Una academia inútil

por Aurora Vázquez Flores 

La introducción de reformas estructurales y los cambios políticos de los últimos meses plantean una transformación no sólo en la forma en la que el gobierno se concibe a sí mismo dentro del estado, sino en su relación con otros actores políticos y con la sociedad en general. Más allá del carácter privatizador del proyecto de reforma energética o del ataque que a la educación pública y gratuita significa la “autonomía de gestión” de las escuelas públicas (contenida en la reforma educativa), el proceso de discusión y aprobación de las reformas muestra elementos importantes para una reflexión sobre la labor disciplinaria y científica que desarrollamos en México.

Durante este proceso, el papel de los académicos ha brillado por su ausencia. Aunque los foros de discusión sobre la reforma energética (que pasaron para el grueso de la población sin pena ni gloria) sí incluyeron a algunos académicos, lo que demostraron fue que las discusiones con una repercusión real sobre las políticas públicas se dan de manera cupular entre los partidos políticos hegemónicos y de forma más bien excluyente. Y ni qué decir de la reforma educativa. Si bien en las universidades se han desatado expresiones en torno de ella, la comunidad académica no ha participado decisivamente en su discusión. En buena parte, porque al gobierno federal no le ha interesado que el asunto se discuta —como lo muestra el hecho de que los diálogos entre el sindicato magisterial y la Secretaría de Gobernación sólo servirían para que dicha secretaria escuche las demandas, pero no para que éstas tengan repercusiones sobre lo ya aprobado.

Academia inútil

Responsabilidad quebrada (Foto: Sergey Peterman)

Probablemente ello tiene más que ver con el pobre papel social que desarrolla la comunidad académica actualmente en nuestro país. En un desafortunado círculo vicioso, la elitización de las universidades ha generado la ilusión de que quien se encuentra en la educación superior pública está ahí gracias a un esfuerzo meramente personal, desdibujando la relación entre las estudiantes y profesoras y el grueso de la población que, aunque no está en las universidades, paga sus impuestos aun contra su voluntad. En tanto que esta relación no se hace visible, aquéllas que se dedican a la labor científica no sienten un compromiso con su sociedad. Ello genera que la reivindicación de la injerencia de la academia en la política nacional —y en la propia vida de las universidades— no sea vista como parte de la labor académica, sino como el pasatiempo, más bien incómodo, de algunas.

Peor aún, esta postura se ha montado desde hace bastantes años en una justificación teórica. Los debates en las ciencias sociales sobre la objetividad y la relación entre producción de conocimiento e ideología, que pretenden que la actividad científica ha de lograr, de algún modo, productos académicos puros y exentos de posiciones políticas, muestran no sólo una gran ingenuidad sobre el funcionamiento real de una comunidad científica y sus miembros, sino la pretensión declarada de erradicar el vínculo entre las científicas como productoras y la sociedad en la que están inmersa.

Asimismo, en las ciencias sociales, las posturas posmodernas del conocimiento que afirman la multiplicidad de discursos respecto de los fenómenos (en tanto que estos son, cuando menos, inciertos, si no es que incognoscibles) y la imposibilidad de plantear temas de investigación de alcances generales, tienen como resultado que si no se puede conocer la realidad no es posible plantear posibles respuestas a los problemas sociales concretos.

Ante todo ello, habríamos de preguntarnos por qué la agenda académica se encuentra actualmente en una dinámica que poco o nada tiene que ver con las discusiones nacionales. La producción de conocimiento de nuestra academia se encuentra desvinculada de la sociedad en la que estamos inmersas como académicas. Pero si la historia nos enseña algo es acerca del cambio. Sabemos que no siempre y no en todas las sociedades las comunidades científicas se han encontrado enajenadas de la comunidad que les produce y les mantiene. En suma, hay que preguntarnos acerca de las condiciones de nuestra academia y cómo hacer para tomar un rumbo mejor.

6 Respuestas a “Una academia inútil

  1. Coincido en parte, pero no en todas las afirmaciones. Un ejemplo de que hay académicos y producción científica involucrados en los debates y reformas son los casos de académicos ocupando altos cargos en la administración pública; no abundan, pero tampoco faltan. Otra cosa muy diferente es si estos científicos están ahí para defender el interés general o de las mayorías del país o por el contrario, están en defensa de sus propios intereses y los de sus grupos de poder. Por tanto comparto la matriz analítica de la autora: no hay tal cosa como imparcialidad u objetividad en la academia. En esa lógica la reforma educativa se discutió y discute mucho; algunas observaciones se han tomado en cuenta y otras no; eso se relaciona con la correlación de fuerzas y las posiciones de poder de los actores que las hacen, los foros en donde las pronuncian y los interlocutores ante quienes las promueven. Al final, de nueva cuenta la academia y el conocimiento en las sociedades poscapitalistas o neoliberales son cuestiones de poder. Saludos.

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  2. Si Aurora se refiere a la academia como comunidad localizada en espacios dedicados ex profeso a la investigación y formación de científicos sociales, coincido en que poco se debate y menos se pronuncia desde sus confortables nichos de acción. Voces dispersas e interesadas se escuchan apenas. Claro, hay intelectuales-académicos y funcionarios con formación académica que participan de los debates junto a los hacedores de políticas publicas pero la academia,como expresión de la capacidad organizada de reflexionar la realidad social, es prácticamente ausente. Nos reunimos en congresos y coloquios nacionales e internacionales para exponer nuestros trabajos, casi siempre lejos de los problemas urgentes y permanentes que nos afectan como sociedad.

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  3. La académicos, en particular me refiero a los historiadores, provienen de un sector de la clase media o aspiran a formar parte de él, y se constituyen y funcionan dentro círculos de poder más o menos explícitos que poco o nada tienen que ver con la idea de la historia que profesen. Este carácter de la academia mexicana impide que tengan un papel relevante en la resolución de los problemas nacionales, pues tenerlo implica un contacto profundo e intenso con la población, implica sobrepasar los límites del discurso y , por lo tanto, abandonar, al menos parcialmente, los círculos académicos. Es por eso que independientemente de la ideología que los académicos expresen, no habrá, y casi podría decir que no puede haber, una participación relevante de la academia en el cambio social del país que se proyecte. La gran mayoría de los académicos no tienen ni tendrán la disposición de abandonar las alturas de la elite para fundirse con la población en una actividad real de cambio (aunque una aguda contradicción se revela en los que se consideran así mismos progresistas o socialistas), por lo que me parece, hasta cierto punto, una pérdida de tiempo y energía hacer un llamado a la consciencia de estos círculos, o promover dentro de alguno de ellos un posible cambio que se espere pueda extenderse al resto del gremio, pues no está en su estructura, en las bases de su constitución, la posibilidad de funcionar como agente de cambio social.

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  4. Reforma académica universitaria… urgente. Gran parte de los académicos que llegan a ostentar un poder que podrían utilizar medíaticamente viven en otro mundo. El académico aburguesado tiene tintes aristócratas… deberían llamarse acatócratas univerguesados.

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