[Abajo hay una traducción]

by Luis Fernando Granados *

Twenty seven years from now, according to the latest U.S. Census Bureau estimate, a little more than 50 percent of the United States population will belong to demographic groups other than the “non-Hispanic single-race white” cluster—which in 2010 still amounted to 63.7 percent of the 308 745 538 people living in the United States. In the language of the bureau, that means that by 2041, if not earlier, the United States will become a “majority-minority” country for the first time in history. (A first, widely publicized report, released in December 2012, set the date as 2043; the second date comes from an updated version of the report, released last May.)

It is hard to underestimate the significance of such a shift, since most people in the world—U.S. nationals as well as the rest of us—are still in the habit of considering the United States a white country, peppered at best with some “minorities.” It does not matter if reality keeps showing that this is not just a country of white people: the myth’s strength lies precisely in its ability to frame all things “other”—African, Asian, Native, Hawaiian, or Spanish-speaking—as exceptions to the white canon. (Hyphenation practices are just a tiny example of this, but they are nonetheless revealing of the myth’s power: whereas the identity of all “not really” Americans is usually established by the use of a dash, no one really talks of British-Americans, Anglo-Americans, or Euro-Americans, except perhaps in southern Texas and within academia.)

Gross and incorrect as it is, the presumption of U.S. whiteness has until now been somehow backed by demographic fact, for “census whites” have indeed been the vast majority of the U.S. population from the first demographic count conducted in 1790—never under 80 percent, and with an intriguing peak reaching 89.9 percent in 1930 (see the figures here). The demographic profile-in-the-making is thus of truly tectonic proportions. Forget the Eire canal, Ford’s model T, or the Internet: this approaching shift will in fact be the most significant transformation ever experienced by the United States. As some people have already noticed, it will be tantamount to a general identity crisis, and calls for a deep reevaluation of the country’s character.

John Wayne in The Searchers (1956). Photo: Warner Bros.
John Wayne in The Searchers (1956). Photo: Warner Bros.

Somewhat buried in the tables and other documents made available by the census office, however, a couple of pieces of information suggest that the demise of “white America” has already occurred, will happen earlier, or conversely will not take place at all. At any rate, they do indicate the extent to which the very notion of whiteness is a curious fiction that has very little to do with skin color or geographic ancestry but instead with the politics of social classification—in other words, with the convoluted and far from preordained process by which English whiteness was forced to accommodate first Scottish, Dutch, German, Scandinavian, and French types, then Irish, Spanish, Portuguese, and Italian breeds, and lately, and rather reluctantly, Slavic, Greek, and Ashkenazim specimens.

On the one hand, consider the fact that the census defines white as “a person having origins in any of the original peoples of Europe, the Middle East, or North Africa.” In addition to all people who marked the corresponding box on the census booklet, in 2010 the census office added everybody “who reported […] Middle Eastern entries, such as Arab, Lebanese, and Palestinian; and North African entries, such as Algerian, Moroccan, and Egyptian.”

The other case is even more paradoxical. Most likely because the census has no provision for people who might consider themselves mestizas or mulattoes—it only allows for multiple-race registration, which is obviously not the same; and it requires peoples of indigenous descent to list their “tribe,” which is something few if any person of Latin American descent could be able to do—most Hispanics checked only the “white” box in the 2010 census (52.97 percent of 50 477 594 people, or 8.7 percent of all residents in the United States). When this group’s growth is projected, and its numbers are added to the “non-Hispanic single-race white,” it turns out that there will be no decline: by 2060, 68.91 percent of the population—estimated by then to be 420 268 000 people—will still consider themselves white only.

If whites may not be the same thirty or forty years from now, just as now they are not what they used to be a century ago, an important implication of the demographic forecasting done by the census office is that the emerging future of the United States begs also for a new history—a very different account of the forces and spaces that have shaped and continue to shape the social experience of the peoples of this country.

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No es país para la vieja blancura

por Luis Fernando Granados *

Dentro de 27 años, de acuerdo con la más reciente estimación de la oficina del censo de Estados Unidos, un poco más del 50 por ciento de la población estadounidense pertenecerá a grupos demográficos distintos del sector de “no hispanos, blancos de una sola raza”, que en 2010 todavía representaban el 63.7 por ciento de los 308 745 538 habitantes de Estados Unidos. En la jerga de la oficina censal, esto quiere decir que para 2041, si no es que antes, Estados Unidos se convertirá en un país de “mayoría minoritaria” por primera vez en la historia. (Un primer reporte ampliamente difundido, dado a conocer en diciembre de 2012, fijó la fecha en 2043; el segundo año proviene de una versión actualizada del reporte, que se dio a conocer en mayo pasado.)

