede obtener un alumno recién egresado de la licenciatura en historia es la de dar “regularizaciones” a los jóvenes interesados en preparase para presentar su examen de ingreso.

El estudio para cada una de las historias se prevé que sea de una semana. Uno de los primeros problemas que confronta el historiador es tener que sintetizar todo el desarrollo histórico de la humanidad en tan brevísimo tiempo: siglos en días. Por si fuera poco, todo el conocimiento que se pueda generar y enseñar en las clases se ve reducido a entre diez y catorce preguntas, que es lo que contiene la mayoría de los exámenes de ingreso a nivel superior. Siendo así, ¿qué contenidos deben de enseñarse? Las escuelas que ofrecen los cursos de preparación responden con una explicación limitada y superficial de los contenidos “más importantes” de ambas historias, por no decir una simple “embarrada” de aquello que se entiende por la comprensión, desde el presente, del devenir humano.

Datos, datos, datos. (Foto: Rafael Doniz.)

Datos, datos, datos. (Foto: Rafael Doniz.)

Con todo lo anterior no resulta extraño que, a lo largo de las regularizaciones, los alumnos reinciden en la trasnochada idea de que lo más meritorio para enseñarse sean los conflictos políticos, económicos y en menor medida sociales. Poco se habla de una historia cultural, menos aún de una historia de las ideas. El discurso histórico se ve cortado de tajo para presentar meros acontecimientos, fechas y nombres que apelan a la memorización, pero imposibles de relacionar entre sí. En eso se resumen las preguntas de historia que año con año se plantean en los exámenes de ingreso: llano ejercicio de recordar lo necesario, el dato concreto, exacto. ¿Cuál es entonces la función del historiador? Quizás se resuma en ser un simple acumulador de datos.

Muchos de los cuestionamientos que los jóvenes me hicieron en esos cursos los clasifiqué en tres grupos. Primero: las preguntas sobre una fecha, nombre o acontecimiento en concreto, y el indispensable requisito de enunciar la respuesta exacta, con el riesgo de que, si no se contesta en el momento, el historiador pasa a ser un “fraude”. Segundo: más que una pregunta, comentarios que buscaban contraponer la información ofrecida con base en otra información —de dudosa procedencia—, que el estudiante consideraba mejor (pese a que contenga juicios de valor errados), con la intención de desacreditar lo dicho por el docente y hacer campear su “verdadera” y “única” historia. Tercero: controversias en relación con la utilidad de la historia y del historiador, donde se agregaba la experiencia de cada joven y su relación con la historia —muchas veces opacada por profesores que prefirieron pedir un resumen a dar una clase, dictar en lugar de explicar, aburrir en vez de interesar.

Antes que cualquier otra cosa, el historiador debe quizá emprender la ardua tarea de inmiscuirse en la sociedad y proyectar la imagen de que un historiador no es un simple acumulador de datos. Debe explicarle a sus alumnos que, contra lo que creen, un historiador no es una persona que sabe todo sobre el pasado (una especie de Wikipedia andante), sino alguien que indaga. Debe enseñarles que un historiador no es para nada aburrido sino interesante. Que un historiador no está para hacerlos sufrir con una asignatura o un mero curso de regularización, sino para generar y desarrollar en ellos una conciencia crítica y reflexiva de su presente con base en el pasado. Sólo así los datos acumulados dejarán de ser inservibles y pasarán a ser parte de su mundo.

Una respuesta a “Acumulador de datos

  1. Creo que la forma de tratar a los estudiantes aspirantes a cursos superiores ha sido homogeneizadora, tabula rasa. La forma de realizar un examen para entrar a la UNAM es marcando una de varias alternativas donde se halla la correcta. Y las alternativas pueden contener las respuestas inequívocas que se marcan después de un proceso de memoria o de reflexión. No hay exámenes por campo disciplinario. Todos entran a un embudo que excluye habilidades que sirven bien a un campo aunque para otro no, derivando en problemas de adaptación, rechazo, cambio de disciplina o abandono.
    Por otro lado, las preferencias de los alumnos van muchas veces de la mano del profesor que hizo las clases amenas, accesibles e interesantes sin importar la dificultad del contenido. No solo es cuestión de imagen, en el fondo está la forma, el qué y el cómo y de esto dice mucho “No” cuanto se sabe de historia sino “Cómo” se enseña.

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