por Bernardo Ibarrola *

Coyoacán, como prácticamente todos los espacios de la megalópolis, sirve de pista para los rallys que los chilangos realizan dos veces al día para ir y volver de sus centros de trabajo. Por la calle Fernández Leal transitan, además de los habitantes del barrio que llegan o se van, pasajeros en inverosímiles rutas: Huipulco-Colonia del Valle, San Pedro Mártir-Centro Histórico, Avenida Aztecas-Lomas de Chapultepec…

La calle hacia 1891, vista de la Conchita hacia el sur. Foto de William Henry Jackson, en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.
La calle hacia 1891, vista de la Conchita hacia el sur. Foto de William Henry Jackson, en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Pero la calle y el barrio tienen además de residentes y pasajeros, visitantes, y muchos. La gente va a pasear a Coyoacán, a comer helados y sentarse en sus plazas, a comprar chucherías, libros, discos y artesanías, a comer a sus restaurantes y beber a sus cantinas, a escuchar música y ver teatro, a sus museos. Coyoacán es uno de los barrios más visitados de la capital del país. Su problema de saturación de vehículos es, por ello, muy agudo.

El antiguo pueblo de Coyoacán es la principal fuente de ingresos de toda la delegación, que tiene un enorme territorio y una población numerosa y más pobre en promedio que la que habita en el pueblo. El control del “centro” de Coyoacán es por ello motivo de cruentos enfrentamientos: algunos pequeños propietarios que pugnan por la supervivencia de sus barrios por medio de la aplicación estricta de los permisos de uso de suelo para evitar que se conviertan en un gran centro comercial; otros, que quieren aprovechar el potencial económico de sus propiedades y convertir éstas en tiendas, bares o restaurantes, y que suelen ser utilizados por capitalistas y empresarios de monta mayor para inmiscuirse y hacer negocios a gran escala.

En medio (es un decir), las autoridades políticas: los funcionarios y burócratas, piezas fundamentales del particularísimo proceso chilango de transformación urbana, conteniendo y regulando en la medida de lo posible. Lo hacen virtuosamente muy de vez en cuando, pero, eso sí, medrando siempre: desde la concesión de permisos para instalar gasolinerías a cambio de chayotazos descarados hasta el control corporativo (y electoral) de las agrupaciones de vendedores ambulantes y franeleros, que todos los días se desplazan del Coyoacán pobre al rico para ganarse la vida.

Además de contener y regular, las autoridades también invierten. A veces reemplazando el pavimento por concreto hidráulico “tipo” empedrado en las calles céntricas del antiguo pueblo; otras, cavando pozos para paliar la escasez de agua; otras más —a regañadientes y cuentagotas, como hemos visto— para preservar el patrimonio que hace que Coyoacán sea atractivo y rentable. Otras, empero, invierte mucho y muy rápido, de forma desconcertante, como ocurrió durante el sexenio pasado precisamente en la calle Fernández Leal, unos metros al norte de la plaza de la Conchita, mientras su capilla se estaba, literalmente, cayendo.

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