Es difícil subestimar la importancia de este cambio, dado que la mayoría de la gente —estadounidenses lo mismo que el resto de nosotros— sigue considerando a Estados Unidos como un país blanco, sazonado cuando más por algunas “minorías”. No importa si la realidad insiste en mostrar que no se trata sólo de un país de blancos: la fuerza del mito radica precisamente en su habilidad para presentar todo lo “otro” —africano, asiático, indígena, hawaiano o hispanohablante— como excepción del canon blanco. (Los usos del guión son apenas un pequeño ejemplo de esto, pero no obstante indicativos de la fuerza del mito: mientras la identidad de los “no verdaderamente” estadounidenses suele establecerse mediante el empleo de guiones, nadie en realidad habla de “britanico-americanos”, “anglo-americanos” o “euro-americanos”, excepto quizá en el sur de Texas y en la academia.)

Cruda e incorrecta como es, la presunción de la blancura estadounidense ha estado hasta hora de algún modo respaldada por la realidad demográfica, puesto que, en efecto, los “blancos censales” han sido la gran mayoría de la población de Estados Unidos desde que se realizó la primera cuenta estadística en 1790: nunca menos del 80 por ciento, incluyendo ese extraño pico de 89.9 por ciento en 1930 (aquí están las cifras). El perfil demográfico emergente es, de esta forma, en verdad de proporciones tectónicas. Ni el canal Eire ni el modelo T de Ford ni la internet: el cambio demográfico que se aproxima será la transformación más significativa experimentada alguna vez por Estados Unidos. Como algunos ya han advertido, esto equivale a una crisis general de identidad, y llama a una revaluación profunda del carácter del país.

John Wayne in The Searchers (1956). Photo: Warner Bros.
John Wayne en The Searchers (1956). Foto: Warner Bros.

Un tanto escondidos en las tablas y otros documentos hechos públicos por la oficina del censo, sin embargo, dos datos sugieren que la desaparición de los “Estados Unidos blancos” ya ocurrió, ocurrirá antes de lo previsto o por el contrario no ocurrirá nunca. En cualquier caso, ambos hechos indican hasta qué punto la noción misma de blancura es una curiosa ficción que tiene poco que ver con el color de la piel o el origen geográfico y más bien con la política de clasificación social; en otra palabras, con el enredado e indeterminado proceso por el cual la blancura inglesa fue forzada a incorporar primero tipos escoceses, holandeses. alemanes, escandinavos y franceses, más tarde variantes irlandesas, españolas, portuguesas e italianas, y finalmente —aunque con resistencia— especímenes eslavos, griegos, y ashekazis.

Por una parte, considérese el hecho de que el censo define como blanca a aquella “persona con orígenes en algunos de los pueblos originales de Europa, el medio oriente o el norte de África”. Además de todas las personas que marcaron el espacio correspondiente a raza blanca en la forma censal en 2010, la oficina añadió a todos “quienes reportaron […] orígenes levantinos como árabe, libanés y palestino, y orígenes norafricanos como argelino, marroquí y egipcio.”

El otro caso es todavía más paradójico. Muy probablemente porque el censo no fue pensado para gente que se considera a sí misma mestiza o mulata —permite sólo el registro de múltiples razas, que obviamente no es lo mismo, y exige que las personas de ascendencia indígena nombren su “tribu”, algo que muy poca gente de origen latinoamericano, si alguna, podría hacer— la mayoría de los llamados hispanos o latinos cruzó el recuadro de  raza “blanca” en el censo de 2010 (52.97 por ciento de las 50 477 594 personas de origen hispanoamericano, lo que representa el 8.7 por ciento de la población total del país). Una vez que el crecimiento de este grupo se proyecta en el tiempo, y sus número se suman a los “no hispanos, blancos de una sola raza” (así como todos los otros grupos “multirraciales”), resulta que no habrá declive alguno: para 2060, el 68.81 por ciento de la población —que se estima será entonces de unos 420 268 000 de personas— seguirá considerándose exclusivamente blanca.

Si la población blanca no será la misma dentro de 30 o 40 años, así como no es hoy como era hace un siglo, una implicación importante de la predicción demográfica de la oficina del censo es que el emergente futuro de Estados Unidos reclama también una nueva historia —un relato diferente de las fuerzas y los espacios que han modelado y continúan modelando la experiencia de la gente de este país.

[Traducción revisada por FPM]

2 Comments

  1. Gracias por la versión bilingûe de esta interesante colaboración sobre demografía norteamericana. Rigoberto Rodríguez

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