por Diego Ávila *

Cuando fue noticia y encabezó los titulares tanto de la prensa como de las redes sociales, hace un par de meses, la fallida restauración del Caballito fue el tema predilecto de varios y muy diversos artículos, los cuales se centraron especialmente en el descuido y la corrupción de las instituciones encargadas de la administración y mantenimiento del centro histórico de la ciudad de México y el patrimonio cultual e histórico del país. Sin embargo, prefiero abordar la cuestión de la restauración de la estatua ecuestre de Carlos IV desde otro punto de vista, intentando aprovechar la mayor distancia temporal entre la restauración y la redacción de este artículo.

Si la situación del Caballito llamó tanto la atención fue porque es probablemente la mejor y más importante estatua de la ciudad de México. Es querida, es popular y es pública. Tan querida y tan popular que fueron los mismos ciudadanos quienes empezaron a movilizarse, principalmente en las redes sociales, para detener la intervención que se estaba llevando a cabo. Y tan pública que está emplazada en la plazuela que separa al palacio de Minería —edificio considerado como el mejor y más grande inmueble neoclásico de todo el continente americano— del Museo Nacional de Arte, en el corazón del centro histórico.

Entonces varios se preguntaron: ¿cómo es posible que todo eso —su valor histórico, artístico, su localización y su estima pública— no pudiera proteger a la estatua de esa funesta intervención? Pero sí lo hicieron. La atención y posterior indignación pública pararon las obras y colocaron al Caballito —junto con las instituciones encargadas de él— en el ojo del huracán, donde siguen todavía hoy en día, cuando se discute cuidadosamente la mejor manera de restaurar lo restaurado.

De cualquier manera, el objetivo de este artículo es poner la lupa en esos monumentos e inmuebles históricos que no corren con la buena suerte del Caballito. Y cuando digo buena suerte no estoy siendo sarcástico. Si uno de los símbolos de la ciudad de México, que es a su vez uno de sus mayores tesoros artísticos, se encuentra hoy dañado y cubierto por andamios y un techo de lámina, ¿qué puede esperarse para una pintura o una escultura de madera en una remota misión franciscana?

Suerte paradójica. (Foto: jorgalbrtotranseunte.wordpress.com.)
Suerte paradójica. (Foto: jorgalbrtotranseunte.wordpress.com.)

En este sentido, el caso del Caballito es sólo la punta de un iceberg. Una punta que vimos sólo por la fama e importancia de la obra. ¿Qué pasa con todos los demás bienes patrimoniales, tanto muebles como inmuebles, que día con día y semana tras semana se pierden a lo largo de todo el país? ¿Qué pasa con todos aquellos bienes que son robados y colocados en el mercado negro para luego caer en manos de vanidosos coleccionistas privados, o con todos los inmuebles que son destruidos y echados abajo, ya ante la especulación inmobiliaria, ya ante el afán modernizador? ¿Qué pasa con todos aquellos bienes patrimoniales que no están emplazados ante uno de los museos más importantes del país o en medio de un centro histórico declarado “patrimonio cultural de la humanidad” por la UNESCO, sino en pequeños pueblos u otras ciudades de la república?

Lo más preocupante de todo ello es que nunca nos enteramos. Innumerables obras de arte en nuestro país son robadas o destruidas, se pudren o son demolidas, son vendidas o ultrajadas. Sin que se tenga noticia de ello, sin que nadie sepa lo ocurrido. Al no gozar de la fama, de la importancia del Caballito, desaparecen sin llamar la atención, sin acaparar titulares en la prensa, sin que se exija dar con los responsables, sin que a nadie —salvo quizás al puñado de personas que solían convivir con la pieza en cuestión— verdaderamente le importe. Y sin embargo, esas pequeñas pérdidas de obras sin importancia representan una merma continua del acervo histórico y artístico del país. Una merma de la cual, reitero, nadie se va percatando.

El Caballito es, luego entonces, también una consecuencia. No fue de la noche a la mañana en que la política patrimonial de México cayó en este caos. Hubo un momento, no se ni cuándo ni dónde, en el que una pintura fue robada, en el que una casona fue demolida o un retablo fue desmantelado… y no pasó nada. Entonces, y cual bola de nieve, tanto la gravedad como la frecuencia de esos actos aumentaron con el paso de los años hasta que, en septiembre del año pasado, resultó que la obra que se estaba dañando sí era importante. Y entonces la gente se dio cuenta.

Aprovechando justamente que ya han pasado tantos meses desde la restauración podemos entonces despejar nuestra mente y, fuera de la ira y la indignación por el Caballito, debemos ampliar la mirada para ver la situación como lo que representa. No sólo un ejemplo de corrupción, sino un aviso de alerta. Si eso le pasó aquí, a una obra como el Caballito, ¿qué no le estará pasando a otras obras en diversas partes del país? Obras que no corren con su misma buena suerte.

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